Es una mañana de julio. El rojo de las piedras areniscas acompaña la carretera mientras el verde de los pinos rodenos navega en mis pupilas. El calor es sofocante y la radio del coche clama asustada al ver cómo los incendios devoran los montes de la península. Tras cruzar la vega del Rio Mayor, se salta un ligero collado que cae en un hondo donde, junto a las laderas de una solitaria colina, reposan las casas de un pueblo. Por aquí, dejó Madoz escrito, en el siglo XIX, que “pasa el camino que de Valencia conduce a la Corte” y que sobre la colina reposan “vestigios de un pequeño castillo moro”. Camino y colina que nos llevan a las puertas de Boniches.
Al llegar al pueblo, la calle principal que lleva hasta la plaza brilla luminosa entre fachadas que, algunas, como los viejos y ruinosos pajares que se alzan sobre la colina, enseñan su esqueleto de piedra roja arenisca. Otras lucen modernas arquitecturas. El deslumbrante sol esconde detalles y también a su población. Pero al bajar del coche, un grupo de mujeres surge, como por arte de magia, y se arremolina en la puerta del Centro de Jubilados. Son Isabel Yuste, Margarita Villar y Pilar Palomares. Al poco rato, llegan Isabel Ábalos y Julián Mayordomo. Charlando en tono familiar, abrimos las ventanas y colocamos las cinco sillas alrededor de una estufa que, si en invierno encandila la habitación, hoy es sólo un adorno. Hablamos del calor, de la población del pueblo, pero nuestra conversación nos lleva a desandar el calendario. A volver a relucir la memoria y los recuerdos, para comprender este pueblo que hoy vemos.
Y en apenas unos minutos, ¡Cuántas anécdotas vuelan en el aire! Infancia que palpitaba al ritmo de los juegos de la “burda”, el “plantao”, las “canicas”, la “comba”, el “corro”, el “reponcho”, el “mojacazo” o el “toro atao”… Un pueblo, de vida y gente, que creció, hasta alcanzar, en la década de 1940, los 770 habitantes (INE 1940) y que desde entonces ha ido vaciándose poco a poco, hasta llegar a su población censada actual de 135 habitantes (INE 2025). En invierno son menos (1). Un pueblo que, tras las fachadas encaladas, reunía la vida entera bajo un mismo tejado. Y es que como explica Margarita Villar “los animales vivían en la planta baja (…), después, en la planta de arriba, las personas y en la planta más alta, que era la cámara, se guardaban las patatas y el grano”. También recuerda aquel pueblo de calles empedradas y sin agua corriente. Calles de tierra y piedras, convertidas en barro los días de lluvia, y en polvo los largos días del verano. Y agua, a por la que las mujeres “íbamos a la fuente con cántaros, botijos, o cubos” (2) como explica Isabel Ábalos y “para fregar íbamos al regajo, que es un río pequeño que pasa justo al lado del pueblo” añade Pilar Palomares. Y cómo ninguno de las presentes puede olvidar aquel año “cuando se hicieron las calles” y finalmente, se trajo el agua corriente.
Pero todas evocan aquel pueblo lleno de trabajo, oficios y gente. Margarita explica “que el que quería pelar pinos podía pelar pinos, el que quería resina, resinaba, y además cada uno tenía sus huertas”. A lo que Pilar le responde “pero no había dinero. La gente comía, pero no corría el dinero”. Un modo de vida fundamentado en el trabajo físico, acompañado de hambre, y enmarcado en un país que tiritaba. Tiempos de miseria que fueron los últimos coletazos de vida para estos pequeños pueblos de la Serranía Conquense. Y aquello obligó a que la gente tuviera que decidir en dejar o no el pueblo. Por ello cada una de ellas tuvo un destino y una historia que contar: Isabel Yuste, vecina de un pueblo cercano, ya nació en Barcelona; Margarita y Julián se marcharon con pocos años del pueblo; e Isabel Ábalos y Pilar se quedaron, y han pasado toda la vida en Boniches.
Era en el monte de Boniches donde transcurría gran parte de la vida del pueblo. Montes de pino rodeno, de madera y de resina, cuyo uso se pierde en el tiempo y del que quedan curiosos detalles de su manejo, como, en 1752, cuando el Catastro de la Ensenada explica como “pinos y pimpollos que queman y cortan hoy los vecinos. Pagan por cada pimpollo 6 reales y por cada pino 18”. Ejemplos que demuestran cómo el uso controlado del fuego y el hacha salvaguardaban estos bosques y daban de sustento con el que comer. Un calendario de oficios forestales donde, entre otoño y primavera, trabajaban hacheros, arrastradores y gancheros; y meses calurosos de verano cuando se resinaban los pinos. Resina que dió mucho trabajo y que llegó a convertir a Cuenca, en 1949, en la segunda provincia productora nacional de resina, entre los que destacaba Boniches como pueblo resinero. La vieja Castilla de los “diez meses de invierno, y tres de infierno”.
