Los campesinos más nobles: el arrabal de El Castillo

Los campesinos más nobles: el arrabal de El Castillo

Las ciudades de origen medieval, como Cuenca, guardan similitudes en su urbanismo. Rodeadas de murallas junto a protecciones naturales, solían ser dominadas por un castillo que controlara el territorio. A partir de ahí, representando la jerarquía social, se asentaba la aristocracia nobiliaria y eclesiástica por orden de importancia, siendo los más poderosos los que moraban en las zonas más altas de la ciudad. Sin duda, estos espacios eran los más demandados, pues ofrecían las mejores condiciones de salubridad, pues el agua al que accedían aún no había tenido tiempo de ser contaminada.

Cuenca, con su barrio de San Pedro en la parte más alta alojando a la cúpula eclesiástica, no fue ninguna excepción… ¿o sí?

Gobernando sobre todos ellos, unas humildes casas al otro lado de la muralla parecían retar esta distribución. Campesinos y pastores que, a lo largo de la historia, observaron desde sus casas como si fueran nobles. Hablamos del Arrabal de El Castillo.

El Barrio del Castillo, según las tarjetas postales de la ciudad de Cuenca (1897-1936). Autor: desconocido

El origen del barrio

El nombre apunta a su localización y origen. Y es que este humilde barrio se conformó a lo largo de los siglos sobre las ruinas del Castillo fundacional de la ciudad erigido por los musulmanes en el siglo X.

Situado tras cruzar el foso que protege la ciudad en esta parte alta, el arrabal de El Castillo se situó entre los caminos de la Sierra (Camino de San Jerónimo o Calle Larga hoy) y San Isidro. Son los caminos hacia Buenache de la Sierra y Valdecabras.

Aún siendo una incógnita el origen exacto de este barrio, se tiene constancia desde al menos el siglo XV, siendo probablemente empujado a crecer durante este y el siguiente siglo fruto de la expansión demográfica que sufría la ciudad debido al auge de la industria textil local. Este empuje poblacional impulsó la construcción de un acueducto entre 1531 y 1533 para traer las aguas desde la Cueva del Fraile y poder así abastecer a toda la ciudad. Este acueducto, que discurre junto al arrabal, es sin duda una de sus señas de identidad.

Desde luego, se sabe a ciencia cierta su existencia en la segunda mitad del siglo XVI, cuando Wyngaerde lo dibuja en 1565 en su “Cuenca desde la hoz del Huécar”. En esos años también se menciona la existencia de hocinos en la hoz de Huécar, históricamente relacionado con el arrabal de El Castillo. Por ejemplo, en el año 1581 Gil Noguerol, alcaide de la cárcel de la Inquisición, dice: “un hocino que yo tengo debajo de las peñas del castillo…”. Comenta que está junto a otros dos, el de Melchor de la Flor a un lado; y otro propiedad de Fabián de Pareja hacia el Puente de San Pablo.

Detalle de las antiguas ruinas y el arrabal de El Castillo en 1565 de la obra “Cuenca desde la hoz del Huécar”. Autor: Anton van den Wyngaerde

Es, sin duda, una época de gran relevancia para el barrio, pues sobre las ruinas del antiguo castillo se instalará el Santo Oficio (La Inquisición). Hay constancia de que fueron Los Reyes Católicos quienes autorizaron la demolición del Castillo medieval, ya en ruinas, a principios del siglo XVI. Durante las siguientes décadas este espacio llegó a ser utilizado como cantera e, incluso, como lugar de siembra en el foso. Esto hizo propicio el solar para instalar la Inquisición. En 1575 comienza la limpieza del sitio y en 1583 se traslada ya definitivamente el Santo Oficio (que estaba provisionalmente en un edificio en la Calle San Pedro). Esta presencia ha determinado la historia de este arrabal.

Edificio que fuera sede de la Inquisición a mediados del siglo XX. Autor: desconocido

Ya entrado el siglo XVII, en el año 1618, durante el proceso del posible traslado de la Inquisición al Campo de San Francisco, se dice: “y fuera de las puertas, mucho más altas que la Inquisición ay más de veinte casillas de labradores y otra gente pobres, y es la salida del campo para gozar del sol en ynbierno y el fresco en el verano, con dos caminos pasajeros a muchos lugares y a los dos ryos que bienen a la ciudad”.

Así comienza su curso este curioso arrabal de El Castillo. Al igual que otros como San Antón o Tiradores, conformará lo que Troitiño denomina ciudad productiva, frente a la ciudad parasitaria representada por las estructuras nobiliarias y, sobre todo, eclesiásticas. No obstante, hay una clara diferencia de este barrio respecto al resto: su carácter ha sido rural, no industrial, desde sus inicios, poblado en general con leñadores, hortelanos y pastores. De hecho, es en sus alrededores donde se guardaban la mayoría de ganados estantes de la ciudad durante la Edad Media, pues la nobleza solía volcar más sus propiedades en los ganados trashumantes. Por ello, se presupone un origen del barrio pastoril.

