El río Moscas, con apenas dieciséis kilómetros de recorrido, constituye uno de los ejes naturales y culturales más significativos del entorno sur de Cuenca. Su vega, amplia, fértil y húmeda, ha sido históricamente el espacio donde se concentraron los principales usos humanos: agricultura, ganadería, molinos, lavaderos de lana y huertas de regadío.
El paisaje combina suelos yesíferos en el fondo del valle, que propician un ambiente húmedo y salino, con relieves más secos en los márgenes, a un lado calizos y al otro arenosos. Todo ello genera una diversidad ecológica que ha favorecido la aparición de distintos oficios y conocimientos tradicionales.
Nacido hidrológicamente en Fuentes, a partir del arroyo de San Juan, el Moscas se alimenta de las aguas subterráneas procedentes de la Sierra de los Palancares, lo que le confiere un comportamiento kárstico característico. Como describe Rui Valdivia (2021), el río “va recogiendo paulatinamente las aguas del Barranco de la Hoz (Mohorte), de las Torcas de los Palancares (fuente del Rollo), de la Hoz de San Miguel, Hoz Chiquilla, del Barranco del Portillo (o del Buey) y toda una suerte de vallejos”.
Junto a este entorno húmedo, los pueblos de la vega (Fuentes, Las Zomas, Mohorte, La Melgosa y La Atalaya) conservan también zonas de dehesa comunal, como la de Las Zomas, compuesta principalmente por quejigos y pino laricio. Según el catálogo de fuentes Esparvel Cuenca, “También hay enebros (…), espinos, rosales, aliagas, agracejos, zarzas, algún que otro pie de sabina y manchas de juncos tanto por encima como por debajo de la fuente” (Esparvel Cuenca, s. f.). Estos bosquecillos fueron espacios esenciales para el aprovechamiento de leña, bellota y pasto, integrando la economía agroganadera con el manejo sostenible de los recursos del monte.
El agua como eje de vida y de oficio
Este complejo sistema de recarga hace que la vega sea excepcionalmente húmeda, generando procesos de disolución del yeso y la caliza que han originado torcas, dolinas y lagunas de notable interés geológico, como el Complejo Lagunar del Río Moscas.
Declarado microrreserva por la Junta de Castilla-La Mancha (Decreto 46/2010), constituye uno de los paisajes más singulares del término. Está formado por nueve dolinas de origen kárstico, de las cuales varias mantienen agua de forma permanente, como las lagunas de Mohorte, Las Zomas, Ojo de la Corva, Los Cedazos (o de La Atalaya) y la Laguna Negra.
Sus aguas, de carácter subsalino y ricas en sulfatos y calcio, dieron origen a espacios de aprovechamiento humano muy diversos. En torno a las lagunas y dolinas se situaban huertas, abrevaderos y zonas de pasto que aprovecharon la humedad constante del terreno. Los vecinos de Fuentes, Mohorte y La Melgosa conocían bien la calidad del agua y de los suelos, diferenciando las zonas aptas para hortalizas y cáñamo, de las destinadas a cereal o pastoreo.
En las orillas más estables del río y sus lagunas se levantaron molinos, lavaderos y pequeñas infraestructuras hidráulicas, evidenciando un profundo conocimiento técnico del comportamiento del agua. Estas formas kársticas, torcas, lagunas y dolinas, no solo definieron el paisaje, sino también la organización del trabajo y los oficios tradicionales que, durante siglos, sostuvieron la economía rural de la vega.
La relación entre el medio natural (agua, suelos, vegetación) y las prácticas económicas tradicionales es el hilo conductor de la historia de la vega. Poner en valor estos saberes supone reconocer cómo las comunidades han sabido adaptar su modo de vida al ritmo del río y a las oportunidades que su paisaje ofrecía. Ya en el siglo XIX, Pascual Madoz (1845-1850) destacaba la fertilidad de las huertas de Tordera y Finisterre, muy cerca de la ciudad de Cuenca, regadas por las aguas del Moscas y dedicadas al cultivo de hortalizas y cereales. Estas huertas, junto con los lavaderos de lana y los molinos harineros, conformaban un sistema de oficios y aprovechamientos ligados al agua que aún hoy pervive en la memoria local.
