Al llegar a Boniches, la calle principal que lleva hasta la plaza, brilla luminosa entre algunas fachadas que, como los viejos pajares, enseñan su esqueleto de piedra roja arenisca. El sol esconde detalles y también a su población. Pero al bajar del coche, un grupo de mujeres surge rápidamente de la nada, casi por arte de magia, y se junta en la puerta del Centro de Jubilados. Son Isabel Yuste, Margarita Villar y Pilar Palomares. Se acerca otra mujer, Isabel Ábalos, y al poco rato, llega Julián Mayordomo. Charlando en tono familiar, abrimos las ventanas y colocamos las cinco sillas alrededor de una estufa que, si en invierno encandila la habitación, hoy es sólo decoración. Hablamos del calor, de la población del pueblo, pero nuestra conversación nos lleva a desandar el calendario. A volver a relucir la memoria y los recuerdos. Una mirada atrás para comprender el pueblo que hoy vemos.
Isabel Yuste: Soy Isabel, nací en Barcelona porque mi padre, que era de Henarejos, había emigrado a Barcelona en 1949. Luego pudo ir mi madre, que es de Víllora, y, por eso, mi hermano y yo nacimos ya allí. Hemos estado vinculados con la Casa de Cuenca, en Barcelona, que es la única que hay en toda España. Allí conocí a mi marido, que era de aquí, de Boniches y por eso, desde entonces, cuarenta y cinco años, estoy vinculada al pueblo y pasó medio año aquí, entre unas cosas y otras.
Pilar Palomares: Yo soy Pilar y he vivido toda la vida en Boniches. Toda mi familia es de aquí y no he hecho otra cosa más que vivir en el pueblo.
Isabel Ábalos: Yo me llamo Isabel Ábalos, he nacido y me he criado también en Boniches. No he salido del pueblo, como aquel que dice y aquí me lo he pasado muy bien.
Margarita Villar: Soy Margarita Villar, nací aquí en 1950, y la verdad es que me marché muy pronto del pueblo. Viví más de cuarenta años en Barcelona y antes venía poco porque trabajaba, pero ahora, desde que estoy jubilada, me paso aquí meses y meses, y realmente, es una calidad de vida que se nota. Cada vez me gusta más Boniches.
Julían Mayordomo: Y yo soy Julián Mayordomo, he nacido en Henarejos, que es el pueblo de al lado, pero mi vida se ha desarrollado siempre aquí en Boniches, excepto un poco tiempo que tuve que migrar a trabajar fuera.
Vestal Etnografía: Pilar e Isabel, vosotras que nacisteis y os criasteis aquí, ¿cómo recordáis ese Boniches de la infancia y cómo ha cambiado a lo largo de los años?
Pilar Palomares: Pues, yo lo recuerdo jugando con los amigos porque entonces había muchísimos niños. Por ejemplo, cuando empecé el colegio, con cuatro años, había tres aulas: chicos, chicas y párvulos. Con el tiempo, esas aulas se juntaron en una. Luego, el que pudo estudiar, salió de Boniches, poro en mi caso, como no pude, pues aquí me quedé. Trabajé en la panadería de mis padres hasta que me casé, y monté, con mi marido, el bar del pueblo. Aquí hemos trabajado y aquí hemos vivido. ¿Y cambiar? Pues mira, veo que sobre todo ha cambiado mucho la temperatura, porque antes caían unas nieves exageradas y ahora ni nieva ni tampoco llueve tanto. También creo que la gente y el pueblo hemos avanzado con los tiempos, y no pienso que por habernos quedado a vivir en el pueblo, nos hayamos quedado atrasados en mentalidad ni en formas de vivir, ni nada de eso. Por supuesto, las casas claro han cambiado muchísimo porque de no haber cuartos de baño ni agua en las casas pues aquello sí que fue un cambio. Pero vamos, hemos ido evolucionando con los tiempos, igual que han podido evolucionar en una ciudad. Yo no veo que haya tanta diferencia.