Además, más allá de su carácter agrario, su terreno menos accidentado ha propiciado mayores facilidades constructivas respecto a otros arrabales. Por ello, guarda una parcelación del territorio más similar a la observada en el arrabal del Llano.

Quizás por estos motivos, al ser la única parte productiva del Casco junto a San Martín, no decrece poblacionalmente durante el siglo XVIII, como sí haría el resto de la ciudad. Su realidad contrasta enormemente con la del resto de la parroquia a la que se adscribe, San Pedro, marcadamente clerical y de altos recursos, con mucha presencia de servicio doméstico.

Y es que a mediados del siglo XVIII no era un barrio tan marginado de la ciudad alta como los otros arrabales, ya que estaba en la zona del emplazamiento original de la ciudad, y se encontraba cerca del Tribunal del Santo Oficio y de la Ermita de San Isidro. No obstante, ha sido una de las zonas residenciales de menor valor de la ciudad.

La historia de un barrio impasible al tiempo

Si sus dinámicas durante los siglos XVII y XVIII divergen de las del resto de la ciudad, al no descender en población, lo mismo sucedería en siglos venideros, cuando no crecerá a pesar del empuje de la industria maderera que transformó el resto del tejido urbano. Es la historia de un barrio impasible al tiempo.

Detalle del plano de Cuenca de 1800. A la izquierda, bajo el Cerro de San Cristóbal, las viviendas del arrabal de El Castillo. Autor: Mateo López

Su evolución poblacional durante los siglos XIX y XX refleja esta realidad. De los 172 habitantes en el año 1856 (unas 49 familias), se llega a un máximo de 270 en 1960, descendiendo a 130 en 1975. Entre medias, mantiene cifras similares: 158 en 1870, 201 en 1885, 277 en 1900, 166 en 1915 o 195 en 1930. Por tanto, aun llegando a duplicar su población en estos años, lejos queda el crecimiento de barrios como Tiradores, que multiplicó por diez su población en los mismos años. Fue un barrio menos favorecido por la dinámica industrial y la consecuencia inmigración rural, dada su localización alejada de los nuevos focos productivos. Seguía siendo un pequeño espacio agrario congelado en el tiempo, igual prácticamente a su origen. Esto no lo salvó de ser uno de los lugares en los que los problemas de salubridad del siglo XIX tuvieran más impacto, dado el carácter humilde de sus moradores.

Detalle del barrio del Castillo en 1956. Autor: Francesc Catalá Roca

En este siglo XIX sí se produjo un cambio de enorme relevancia para el barrio de El Castillo: el edificio sede de La Inquisición. Prácticamente arruinado durante la Guerra de Independencia al ser ocupado por los franceses y volado tras su marcha, es definitivamente abandonado tras la abolición del Santo Oficio en 1834. Abandonado, durante este siglo tendrá relevancia como cuartel, con escasas reformas durante la Primera Guerra Carlista. En el año 1862 se establece en este lugar la Cárcel Provincial, aprovechando las instalaciones de la que fuera cárcel de La Inquisición. De nuevo, en 1875, tras la invasión de la Tercera Guerra Carlista, los conquenses deciden rehabilitar el castillo rápidamente. El uso como cárcel continuaría hasta el año 1972, marcando profundamente la vida de los habitantes de alrededor.

Otra modificación relevante se produjo ya bien entrado el siglo XX, cuando en 1917 desaparece la Caseta de Consumos, también conocida como Fielato, que guardaba la entrada a la ciudad por la Puerta del Castillo. Estos fielatos eran pequeños puestos de control ubicados en los accesos de las ciudades y pueblos. Su función principal era pesar mercancías y cobrar el impuesto de consumos, un tributo similar al medieval derecho de portazgo. Otros fielatos importantes en Cuenca fueron: Fuensanta, Portland, Recreo Peral o Ventilla.

El Arco de Bezudo, según las tarjetas postales de la ciudad de Cuenca (1897-1936). En sus alrededores se encontraría la Caseta de Consumos. Autor: desconocido

Es una época en la que se propone reiteradamente su desaparición por las autoridades municipales, como la del resto de suburbios. Ya en el “Plan de Urbanización de la parte de la ciudad de Cuenca comprendida entre los ríos Júcar y Huécar”, por Antonio Carlevaris, en 1893, se propone la desaparición del ensanche del suburbio del Castillo. Esta intención no llevada a cabo se mantiene hasta que, en 1944, mediante el Plan General de Ordenación de Muñoz Monasterio, se promueve su conservación y mejora, aunque no se termina ejecutando. Las tendencias especuladoras de las siguientes décadas no ayudaron a su mejora, pues no es hasta los años 80 del siglo XX cuando comienzan a urbanizarse sus calles. Como ejemplo, en el año 1970 aún no había agua en las viviendas del Castillo.