Y es el río Cabriel el otro gran protagonista de Boniches. Aguas pesqueras de truchas y barbo; aguas de molinos y huertas. En 1752, se menciona que “hay un molino harinero (…) y hay un batán que esta contiguo a dicho molino” (3). Un siglo después se menciona un molino harinero y una fábrica de hierro a las orillas del Cabriel. En 1916, la luz llega temprana a Boniches con el Molino de la Luz. Tiempos de dureza, pero también de bonanza, donde Julián recuerda que “había tres molinos: el de la luz, el de las cámaras y el de abajo. Y los tres funcionaban”. Y apuntilla recordando el pago de la maquila: “de molinero cambiarás, pero de ladrón no te escaparás”. Pero quizás fue las huertas cultivadas en su vega la que mayor riqueza dieron a Boniches. Huertas de “hortalizas, cañamo y nabos” mencionadas en el siglo XVIII o de las primeras patatas que se sembraron en la Huerta de los Saladares hacia el año 1832. Las que no se mencionan son las famosas judias bonicheras, las cuales explica Julían, que “han sido muy famosas siempre y en Cuenca se pagaban más caras que muchas otras”. Tal importancia tuvo el regadío que, en 1867, se construyó una presa con piedra. Destruida por doble vez, en 1917 y en 1941, la presa actual data de 1984.
Pero más allá de las plantas hortelanas, hay un mundo salvaje que acompaña a los habitantes de Boniches. Por ello, al preguntar por estas plantas, Isabel Ábalos, apunta rápidamente “la morquera para aliñar las olivas”; Pilar añade, “manzanilla, orégano y las collejas para las ensaladas”; Isabel continúa, “el tomillo para el estómago” y Julián nos explica las diferencias de los tres tés medicinales que se pueden recoger en Boniches, “té de río, té de monte y té de roca. El de monte que se cría en el rodeno, es más fuerte; el más flojo es el del río, y el de risca, está entre medias”. Y con esta sabiduría ancestral, viene a la memoria el imperdible documento de José Fajardo y Alonso Verde, en la década de los 90, cuando entrevistaron a Petra Gómez, Brígido Moreno y a la Asociación de amas de casa de Boniches y donde consiguieron anotar más de sesenta plantas con usos tradicionales (4). La medicina, la veterinaria, la artesanía…¡todo brotaba de raíces, tallos, hojas, flores y frutos! Un sinfín de ejemplos como el aguardiente con ramas de hinojo; las telas negras teñidas de zumaque; el jabón de cenizas de carrasca; la jara y la ontina para que no salieran pulgas en el gallinero y el marrubio para que no saliera el piojuelo; el rabo de lobo y cresta de gallo para las diarreas, o la ruda para las picaduras. Decenas de saberes únicos e identitarios, algunos sólo compartidos por los pueblos de alrededor, que hicieron de este pueblo como otros tantos, un mundo interior adaptado y sabio.
Y especialmente la agricultura, madre de la vida. Para Madoz el terreno de Boniches “es de media calidad, pero las laderas de los montes se cultivaban de cereales y viñas”. Trigo, cebada, centeno, avena y vino. Vino que hasta hace unas décadas se elaboraba en cada casa y como nos detalla Pilar “había varios cubos con tablas y abajo estaba hueco. La uva se ponía arriba y con los pies se iba pisando, e iba cayendo el zumo de la uva que era el vino. Luego se dejaba macerar el tiempo que tuviera que estar”. Al cereal y al vino, había que sumar la miel, que aunque no fuera abundante, ya queda mencionada en 1752, cuando se anotan 23 colmenas con sus respectivos propietarios. Y por último dos valiosos recursos que daba el monte: el espliego y los mizclos. Isabel Ábalos nos explica que “venían a hacer espliego, el cual se cortaba y se cocía en grandes calderas, por lo que recogiéndolo, la gente también se ganaba un dinero” y Pilar Palomares añade que “con eso (el espliego) y con los “mizclos”, la gente se sacaba su dinero”. Y, entonces, nos preguntamos, con tantos recursos y riquezas, ¿Cómo no hemos sabido aprovecharlos para que no se esfumara el trabajo y la juventud? ¿Cómo hemos permitido dejar perderse tantos saberes?