Isabel Ábalos: Antes íbamos por el agua íbamos a la fuente. El nacimiento estaba ahí arriba, en un depósito, y bajaba hasta la fuente, y veníamos con cántaros, botijos, o cubos a por el agua. También estaba el lavadero, cada uno, con una pila y la gente iba ahí a lavar.
Pilar Palomares: Y para fregar íbamos al regajo, que es un río pequeño que pasa justo al lado del pueblo. Ya te digo que pienso que se ha evolucionado muy acorde con los tiempos. De tener que ir a fregar y lavar a mano a tener tu lavadora, tu lavavajillas y tener todo, pues vamos, lo mismo que en una ciudad.
Isabel Ábalos: Luego, las calles antes también estaban todas empedradas y cuando pusieron las aguas en el pueblo, cuando las levantaron y las hicieron como están ahora.
Vestal Etnografía: Y por otro lado, con los recursos que tenía, ¿qué gastronomía era típica aquí de Boniches?
Julián Mayordomo: La gastronomía era muy sencilla. Eran judías, una vez por el día y otra por la noche, pero todos los días había potaje o puchero con unos huesos de espinazo o morcillas. Eso era casi plato diario. Y por las mañanas se hacían migas de almortas. La leche la tomábamos de las cabras. Para entonces casi todo el mundo tenía cabras y estaba la dula, que funcionaba que la gente soltaba su cabra y el dulero se dedicaba a pasearla. Luego, por la noche, se recogía y se ordeñaba. Eso era normal porque el pueblo se dedicaba mucho a la ganadería. Boniches tenía mucha economía y tenía más dinero que toda la “contorná”. Por ejemplo, aquí se pagaba un veterinario y un médico para el pueblo.
Vestal Etnografía: Y, ¿las festividades de Boniches cómo se han transformado? ¿Y hay alguna festividad que se haya ido perdiendo?
Pilar Palomares: Yo creo que la mayor transformación ha sido que no hay toros. Bueno y que antes las principales eran las fiestas de mayo, y ahora, se han convertido en agosto. Ahora las Pascuas de Mayo, que es Pentecostés, se siguen celebrando, pero solo un día y ha habido que moverlo a fin de semana. Antes podía ser domingo, lunes y martes, pero ahora, un lunes y un martes no va a venir nadie y además, la gente que estamos aquí somos tan pocos que tampoco haríamos nada.
Vestal Etnografía: ¿Y se celebraban los mayos?
Pilar Palomares: Sí, también. Se cantaban los mayos en La Picota. Allí subían los mozos y luego, después, la noche de Pentecostés, iban los mozos a cantarle la música a la maya.
Margarita Villar: Cantaban la música y les daban huevos, patatas…
Vestal Etnografía: ¿Y se sigue celebrando todavía?
Todos/as: No, no.
Pilar Palomares: Una cosa que también fue importante fue que había muchos cubos de vino.
Isabel Ábalos: Sí, se pisaba la uva y había prensas. Cuando los orujos los sacaban en unos tumbos de madera, y se llevaban a la prensa. Y se traía al cubo. Cada uno tenía uno.
Pilar Palomares: Había varios cubos que eran tablas que se ponían, y abajo estaba hueco. La uva se ponía arriba y con los pies se iba pisando, así iba cayendo el zumo de la uva que era el vino. Luego se dejaba macerar el tiempo que tuviera que estar. Y otra cosa que ha dicho Julián es que Boniches era un pueblo que tenía bastantes ingresos por la madera de los pinos. Entonces, aquí estaba la casa del médico, que el médico que venía tenía ya su casa y no tenía que preocuparse de alquiler; también la casa de los maestros, que son tres pisos y que eran los únicos que tenían agua y baño.
Vestal Etnografía: Y además, esos recursos que daban ingresos al pueblo, ¿recordáis o habéis conocido o escuchado si se recogían plantas como alimentación o medicina?
Isabel Ábalos: La morquera para aliñar las hojas.
Pilar Palomares: Las collejas. Buenísimas.
Isabel Yuste: Sí, las collejas era la verdura que había aquí. También el tomillo que se ha utilizado siempre para el estómago.
Pilar Palomares: La manzanilla.
Isabel Yuste: El té de río y el té de roca.
