Recuperar una cabaña al año: la labor de etnografía y recuperación de saberes de la Escuela de Teitáu en Asturias

Recuperar una cabaña al año: la labor de etnografía y recuperación de saberes de la Escuela de Teitáu en Asturias

En las montañas de la cordillera Cantábrica, aún hoy en día los ganaderos aprovechan los pastos de alta montaña, que se encuentran fundamentalmente en tierras comunales.

Labor de la Escuela de Teitáu. Fotografía: Mónica Armantina (@marm.antina)

Antes de la creación de pistas para la circulación  por estos parajes, eran necesarios asentamientos estivales que se denominan “brañas” y donde una parte de los miembros de las familias pasaban el verano en cabañas con unas condiciones muy austeras comparadas con las casas de invierno, ya sencillas de por sí. Este pequeño semi-nomadismo de valle permitía a las familias obtener la preciada leche, tanto para el día como para hacer quesos y que sus reses engordaran lo suficiente para sobreponerse al invierno.

En el occidente de Asturias, incluso, una pequeña comunidad étnica denominados vaqueiros de alzada, disponían de dos pueblos, el de verano y el de invierno y realizaban una trashumancia integral, cerrando por unos meses completamente el pueblo que quedaba deshabitado. Este manejo está prácticamente extinto, pero estas cabañas realizadas en alta montaña (en las que todavía en muchos casos no hay tránsito rodado) ha hecho prevalecer algunos sistemas constructivos de gran singularidad.

Hablando de singularidad, merecen especial interés las cubiertas vegetales, que bien pueden ser de retama o de paja de centeno. Concretamente en los concejos Somiedo y Teverga tenemos los “Teitos de Escoba”, de los que quedan unas decenas, y que son construcciones en piedra seca y con armazón de madera, en muchos casos sin ninguna unión metálica y con una cubierta de retama de bastante inclinación y gran espesor, que los hace inconfundibles.

La Braña, para los habitantes de estas tierras, es mucho más que un pueblo de verano, es un estado mental, es el “branu”, la independencia, el clan… Se acerca a esa utopía donde apenas hay estatus y donde lo común predomina. Un lugar sin estado, sin iglesia, con laxas restricciones y donde el tiempo avanza, pero despacio.

Y el teito es sin duda su máxima expresión: la cabaña árbol, la montaña habitada… Es ese trocito de nomadismo, de libertad, de sencillez, de sentido común. 

Labor de la Escuela de Teitáu. Fotografía: Mónica Armantina (@marm.antina)

Ante el declive del campo como modelo de vida que conocieron nuestros antepasados, la braña se degrada. Desaparece en silencio. Es una herida abierta que a nadie parece importarle demasiado. Los últimos teitos aún se conservan gracias al empeño en su mayoría de personas muy mayores que heredaron un amor propio por este legado que no les deja mirar para otro lado.

La Escuela de Teitáu es una iniciativa ciudadana que surge con la voluntad de crear una red de trabajo, una comunidad de apoyo a las personas que mantienen este patrimonio tan frágil.

Nuestra primera premisa: recuperar una cabana al año. Con este objetivo, organizamos jornadas de trabajo a lo largo de la primavera y el verano, que culminan con varios talleres en torno a oficios tradicionales en otoño. Se comparten técnicas como la piedra a junta seca, la carpintería tradicional, la construcción de estructuras ligeras de avellano, los morteros de barro, etc… En una cabana donde además se teita (se pone el teito de escoba, una planta que crece en las inmediaciones) siendo esto en lo que más se incide dada su particularidad.

De esta manera, pretendemos ser punto de encuentro para teitadores, amantes de la etnografía, del entorno, personas curiosas  que nos encontramos en los quehaceres, compartiendo vivencias en las brañas, y disfrutando de las limitaciones técnicas propias de ella y a la vez de todo su potencial.  Empapados de este maravilloso paisaje cultural, ejemplo de equilibrio y armonía entre la acción humana y el entorno natural.

Recuperar las técnicas tradicionales no es nostalgia: es actualizar un modo de construir y vivir que la industrialización arrinconó sin preguntar. Trabajar con materiales naturales, sin residuos ni tóxicos, restablece una relación honesta con el paisaje. Y, sobre todo, devuelve protagonismo a lo humano: el trabajo colectivo, el esfuerzo manual, el saber hacer.

Labor de la Escuela de Teitáu. Fotografía: Mónica Armantina (@marm.antina)

No solo queremos centrarnos en la parte constructiva: nos parece importante mostrar también la potencia de estos paisajes culturales, con la dignidad y respeto que merecen las formas de vida enraizadas, ancladas a la tierra.  La potencia plástica del entorno y del paisaje, así como el peso cultural, tienen una importancia trascendental para la escuela. De esta manera, forman parte del equipo artistas que captan con una mirada propia estas cuestiones y reflexionan sobre el trabajo compartido, en esta entrañable reciprocidad entre territorio y comunidad. Nos planteamos una forma de socializar dada por el arte y la música popular, donde poder explorar una cultura que notemos más real y más cercana.

Mirando atrás, hace dos años que hemos comenzado como colectivo. Y en este tiempo tenemos en nuestro haber, el disfrute de participar en la reconstrucción de al menos siete cabañas, haber conectado un motón de relaciones en principio inverosímiles y de procurar trabajar por restaurar la conciencia de poseer unas cápsulas patrimoniales cargadas de un conocimiento casi extinto, que estamos seguros que serán clave en los retos del futuro más cercano.

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