En la despedida, volvemos a hablar del calor sofocante de este verano, y de la pérdida de vigencia del refranero castellano. Ya ni “hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo”, ni “en agosto frío al rostro” ni en Castilla hay “diez meses de invierno y dos de infierno”. Y, antes de marcharnos, Marga nos regala el libro “Pinceladas a la memoria de un pueblo: Boniches”. Inundados por sus recuerdos y con el libro en la mano, montamos en el coche y dejamos atrás el camino y la colina de Boniches. El inmenso y seco verde del pinar rodeno vuelve a clavarse en mis pupilas. El canto las chicharras vuelve a traspasar los cristales. Al encender la radio, la tertulia sigue informando que los montes de la Península Ibérica arden ferozmente en llamas. Ojeo el libro mientras recuerdo la mañana, y pienso que quizás muchas de las respuestas a problemas actuales como los incendios forestales están en esta sabiduría popular. Incendios que devoran nuestra tierra, pero también los saberes populares que la cuidaban. ¿Será necesario volver a traer esta memoria colectiva para empezar a proteger las cosas esenciales que nos rodean?
(1) En 1752, como indican las Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada, Boniches “se compone de 46 vecinos (alrededor de 180 habitantes) en cuyo número se incluyen viudas, menores y pobres”, o en 1845, el Diccionario Geográfico de Madoz con“65 vecinos y 258 almas”.
(2) En el Diccionario Geográfico de Madoz se menciona que “A 2.000 pasos de la población hay una fuente de agua potable con 4 caños, y de ella se surte el vecindario”.
(3) “hay un molino harinero en este término y está donde dicen los Llanos del Molino que muele con una sola piedra y agua corriente del Rio Cabriel, distante de esta Población 1450 varas castellanas que es propio de este concejo y lo tienen arrendado Jose Arnado en 342 reales con tres almudes de centeno y tres de trigo, por el presente año pero cada un año regulado un año con otro por un quinquenio. Consideran que solo produce de utilidad 300 reales de vellón. Hay un batán que esta contiguo a dicho molino propio también de este expresado concejo que hoy no le produce ninguna utilidad, por estar casi inhabitable e incapaz de uso, pero si se compusiera y aderezara y de consiguiente se arrendara regulan le produciría de util en cada un año, bajo de la misma consideración treinta reales de vellón”.
(4) Todos estos usos y los, a continuación, descritos fueron documentados por José Fajardo Rodríguez, Alonso Verde López, D. Rivera y C. Obón de Castro (2007) en su obra “Etnobotánica en la serranía de Cuenca: Las plantas y el hombre” publicada por la Diputación Provincial de Cuenca en 2007. En ellos recogieron los testimonios de Petra Gómez, “La de Florencio”, Brígido Moreno y Asociación de amas de casa de Boniches:
- Ciprés (Cupressus sempervirens). Para evitar o curar el dolor de muelas, un remedio tradicional es llevar en el bolsillo una o dos “piñas” de ciprés.
- Castaño borde (Aesculus hippocastanum). Se guardan las castañas, en número impar, entre el somier y el colchón, y según se secan éstas también lo hacen las hemorroides.
- Hierbabuena (Mentha spicata). Planta aromática cultivada con frecuencia en patios y corrales por toda la sierra. Se utiliza como condimento para guisar los caracoles.
- Escobera (Mantisalca salmantica). Cocidas se añaden al potaje y a la tortilla.
- Hinojo (Foeniculum vulgare). Cuando se destilaba aguardiente le añadían unas ramas de hinojo. También se guardan sus frutos para tomarlos en infusión para eliminar gases.
- Zumaque (Rhus coriaria). Se usaba para teñir de negro.
- Carrasca (Quercus ilex). Se usaban las cenizas para hacer jabón y lejía.
- Caramillo (Salsola vermiculata). Se empleaban las cenizas para hacer jabón y lejía.
- Lantel (Plantago lanceolata). Se cuecen sus hojas y el agua resultante la emplean como gomina o fijador del pelo. También se recolectan las hojas en roseta de esta planta para hacer un cocimiento con cuya agua hacen enjuagues para las llagas.
- Mejorana (Thymus mastichina). Se destilaba la planta entera y extraer la esencia para hacer colonias (macerándola en alcohol) y obtener aguas perfumadas (hidrolatos) que empleaban para perfumarse las mujeres.
- Sielva blanca (Salvia lavandulifolia). Se aprovechaba el agua aromática procedente de la destilación de esta planta como perfume, especialmente por las mujeres. Además, diluyendo la esencia en alcohol se preparaba una colonia casera. También se recolectaban las hojas de esta planta para preparar un cocimiento con cuya agua harán enjuagues para curar las afonías y dolores de garganta en general.