Julián Mayordomo: Tenemos tres tés: té de río, té de monte y té de roca. El té de monte que se cría en el pinar rodeno, es el más fuerte; el más flojo es el del río, y el de risca, entre medias.
Pilar Palomares: También tenemos orégano.
Isabel Ábalos: El espliego antes se cortaba y venían gente de otros sitios a cocerlo y destilarlo en calderas. Con eso la gente también se ganaba un dinero.
Pilar Palomares: Eran calderas enormes, muy grandes, de hierro, y ahí le metían el fuego abajo y lo hacían. Con eso y con los mizclos que decimos aquí, la gente ganaba mucho dinero.
Margarita Villar: Es lo que quería yo comentar antes, que la economía de los mizclos también tenía mucha importancia, porque además iba toda la familia al campo, cogían unas canastas y las vendían. La gente sacaba dinero de octubre a noviembre.
Vestal Etnografía: Además de toda esta importancia forestal del monte, el río también tenía muchas huertas, ¿verdad?
Isabel Ábalos: Sí, estaba todo sembrado y las huertas se pegaban con el agua del río.
Margarita Villar: Aunque grandes extensiones de huertas nadie tenía. Eran huertas de supervivencia con patatas, judías, tomates para luego hacer conserva… Y es verdad que la vega del Cabriel estaba muy arreglada y llegaba hasta los caballones. Era precioso.
Julián Mayordomo: Una de las cosas más importantes también eran las judías de Boniches. Las judías de este pueblo han sido muy famosas, siempre.
Isabel Yuste: Cierto, las judías bonicheras.
Julián Mayordomo: Sí, las judías bonicheras que en Cuenca mismo, se pagaban mucho más caro. Por ejemplo, si una de las otras costaba dos pesetas, las bonicheras tres. Era una judía muy fina, que, según parece ser es por el agua, porque aquí el agua del río Cabriel es buena. De hecho, hoy en día es uno de los ríos de Europa que tiene menos contaminación. Además aquí hay unas fuentes que son muy fuertes y muy potentes.
Vestal Etnografía: Y con toda esta riqueza de productos y recursos naturales que hay, ¿por qué se dejaron de aprovechar? ¿Por qué tanta gente tuvisteis que marchar y a qué se debió?
Margarita Villar: En mi caso, lo que pasa es que me fui porque mi padre era guarda de la resina e íbamos de pueblo a pueblo. Vivimos por media provincia de Cuenca. Acabamos en Cuenca y luego ya me fui a Barcelona cuando mi padre se hizo mayor. Pero no creo que la gente se fuera porque no hubiese trabajo, se iban porque el trabajo era muy duro, durísimo. Por economía podíamos comer mejor que en otros sitios, pero luego el trabajo del campo ya se sabe…
Pilar Palomares: Pero tampoco había dinero. La gente comía, pero no corría dinero.
Margarita Villar: Pero sí podían tener sus huertas y luego si querían trabajar, podían trabajar. El que quería pelar pinos podía pelar pinos, el que quería resinar, resinaba…
Isabel Ábalos: Sí, pero era poco…
Isabel Yuste: Yo tengo una teoría sobre el tema de la emigración, y es el efecto llamada. Mi padre emigró a Barcelona en el año 1949 y entonces se creían que allí ataban los perros con longanizas. Pues, fíjate, mi padre que se fue con veintidós años lloraba porque al menos en su pueblo, como eran molineros, podía comer pan, y allí, en Barcelona, se pasaron las de Caín. Entonces la gente se buscaba la vida, aunque la gente llegaba con trabajo, porque a mi padre se lo llevó mi tío y mi padre se llevaba a los del pueblo… pero no era porque allí ataran a los perros con longanizas. La gente vivía como ahora: veinte en un piso, la abuela, el primo, el tío, el que viene, el que tal y el que cual, o sea, que no hemos inventado nada. Que si en Boniches no se comían yogures, allí tampoco. Yo nací allí, y los años 50 y 60, hasta los 70, se comía lo justito, no se tenía lavadora, no había nevera…pues lo mismo que aquí, tampoco era tan diferente. Lo que pasa que, claro, ¡uy, si el fulano se iba! se iban los de al lado.