Contexto histórico y geográfico de la Vega del Moscas
El Moscas nace en Fuentes, entre dolinas y manantiales que forman parte del complejo lagunar del mismo nombre, y discurre por una vega cada vez más amplia hasta desembocar en el Júcar, según José Torres Mena (1878) “encima del Molino de la Noguera”, cerca del barrio de la Fuente del Oro, en Cuenca. Especialmente en este tramo medio y bajo, el río conforma un corredor húmedo en el que la presencia humana ha sido constante desde épocas antiguas.
Los romanos dejaron un claro legado hidráulico en la vega: el puente de sillería de La Melgosa, junto a la actual N-420, y la Fuente del Arca, antiguo sistema de canalización del agua. Durante la Edad Media, el aprovechamiento del río se consolidó con la construcción de molinos harineros y batanes, el desarrollo de huertas de regadío y el uso comunal de dehesas para el pastoreo.
En los siglos XVI y XVII, el auge de la industria textil de Cuenca impulsó la ganadería ovina merina y la instalación de lavaderos de lana en las riberas del Moscas. El río se convirtió así en un punto clave del ciclo productivo de la lana: el lavado de los vellones precedía a su envío hacia las fábricas y telares conquenses.
El río como taller: aguas, lana y memoria
Durante siglos, el río Moscas fue el corazón invisible de una economía tejida por el agua. Sus corrientes claras, con un leve sabor salino, fueron célebres por su capacidad para limpiar la lana sin dañarla. Ya en el siglo XVII, el regidor conquense Pedro de Rábago poseía lavaderos en sus riberas, administrados por comerciantes genoveses como Juan Lucas Palavesín, quienes abastecían a la floreciente industria textil de Cuenca.
Las orillas anchas y las terrazas naturales de la vega servían de escenario al lavado colectivo: allí, hombres y mujeres sumergían los vellones recién esquilados en un proceso que unía trabajo, técnica y conocimiento del cauce. Como dejó escrito José de Villaviciosa (1613) en La Mosquea, las aguas del Moscas eran tan bravas como necesarias, ensalzándolas incluso por encima de las del río Júcar, cuyo reconocimiento ha sido siempre más notorio:
Tiene la fama de lavar la lana Júcar,
mas la verdad nos certifica
que suele el Moscas arrancar las sacas
y no dejar por donde pasa estacas.
Bien sabe quien ampara mis renglones
(porque le cuesta cara la experiencia)
que ha visto, acumulados los vellones,
llevarlos su raudal sin resistencia…
Este testimonio literario refleja tanto la importancia económica del Moscas como el conocimiento ecológico de sus habitantes, que sabían aprovechar su caudal constante y su composición mineral para el lavado de la lana.
La tradición textil de la vega se extendía también a los hogares. En los pueblos del Moscas se tejían paños, lienzos y estameñas, complementando la producción conquense. El Catastro de Ensenada (1751) menciona telares domésticos y tierras dedicadas al cáñamo, materia esencial para sogas, tejidos bastos y cordelería. La lana, el lino y el cáñamo formaban un ciclo productivo completo: se lavaba, se hilaba y se tejía en un mismo territorio, siguiendo la cadencia del río.
En el mismo periodo, la trashumancia seguía siendo una práctica esencial. Como describe Romero Saiz (2011):
“(…) por aquí ha habido trashumancia, sin duda. La ha habido y mucha, pastando en sus ricos valles y bebiendo en esos abrevaderos que para tal fin abastecía su término. Esta tradición de antaño ha generado esa tan citada Ruta de la Lana que, como camino de Santiago, viene desde Monteagudo de las Salinas y te lleva a la Alcarria para alcanzar Soria y Burgos.”
La vega del Moscas, con su abundante agua y sus pastos estacionales, era por tanto punto de descanso y abastecimiento de los rebaños trashumantes y núcleo de una economía que integraba el agua, la tierra y los animales en un mismo sistema ecológico.
