SAVIAS: Un encuentro etnobotánico para cultivar saberes vivos

SAVIAS: Un encuentro etnobotánico para cultivar saberes vivos

“Los amores antiguos y los nuevos hicieron para mí este bosque con las piedras y los ríos, la luz y todas las cosas.”

Los versos de este poema pertenecen a Un conjuro, de Paula Melchor, y fueron mi compañía mientras preparaba Savias: encuentro etnobotánico para cultivar saberes vivos (Octubre 2025, Cuenca). Me quedé mucho tiempo dentro de esas palabras porque hablaban de lo que yo aún no sabía decir: que el paisaje está tejido por lo que amamos y por quienes amaron antes que nosotros.

El germen de Savias nació mucho antes de tener nombre. Surgió de conversaciones pequeñas, de amistades que se cruzan, de personas que guardan saberes en sus manos o en su forma de mirar (1).

El conocimiento (el verdaderamente fértil) no brota de un único libro ni de una sola maestra, sino de una red de personas que han atesorado pequeñas claves para interpretar el paisaje. Claves que son necesarias para seguir caminando con más consciencia, con más lentitud, con más respeto hacia lo que nos sostiene.

Así comenzó a germinar Savias: como un espacio para juntar hilos sueltos, para celebrar la diversidad de memorias y experiencias que construyen un territorio. No se trataba de enseñar algo nuevo, sino de activar lo que ya existe: la memoria del cuerpo, de los sentidos, de los afectos; una memoria que, aunque a veces se adormece, nunca desaparece del todo.

Hay paisajes que reconocemos sin haberlos visitado antes. Algunos se hacen familiares a través de historias contadas. Y otros se transforman en hogar porque los habitamos lentamente. En todos los casos, lo que vemos no es solo un escenario natural: es una trama de recuerdos.

Los saberes tradicionales funcionan del mismo modo. Son memorias acumuladas a lo largo del tiempo, narraciones transmitidas entre generaciones que guardan algo más profundo que la utilidad: una forma de mirar el mundo.

Y quizá por eso, cuando pensamos en Savias, entendimos que bastaba con volver a poner en relación aquellas formas de siempre: caminar, observar, escuchar, nombrar. Por eso propusimos una ruta interpretada por el río Júcar: no para acumular datos, sino para dejarnos afectar por lo que el territorio despierta cuando se recorre con atención.

También quisimos realizar un taller de fermentos, una técnica que nos recuerda que la transformación ocurre aunque no la veamos, que hay tiempos que no pueden acelerarse y saberes que sólo se revelan cuando elegimos la espera.

La poesía tuvo su propio espacio para abrirnos caminos que no siempre pasan por la razón. Leer y escribir sobre el paisaje de Cuenca fue una forma de mirarlo desde dentro, de permitir que las palabras tocaran algo que normalmente pasa desapercibido: la manera en que el territorio sostiene nuestras emociones.

Y, por último, la sesión de ilustración botánica nos recordó que observar es, también, un acto de memoria. Dibujar una planta es seguir con calma sus formas, sus texturas, la forma en que recibe la luz. En esa atención minuciosa se despiertan historias.

Todas estas propuestas no buscaban transmitir lecciones ni convertirnos en portadoras de un saber experto. Nuestra intención era otra: crear un espacio donde cada persona pudiera encontrarse con lo que ya sabía sin saberlo, con lo que ha guardado en su cuerpo, con lo que tal vez había olvidado porque la vida cotidiana pasa demasiado rápido.

Un paisaje nunca se conoce del todo: siempre se reconoce. En lo que despierta, en lo que remueve, en lo que devuelve a la superficie. Los saberes vivos funcionan de la misma manera: resurgen cuando se encuentran con otras voces, cuando se caminan, cuando se comparten.

(1) Este encuentro fue posible gracias al apoyo y la implicación de: Diana García, Ainhoa Janices, Paula Olías, Berta Heras, Nuria González, Silvia Bustamante, Ascen Soto y Laura Torres y Mario Rojo de Los ojos de la tierra. Agradecemos también a Pisto Ecológico, que nos cedió su espacio y nos acompañó en el proceso.

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