El comer no es solo una necesidad biológica sino que también es un acto cargado de memoria, ingenio y creatividad y más en tiempos pasados donde el alimento escaseaba.
Cada receta es una parte de la historia de cada casa y en conjunto, de todo un pueblo que hace de esta cotidianeidad, una seña de identidad donde impera la paciencia, la optimización y el conocimiento profundo de cada ingrediente.
El infinito recetario que nos han legado nuestras abuelas está íntimamente relacionado con el entorno natural donde han vivido nuestros antepasados. El cereal y la legumbre de los extensos campos de secano, la huerta como oasis de frutas y hortalizas o el corral como despensa de carne y huevos han alimentado a nuestros ancestros.
Todo ello cumplimentado con la caza menor, la recolección de setas, espárragos o collejas y la abundante leche y queso que aportaba la oveja manchega. Y, para lo que allí no se podía obtener, ya estaba el histórico Mercado Franco de Belmonte, cada lunes desde hace siglos. Frutas de altitudes más mediterráneas o el famoso bacalao en salazón con la que hacer el preciado ajoarriero conformaban el sabroso toque foráneo a una gastronomía en lo demás autárquica y de subsistencia.
Pero todo este trabajo de recopilación de estas recetas, no sería posible sin la labor que ha hecho —y que está haciendo— Mari Carmen Navas Sacedón. Nació en Madrid en 1965, hija de una Belmonteña que, como tantas otras, tuvo que emigrar a la capital para buscarse el sustento. Siempre enamorada de su pueblo, hizo el camino contrario a su progenitora y se casó con un Belmonteño. Es aquí donde hoy en día tiene su residencia y donde ha tenido a sus hijos.
De abuela y madre cocineras profesionales, a Mari Carmen le une un estrecho lazo con la cocina por lo que aprendió desde muy pequeña todos los secretos que hicieron aficionarse a recopilar recetas, cuantas más antiguas mejor.
Desde 2011 es Presidenta de la “Asociación de mujeres Bellomonte” en la que tuvo el primer compromiso de hacer este libro —Gastronomía Belmonteña: los fogones de Belmonte— donde muestra cómo la cocina ha sido (y será) el reflejo de nuestras sociedades. Donde sin grandes pretensiones han sido capaces de mostrar cómo aprovechar los productos de la tierra y convertirlos en deliciosos platos.
Todo un lujo poder atesorar éstas recetas que han pasado de generación en generación muchas veces de una forma informal y que, de no reflejarlas y recordarlas, pueden caer en el olvido, lo que haría que se perdiese a su vez ese conocimiento intrínseco que tiene cada una de ellas. Porque la historia hecha por las gentes del pueblo también tiene derecho a ser recordada. Es por eso que en esta publicación, Mari Carmen ha reflejado con nombres y apellidos a estas vecinas y vecinos que han contribuido con estas recetas de sus antepasados.
En este trabajo, se ha hecho una recopilación de todas ellas ordenandolas según se va comiendo en una comida empezando por los entrantes como el morteruelo, ajoarriero o conservas como el ajo pimiento. Le siguen los primeros platos como puede ser el piri, el pisto o distintos platos cuyo protagonista es el ajo como la sotana, el ajo calabaza, el ajo calote o el ajopringue, entre otros. Más adelante, algo más contundente como recetas con habichuelas, arroces o guisos con patatas. Éstas últimas, protagonistas por su gran versatilidad y por la historia que tienen detrás en el pueblo de Belmonte. No podían faltar las sopas junto también con platos tan característicos como el gazpacho manchego o las migas belmonteñas. Y como no, la matanza, chorizos, morcillas y güeña que junto a la carne de caza, complementaban muchos de los platos anteriores al igual que a uno de los platos más antiguos manchegos: las gachas.
Para digerir todo esto, también hay bebidas que se han reflejado también como el arrope, la cuerva, el hipocrás o la zurra.
Y como no, también hay una serie de postres y dulces que ponen la guinda dulce a este recetario. Postres más de subsistencia que se hacen también con restos de otras recetas como la rosca de aceite o las chicharras y postres tan típicos de la zona como los caballos de San Antón, los caramelos de tostones, los rollos, rolletes y rosquillas. Tampoco pueden faltar clásicos de nuestra gastronomía como las torrijas o las tortas, entre ellas las tortas de manteca.
Para culminar, dos de las recetas que aparecen en el libro manchego más icónico —Don Quijote de la Mancha— donde aparecen el tiznao y duelos y quebrantos.
Una gastronomía que merece ser recordada.

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