- Jara (Cistus ladanifer). Se esparcían sus tallos jóvenes por el suelo de cuadras y gallineros para que se pegaran las pulgas.
- Ontina (Artemisia herbaalba). Se esparcían las ramas de esta planta en suelos de cuadras, gallineros y gorrineras para que no “salieran pulgas”.
- Pino rodeno (Pinus pinaster). Se extraía la miera de este pino que luego empleaban para rociar paredes y suelos de cuadras, gallineros y gorrineras.
- Té rodeno (Mentha pulegium). La planta entera se usaba como insecticida para ahuyentar las moscas y mosquitos, poniendo manojos de la planta en las ventanas y puertas de las cuadras para que no entrasen insectos.
- Té de río (Mentha aquatica). La infusión de esta planta aromática, de agradable sabor mentolado, se tomaba como remedio casero para atajar diarreas.
- Cantueso (Lavandula stoechas). Se recogen las inflorescencias de esta planta para preparar una infusión que se toma para cortar los resfriados.
- Hierba de las siete sangrías (Lithodora fruticosa). La planta entera se emplea para preparar una infusión que toman en ayunas durante un novenario para rebajar la sangre.
- Sanguinaria (Agrimonia eupatoria). Se recolectaba para preparar una infusión con la que eliminar los granos y “el sarpullío” que sale en la piel y la cara debido a la subida de la sangre.
- Zarzamora (Rubus ulmifolius). Se cuece y se hacen enjuagues.
- Árnica (Inula sp.). Se usaba para casos de inflamación del estómago.
- Cagamilras (Santolina chamaecyparissus). Los botones florales de esta planta los recolectan para preparar una infusión que tomaban en caso de dolores de barriga. También para las personas con el colesterol elevado que toman en ayunas durante un novenario. También se prepara un cocimiento con el que se hace un lavado de los ojos irritados. También un cocimiento con la planta entera para combatir la retención de orina.
- Cresta de gallo (Phlomis herba-venti). Se recolectan las hojas de esta planta para preparar una infusión que toman en caso de diarreas.
- Rabo de lobo (Orobanche sp. pl.). Se recolectaba la planta seca para tomarla en infusión en caso de diarreas fuertes.
- Escaramujo (Rosa canina). Tiene propiedades astringente que se toma con el cocimiento de los frutos para las diarreas. Con los escaramujos también se preparaba un cocimiento que toman en ayunas y durante un novenario las personas con anemia.
- Berros (Rorippa nasturtium-aquaticum). Planta acuática de sabor característico, algo picante. Se come en ensaladas, que se preparaban para abrir el apetito cuando alguna persona tenía “desgana”.
- Tramuses (Lupinus albus). Los frutos de esta planta los empleban para preparar un cocimiento que toman para bajar el azúcar en la sangre.
- Betrónica (Teucrium chamaedrys). Se recolectaba esta planta para reparar un cocimiento que se toma en ayunas, durante un novenario para problemas de bilis.
- Manzanilla amarga (Anthemis nobilis). Para la subida de la bilis, se recolecta la raíz de esta planta y con ella se prepara una tisana que se ha de tomar durante nueve días seguidos en ayunas.
- Hisopo (Hyssopus officinalis). Se tomaba en forma de tisanas para tratar problemas de circulación sanguínea.
- Cola de caballo (Equisetum ramosissimum). Se preparaba un cocimiento de la planta entera que toman para favorecer la circulación sanguínea y para bajar la tensión.
- Nogal (Juglans regia). Como remedio tradicional para las hemorroides, se cocían hojas de nogal junto con tallos de rabaniza de nabo.
- Muérdago (Viscum album). Se cocían las hojas para tomar una infusión que se tomaba para bajar la tensión arterial.
- Carrasquilla (Rhamnus alaternus). La infusión de las hojas de esta planta se tomaba para “limpiar la sangre”, cuando se tiene lo que denominan “sangre espesa”.
- Perejil (Petroselinum crispum). Se preparaba un cocimiento con esta planta las personas con anemia, que toman en ayunas y durante un novenario.
- Hierba santa (Tanacetum balsamita). Sus capítulos florales y hojas se recolectaban para tomar su infusión en caso de “lombrices”.
- Ababoles (Papaver rhoeas). Se recolectaban sus frutos y semillas para tomarla en infusión, como relajante y tranquilizante. Se mezclaba, en ocasiones, con flor de espino.
- Beleño (Hyosciamus albus y H. niger). De estas dos especies se recolectan los “capirotes” (cápsulas) y sus semillas para preparar un cocimiento del que se inhalan los vahos para calmar el dolor de muelas. También se echan unas ascuas en un recipiente metálico, luego se agregan las semillas y se inhala el humo que echan.