Pilar Palomares: Los trabajos eran muy duros, pero también el clima. Hacía muchísimo frío y nevaba muchísimo. Por ejemplo, la gente que iba de pastor lo tenía que pasar fatal y claro, todo el mundo quería algo mejor. Lógico, es así.
Vestal Etnografía: Y otra cuestión que quizás no se nos puede pasar, para entender lo que era la economía del pueblo, era la casa y el corral, ¿Cómo era aquel espacio donde era, especialmente, la mujer la que lo comprendía?
Isabel Ábalos: Pues había gallinas, conejos…
Pilar Palomares: Las gorrineras con el cerdo que matábamos…
Margarita Villar: Pero corrales como tal no había, los animales vivían debajo de las casas, en la planta baja. Entrabas y normalmente había un tornajo para el gorrino, que estaba en el hueco de la escalera de subir; la cuadra que era donde estaban los burros y luego en la puerta había un hueco por donde salían las gallinas que andaban sueltas por las calles. Después, en la planta de arriba, vivían las personas y en la planta más alta, que era la cámara, era donde se guardaban las patatas, el grano, todo esto. Pero eso, los animales estaban en la planta de abajo y las gallinas por la calle.
Vestal Etnografía: ¿Y cuántos molinos harineros había en el pueblo?
Julián Mayordomo: Había tres molinos: el de la luz, el de la herrería y el de abajo. Y los tres funcionaban. De hecho, como se pagaba la molienda se decía “de molinero cambiarás, pero de ladrón no te escaparás”.
Isabel Yuste: La maquila que se decía.
Julián Mayordomo: Sí, maquila. Que si un celemín, medio almud…que eran las medidas de entonces.
Pilar Palomares: También tenemos una fuente de agua salada.
Vestal Etnografía: ¿Salada? ¿Y para qué se utilizaba esa agua?
Isabel Ábalos: Para hacer el pan, en vez de echarle toda agua de aquí de la fuente, se mezclaba la mitad de esa agua salada y la otra mitad de agua, y salía el pan perfecto.
Pilar Palomares: Y hacer las cosas en aguasanas: las uvas, las olivas, la masa… todo eso se hacía con esa agua salada. Y también los pepinillos en vinagre se hacían con el agua salada y no tenías que echarle nada más.
Vestal Etnografía: Y para terminar, como empezamos hablando de la infancia, y estaba viendo aquí el libro que hicisteis, Margarita, Javier, y Ángeles, “Pinceladas a la memoria de un pueblo: Boniches”, y estaba viendo la gran cantidad de juegos populares, ¿Qué juegos recordáis?
Pilar Palomares: Muchos. La “burda”, el “plantao”, las canicas… Aunque las canicas eran más de chicos, pero, ¿por qué no íbamos a jugar las chicas? Así que yo también jugaba a veces a las canicas…
Margarita Villar: Los cuatro, la comba, que, en ese caso, los muchachos a la comba no jugaban…
Isabel Ábalos: Y al corro, al corro de la patata.
Julián Mayordomo: Y al “reponcho”. Luego había otro juego, que era el de los cartones. Había una caja de cerillas, y poníamos un cartón y tirábamos una alpargata a cierta distancia, y si cogía el cartón, los cartones que sacabas, te los llevabas.
Pilar Palomares: Al “mojacazo” también.
Isabel Ábalos: Y al “toro atao” que era una cuerda que se ataba y la cogíamos todos. Uno se quedaba en el centro, e iba a pillar a alguno. Y a veces, si se quedaba él solo, tenía que ir corriendo a ver quién lo cogía, y entonces pagaba en el centro.
Vestal Etnografía: ¡Qué bueno! Pues muchísimas gracias por este agradable rato.
Esta entrevista forma parte del proyecto “Boniches: entre el Cabriel y la resina” dentro del marco de Subvenciones para la Recuperación del Patrimonio Intangible de los Municipios y Entidades Locales de la Provincia de Cuenca en el año 2026.

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