El tercer río de la ciudad de Cuenca pasa frecuentemente desapercibido. Y es que el Júcar y el Huécar acaparan la atención de manera absoluta. No es de extrañar, dada su importancia histórica y estética. Y el hecho inapelable de ser consustanciales a la ciudad enriscada de la Cuenca antigua a la que, con sus hoces, abrazan, protegen y embellecen. Pero hay un tercer río en la ciudad. Los conquenses tienen que detenerse a pensar unos instantes para tomar conciencia de él… Ah, claro! El río Moscas. El Moscas fue el río del llano, marginal, apartado, con algunas importantes heredades y casas de campo como las de La Mota o Vega Tordera. Bien es verdad que en los últimos tiempos se ha ido urbanizando. Y Cuenca ya ha saltado con nuevos barrios a la otra margen.
Si Júcar y Huécar son ríos de versos y poetas, no le faltó al Moscas quien lo cantara.
“Al Moscas tiene Cuenca por remate,
y adorno principal de su hermosura,
que con limpios cristales y salados
le da mejor los frutos sazonados”.
Esto escribe a principios del siglo XVII José de Villaviciosa, señor de Reillo, en La Mosquea, quizás la mejor epopeya épico-burlesca de la literatura española, junto con La Gatomaquia de Lope de Vega (1).
El nacimiento lo encontramos a tres leguas en el centro de un pueblo fundado por los castellanos tras la conquista de Cuenca. No se quebraron los cascos para ponerle nombre: Fuentes. Nace hermanado a la Sierra de Palancares, con un origen y destino paralelos y próximos. Uno se disuelve en el Júcar y la otra se corta de modo abrupto en el cerro Socorro (2).
El pueblo de Fuentes y el nacimiento del Moscas se encuentran en el horcajo de los cerros Samacario y Malena. A partir de aquí se ensancha el paisaje en una amplia vega. Entre la Atalaya y Las Zomas nos muestra su cara más hermosa. A un lado la sierra y el cerro del Puerto; delante de éste, elevadas sobre el otero roto de la laguna, las Zomas. Al otro, el Talayuelo, como el lomo erizado de un gran lobo dormido, y el horizonte suave de la Atalaya, agudizado por la silueta cónica del cerro de la Horca. Por aquí se pone el sol encendiendo y dorando tanto las casas de Las Zomas como el fondo serrano de su dehesa de robles sobre el que resaltan.
En poco se parecen el nacimiento y el río de ahora a los que conocimos hasta muy avanzados los años sesenta. La Concentración Parcelaria transformó por completo la hidrografía (3). Aún podemos apreciar su alumbramiento bajo el viejo puente medieval orientado hacia la escalinata de la iglesia románica, pero La Peñona, un monolito rocoso a cuyos pies afloraba una espléndida surgencia de aguas puras, fue abatida, y sobre sus despojos se cimentó uno de los extremos del puente Nuevo. A continuación, los veneros de La Colmenilla, que conformaban un humedal extenso, con huertos flanqueados por muros de piedra seca, hábitat de los caracoles gordos, fueron aterrados y sobre su sepultura se alzaron las viviendas que hoy vemos. Los prados de trébol, empapados por el río y las acequias, se desecaron. Las corpulentas sargas y los espesos saúcos, que sombreaban los prados y acompañaban el discurrir del río, fueron talados y arrancados. El curso serpenteante quedó enderezado como una vara y las riberas, desolladas.
“La Hierba” era un prado de trébol entre el río recién nacido, pero bien nutrido, y una acequia de riego donde, jugando, pasaron la infancia incontables y sucesivas generaciones. El ganado se encargaba de que siempre se mantuviera el césped como un terciopelo oloroso a savia y no se transformara en herbazal. Las riberas frondosas le daban en verano una sombra fresca y reconfortante. Los huertos de hortalizas, adornados con unos pocos manzanos y ciruelos, humanizaban el entorno.
El Moscas era cangrejero, y algo truchero, mientras fue río. Cuando el agua dejó de circular por su cauce natural para hacerlo por el que habían abierto las máquinas, los cangrejos buscaban el agua desesperados, y no la encontraban, y los peces boqueaban dando coletazos contra el suelo seco del cauce. Algunos vecinos se llevaban los cangrejos a sacos. Fueron los últimos. No había irrumpido todavía la peste que, años más tarde, acabó en la península con la mayor parte de la especie.
El nuevo cauce, rectilíneo y hondo, conllevaba una bajada drástica del nivel freático para auspiciar el cultivo de secano. Iba a dejar de ser un río vivo para convertirse en un zanjón de desagüe. Del mismo modo se actuó en las ramblas afluentes. Y aún se fue más allá: se excavaron drenajes en los húmedos pastizales de los hondos para transformarlos en tierras de labor.