- Cardo setero (Eryngium campestre). Se recolectaba la raíz de esta planta para machacarla y ponerla en las muelas podridas para calmar el dolor.
- Limonera o yerba limón (Melissa officinalis). La planta entera, se recolectaba para preparar una infusión con la que calmar los dolores de cabeza.
- Cresta de gallo (Salvia verbenaca). Petra, para sacar las “chinejas o motillas” que se metían en el ojo y no había forma de extraerlas, se metía una semilla de esta planta en el lacrimal, al cabo de unos instantes salían la semilla y la partícula por el otro extremo del ojo. Se trata de un remedio de uso tradicional y conocido por toda la sierra. Otros informantes comentan que se debe utilizar siempre granos nones, uno, tres o cinco.
- Rabogato (Sideritis hirsuta). Se recolectaba la planta entera para preparar un cocimiento con el que lavar la vagina cuando está infectada.
- Diente de dragón (Taraxacum vulgare). Para eliminar los cálculos renales, como remedio tradicional se toma en Boniches la infusión de esta planta.
- Hierba de las quemaduras (Bituminaria bituminosa). Se preparaban para las quemaduras un ungüento friendo esta planta con aceite de oliva.
- Curalotodo (Sedum spectabile). Recogemos el uso de esta planta para eliminar granos. Lo hacen machacando una hoja poniéndola encima del grano, dejándola hasta que se seque o arrugue el grano. También recogemos el procedimiento que consiste en calentar una hoja de la planta, después se le quita la piel y se pone encima del grano con pus, la operación se repite varias veces, hasta que éste se seca.
- Pino negral y pino rodeno (Pinus nigra y Pinus pinaster). Se recolectaba la resina que supuran estos árboles para poner unas gotas de la misma en los “granos feos” para que así reventaran.
- Ruda (Ruta montana). Esta planta se ha venido empleando para curar las heridas provocadas por las picaduras de diversos animales. Para ello cocían la planta y con el agua resultante mojaban paños calientes en la zona afectada para rebajar la inflamación provocada por el veneno.
- Sabuco (Sambucus nigra). Se recolectaban las flores de este árbol y se dejaban secar. Cuando aparecía la “disipela” (erisipela) para eliminar el “sarpullío” y enrojecimiento que ésta provocaba se echaban las flores en las brasas del brasero para dar los humos en la cara.
- Marrubio (Marrubium vulgare). Se recolectaba esta planta para preparar un cocimiento que dan a las cabras cuando van estreñidas.
- Morrionera (Viburnum lantana). Curaban el “mal del rumio” o las hinchazones a las caballerías con una vara de morrionera, “sobando al animal”, es decir, pasando la vara por su vientre.
- Acebo (Ilex aquifolium). El “mal del rumio” o las hinchazones, lo curaban en las caballerías con una vara de acebo, pasándola bajo el vientre del animal, a modo de masaje. Según nuestros informantes, en todas las casas donde había mulas se tenía siempre guardada una vara de acebo.
- Piña (Leuzea conifera). Se recolectaban las inflorescencias de esta planta para preparar un cocimiento que daban en una botella a las caballerías para curar los cólicos de estos animales.
- Miera, aceite de enebro (Juniperus oxycedrus). El alquitrán vegetal que se obtiene destilando la madera del enebro, llamado miera o aceite de enebro, era un remedio veterinario de uso común. Utilizado, entre otras cosas, para tratar la roña de las ovejas, impregnando las zonas afectadas con este líquido viscoso. Antes de aplicarlo rascaban la roña con una teja para “saltar la caspa”.
- Cañiguerra (Sambucus ebulus). Esta planta tiene mala fama por la toxicidad de sus frutos, conociéndose algunos casos de intoxicación en estas localidades.
BIBLIOGRAFÍA:
- Catastro de Ensenada. (1751). Respuestas generales del Catastro de Ensenada de Boniches [Manuscrito]. Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Cuenca, España.
- Fajardo Rodríguez, J., Verde López, A., Rivera, D., & Obón de Castro, C. (2007). Etnobotánica en la serranía de Cuenca: Las plantas y el hombre. Diputación Provincial de Cuenca, Sección de Publicaciones
- Font Quer, P. (1985). Plantas medicinales: El Dioscórides renovado. Editorial Labor
- Madoz, P. (1845-1850). Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar.
- Abril Romero, J.; Descalzo Gómez, A.; Villar Martínez, M. Pinceladas a la memoria de un pueblo: Boniches. Gráficas Cuenca S.A

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