Buena cuenta da de esta realidad Josefina Sáiz Olivares, vecina del barrio desde su nacimiento allá por 1949. Pues para las casas cogían el agua de la Fuente de la Canaleja, ya extinta, situada junto al actual Archivo Histórico. También destaca cómo “antes estaba todo el barrio sin asfaltar ni urbanizar. En la puerta de las casas corría un chorro de agua, que aguantaba todo el año prácticamente”. Usado este chorrillo principalmente para lavar, para cruzarlo ponían piedras grandes encima.

Fuente-lavadero de La Canaleja, a mediados del siglo XX. Autor: Amancio Contreras Muñoz.

Hablamos de un barrio aún rural, todavía cristalizado desde su origen. A pesar de la existencia de algún pequeño taller de reparaciones y de la tienda de ultramarinos del barrio, la del Tío Baeza, la mayoría de vecinos eran hortelanos. Josefina, conocida como La Jose en el barrio, recuerda que “eran hortelanos. En verano vivían directamente en los hocinos, para estar más cerca para la cosecha. Luego bajaban con las caballerías a la Puerta de Valencia a vender”. Patatas y ciruelas que completaban con la cebada que se plantaba en lo que hoy es el aparcamiento del Castillo, donde había varias eras donde trillar y aventar el grano. También junto a los garbanzos que se sembraban junto al camino de San Isidro, según recuerda La Jose.

Por supuesto, todo se complementaba con la crianza de gallinas, conejos, cabras y cerdos en los corrales de las casas. Justo en la calle larga había un gran corral, así como otro pegado al Arco de Bezudo.

Pero no todas las tareas eran agrícolas. También era un lugar donde se amontonaba leña para salvar al resto de la ciudad de los duros inviernos. Incluso se llegó a plantear una mina donde estaba la Ermita de San Jerónimo para extraer cal. Los domingos, por ejemplo, una vecina recorría el barrio vendiendo churros que había preparado ella misma. Los niños, por otro lado, pasaban por el barrio vendiendo estropajos de esparto o arena, necesaria entonces para fregar. También recogían espliego que bajaban a vender en la zona de la playa artificial, donde lo compraban comerciantes de fuera. Más tarde se instaló una caldera frente a la cárcel, ahorrándose el paseo hasta el río.

Niños del barrio del Castillo, en 1956. Autor: Francesc Catalá Roca

Era un barrio en el que la mitad de su población procedía de zonas rurales. Gente de muy escasos recursos que buscaban los espacios más asequibles. Como ejemplo, La Jose recuerda que en el camino de San Isidro hay una cueva que tiene 16 metros en la que llegó a vivir una familia con 3 hijos, sin agua corriente. A mitad del siglo XX el antiguo arrabal del Castillo es el barrio con menor valor del suelo.

La dureza del vivir no impedía que los niños jugaran y los vecinos celebraran. Ligados a las fiestas de San Mateo, celebraciones del Casco Antiguo, es reseñable la existencia en este barrio de unos moros y cristianos ya desaparecidos, que partían desde la Ermita de San Isidro.

Moros y cristianos junto a la iglesia de San Pedro. Autor: desconocido.

El barrio a día de hoy

Sin duda, el barrio hoy parece fruto de otra historia. Urbanizado y, en parte, turistificado, poco refleja su origen marcadamente agrario. Sólo sus sencillas casas de no más de dos plantas nos recuerdan sus humildes comienzos.

En el año 1972 desaparece la cárcel de sus alrededores, llevándose con ella las 4 garitas de la Guardia Civil que se agolpaban junto a ella y determinaban el ritmo de vida para los vecinos del Castillo. Profundamente deteriorado el edificio, en 1985 se comienza en reformar para albergar, a partir de 1991, el Archivo Histórico Provincial.

El barrio del Castillo en los años 70 del siglo XX. Autor: desconocido.

Desde entonces, los habitantes que conocieron la faceta más dura del barrio no han parado de envejecer. Hoy, la hostelería parece su gran salvación. Su futuro. Esperemos que entendamos que detrás de las bondades también se esconden peligros.

Referencias

  • Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde la hoz del Huécar (1565) de van den Wyngaerde. Cuenca: Diputación Provincial de Cuenca.
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado I. S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1949
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado II. S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1953
  • Mártir Rizo, J. P. (1627). Historia de la muy noble y leal ciudad de Cuenca. Madrid: Herederos de la viuda de Pedro Madrigal.
  • Muñoz Soliva, T. (1867). Historia de la muy N. L. e I. ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, desde los tiempos primitivos hasta la edad presente.
  • Troitiño, M. A. (1984). Evolución y crisis de una vieja ciudad castellana. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.
  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación.

Actuación financiada por el Ayuntamiento de Cuenca y el Ministerio de Cultura, con cargo a las Ayudas para proyectos de conservación, protección y difusión de bienes declarados Patrimonio Mundial.

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