Los molinos quedaron aislados y sin uso. Durante siglos tuvo Fuentes en el Moscas tres molinos de nombres escuetos y aritméticos: el Molino Primero, el Segundo y el Tercero. Al Segundo en algunos documentos lo llamaban también el de Enmedio. Al Primero y al Tercero los hemos conocido activos y del Segundo no nos llegó más que un solar de piedras revueltas entre las que había retoñado una espesura de olmos. Aún hoy se puede contemplar con tristeza las ruinas del Primero y una nave agraria en la que se reencarnó el Tercero.
Aguas arriba del nacimiento del Moscas el cauce se prolonga en lo que en Fuentes se llama el Reajo. El Reajo es acaparador de aguas pluviales y conductor de intensas y temidas riadas. Viene a constituir la cabecera de la cuenca fluvial del Moscas. La cierran y la separan de las cuencas del Guadazaón, Gritos y San Martín, un semicírculo formado por los altos del Talayuelo, la Tórdiga, La Herrá y los Rochos. Habitualmente, antes del encauzamiento, aportaba al Moscas un hilo de agua que, retenida en el paraje de las Puentes, permitía un baño precario a los chavales. Y ya entre las casas del pueblo se salvaba la leve corriente sobre una hilera de piedras.
Al Reajo afluyen diferentes cauces menores, hoy secos o con algún breve tramo aguanoso: Ramblas de San Miguel, de la Cañada la Motilla o el Vallejo San Juan Y muchas fuentes venidas a menos: la Amarguilla, de San Miguel, la García, la del Espino, la del Lobo, la de la Motilla al pie de la Tórdiga y origen de su Cañada… El agua de Las Hontecillas en sus buenos tiempos se sumaba a la del arroyejo que discurría por el Vallejo San Juan, irregular caudal que, frecuentemente, permitía regar una huerta y aclarar la ropa lavada. Hoy nadie puede imaginar que por aquí hubo un cauce, hasta que, cualquier día de tormenta, las lluvias intensas forman un torrente impetuoso que salta sobre los caminos y las calles, entre almacenes agrícolas.
Ya aguas abajo del pueblo, le llega al Moscas la rambla de Villar del Saz a la que se asocian las fuentes de Gimeno y la de San Sebastián. Era ésta la más próxima a Fuentes y la que mejor agua daba. Venía a ser un centro social al aire libre donde mozas y mozos tonteaban. Terminó por secarse y hoy en día se nutre, para no morir del todo, de la red municipal.
El sagrario de la vega del Moscas son sus lagunas (4). De cada una de ellas parte una rambla por la que desaguan, si la sequía lo permite, en el río. Bulle en sus entrañas una oquedad por la que entra y sale el agua, un manadero y sifón mítico, con el que nos atemorizaban de pequeños como si fuera un monstruo: el Ojo. El Ojo tiene un poder brutal de absorción. Si “te chupa” ya no sales vivo. Puedes reaparecer en otra laguna o ser regurgitado. Bajo las lagunas corre “un brazo de mar”, que las comunica entre sí. Una yunta de mulas, decían, se precipitó en la laguna Negra. Al cabo de unos días, las mulas aparecieron flotando y sin desuncir en la de los Ciazos.
Las lagunas provocaban el desasosiego de las madres. Nos tenían estrictamente prohibido bañarnos en ellas. Cuando volvíamos a casa las tardes de verano, comprobaban que la orden se hubiera cumplido. Arrastraban el filo de una uña sobre la piel de nuestros brazos. Como el agua era salobre, una pátina blancuzca nos cubría el cuerpo, así que la uña la iba desprendiendo y dejaba un rastro delator de color más vivo.
Desaparecieron los galápagos que veían nuestros abuelos tomando el sol en las orillas de la Laguna Negra y en las de los Ciazos. Aún quedan, sin embargo, “peces con patas” como el que extrajo un pescador de la laguna Negra. Cuando me lo mostró yo vi a un fascinante gallipato (5).
Lagunas que pasaron a ser charcas temporales como la de Navarro, el Hongar o los Lagunillos. Lagunas que mueren ante nuestros ojos como la de los Santos y la vieja de Tamariz. Lagunas de un pasado más remoto que, ahora, son grandes cuencos de tierra cultivada: las hoyas. Como la de San Sebastián o el conjunto de Las Hoyas junto al pueblo. Y lagunas y simas que de la noche a la mañana se abren bajo tus pies como la nueva de Tamariz, las tres de la Sarga o el lagunillo del Ojo la Corva dado a luz en 2009.
En la cuenca de Moscas la fuente más bella y caudalosa es la del Royo, en la subida a los Palancares desde la vega. Tres caños sonoros en un paraje de ensueño, como la entrada a un mundo de hadas y ninfas. En La Mota, que perteneció a la Iglesia, la fuente del Obispo, labrada con bóveda de sillería, nos recuerda que por aquí se solazaba su ilustrísima.
Aproximándose a Cuenca, el Moscas se muestra más ajetreado. Tras el humilde y desbaratado puente de la Cañada Real de los Chorros vamos encontrando una mezcla variopinta de huerta residual y suburbio. Huertos, casas de campo, vías del tren abandonadas, ruinas y escombros, infraestructuras y viejas chimeneas industriales a lo largo del Moscas, bajo la humilde mirada de la ermita de San Isidro de Abajo. La rambla de la Cerrajera se rodeó primero con un polígono industrial y después con urbanizaciones de altos edificios y riberas ajardinadas. El Bosque de Acero se quedó sin primaveras, triste y desnortado junto al Moscas, sin saber qué camino tomar: si salir volando a donde le den vida o quedarse y oxidarse con las nieblas otoñales del río. Y por fín, a las puertas de El Terminillo, el Moscas se incorpora al Júcar.
Siempre en estas tierras han sido habituales las sequías. Pero ahora, viendo que hace más de cincuenta años de la desecación de tantos manantiales y humedales, es poco probable que alguna vez recobren el agua. Es difícil imaginarte las navas de Fuentes y Reillo inundadas de nuevo hasta la misma carretera de Cuenca-Teruel, de que vuelva el caudal y la huerta del Vallejo San Juan, de que los Borbotones broten otra vez como surtidores entre las grietas de la roca desnuda, de que la fuente del Colmenar, del Horcajo o del Cubillo, de las que ya desaparecieron caños y dornajos, resuciten entre la tierra arada.
¿Qué versos le dedicaría hoy José de Villaviciosa a este Moscas si levantara la cabeza? ¿Dónde las huertas, los molinos, los lavaderos de lana, dónde las truchas y la frondosidad de las riberas ?
(1) La Mosquea fue escrito por José de Villaviciosa (1589-1658) en su juventud. La dedica a Pedro de Rávago, regidor perpetuo de Cuenca, dueño de un lavadero de lanas en el rio Moscas. La primera edición, publicada en Cuenca, es de 1615. Se reimprimió en Madrid en 1732 y luego en 1777. Es la epopeya burlesca española más valorada junto con la Gatomaquia de Lope de Vega. Fue publicada veinte años antes que ésta. Además de la invención literaria sobre la fantástica lucha entre moscas y hormigas, aporta datos verídicos sobre el rio Moscas.
(2) Consideramos Sierra de Palancares al reborde elevado de la extensa Muela de Palancares y Tierra Muerta, rodeada por Huécar, Moscas y Guadazaón, que a la vista se ofrece desde la vega del Moscas. Comienza en Los Rochos de Fuentes y acaba en el cerro del Socorro. El monte o dehesa de los Palancares como tal trascurriría entre la dehesilla de las Zomas y el cerro del Portillo. Desde éste se alargaría hasta el cerro de Socorro por la Sierra de la Pila, compartida con Palomera y con el rio Huécar.
(3) El DECRETO 2632/1961 de 21 de diciembre (BOE 29 de diciembre de 1961) declaró de utilidad pública la concentración parcelaria de la zona de Fuentes (Cuenca). Una orden del Ministerio de Agricultura de 29 de mayo de 1963 (BOE del 10 de junio de 1963) aprueba la primera parte del Plan de Mejoras territoriales y Obras de la zona de concentración parcelaria de Fuentes. El punto 2º de esta orden contempla el acondicionamiento del rio Moscas que supone un trazado y una sección diferentes. Las obras se llevarían a cabo en el trascurso de los años siguientes.
(4) Hoy protegidas por la Junta de Comunidades de Castilla la Mancha bajo la figura de Espacio Natural Protegido (ENP) Microrreserva con una extensión de 125,70 Ha. Decreto 46/2010 de 04/05/2010 (Diario Oficial de Castilla la Mancha del 7 de mayo de 2010, año XXIX, número 89). El conjunto está formado por la laguna y el lagunillo del Ojo la Corva, las lagunas de la Sarga, laguna Negra, laguna de los Cedazos (nombre local, Ciazos), laguna de las Zomas y las dos lagunas de Mohorte.
(5) El gallipato (Pleurodeles waltl) es el mayor anfibio de Europa. Es un tritón de hasta 30 cm de longitud, endémico de Iberia con el cuerpo y, sobre todo, la larga cola comprimidos lateralmente.
BIBLIOGRAFÍA:
- Catastro de Ensenada. (1751). Respuestas generales del Catastro de Ensenada de Fuentes, La Melgosa, La Atalaya, Mohorte y Las Zomas [Manuscrito]. Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Cuenca, España.
- Tomás López (1787).
- Mena, J. T. (1878). Noticias conquénses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislacion.
- Madoz Ibañez, P. (1845). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Madrid, 1850.