El río no solo lavaba: movía. En sus márgenes se levantaron molinos harineros y batanes, ingenios de madera y piedra que transformaban la fuerza del agua en energía productiva. En Fuentes, Mohorte y La Melgosa, la corriente se encauzaba por acequias hasta golpear las ruedas hidráulicas que molían el grano o golpeaban las telas. Aquellos artefactos, hoy muchos de ellos apenas vestigios en ruinas, fueron testimonio de un conocimiento técnico profundo: saber cuándo derivar el caudal, cómo mantener la corriente, cómo encajar el ritmo del agua en el del trabajo humano.
El cultivo de la humedad: huertas, acequias y fertilidad
Las vegas de Fuentes, La Melgosa y Tordera (en Cuenca) fueron célebres por su fertilidad. Madoz (1845-1850) elogia las “huertas de regadío regadas por el Moscas, donde el agua salobre da mejor los frutos sazonados”. En ellas se cultivaban trigo, cebada, legumbres, hortalizas y cáñamo, organizadas en pequeñas parcelas comunales que se regaban con acequias de tradición medieval, mantenidas por el vecindario.
A finales del siglo XIX, el historiador conquense José Toribio Mena (1878) destacaba la singularidad de este sistema agrícola e hidráulico al señalar que “en una isla del Júcar hay muchas huertas, que tienen la particularidad de regarse con agua de otro río, el Moscas”.
La organización del agua en acequias, regueras y pozas no era solo una infraestructura: era una forma de conocimiento compartido. Los agricultores sabían cuándo abrir o cerrar los pasos, cómo limpiar las conducciones tras las crecidas, o cómo aprovechar la humedad residual del terreno tras las lluvias de primavera. Este saber ecológico tradicional garantizaba la sostenibilidad del ciclo agrícola y la conservación del suelo.
El Catastro de Ensenada además describe con minuciosidad la diversidad de tierras: de regadío, de secano, de prado y dehesa, con calidades que iban desde la primera hasta la séptima categoría. En La Atalaya, los informantes mencionan “algunas para hortaliza, otras para cáñamo, y aunque corta cantidad, lo demás de secano, para trigo, guijas, centeno, avena y cebada”, reflejando una planificación agrícola precisa y adaptada al relieve y a la humedad del suelo.
El rendimiento de estas tierras era notable: un almud de tierra de primera calidad sembrado de trigo producía siete almudes, mientras que un huerto regado con agua del Moscas podía rendir hasta 210 reales anuales, cifra elevada para el siglo XVIII. En La Melgosa, las tierras de regadío producían incluso dos cosechas al año, combinando cereales, legumbres y cáñamo, del cual se obtenían “cinco arrobas en rama después de pasadas por la gramilla”.
Pastos, rebaños y economía circular del paisaje
Como ya hemos visto antes, las praderas húmedas de la vega junto a las dehesas ofrecían pasto al ganado ovino y vacuno. En el siglo XVIII, según el Catastro, en La Atalaya se censaban más de setecientas ovejas, además de cabras, cerdos, yuntas y mulas. Cada ganadero esquilaba sus ovejas en su propio corral, práctica que reflejaba una economía doméstica descentralizada. El documento registra que doce ovejas daban una arroba de lana, valorada en veintisiete reales, lo que confirma la relevancia del producto en la economía local.
El estiércol del ganado fertilizaba los huertos; los rastrojos de las cosechas alimentaban a las bestias; los prados comunales se rotaban para no agotar la hierba. Así se cerraba un ciclo agroganadero circular, donde nada se desperdiciaba y todo se reaprovechaba. La gestión comunal del territorio, huertas, acequias, pastos y molinos, implicaba colaboración vecinal y una comprensión colectiva del entorno.
En torno al Moscas también persistían pequeños oficios complementarios como la pesca. Los pescadores capturaban truchas y cangrejos en los tramos frescos del río, mientras recogían cañas, juncos y masiegas para tejer esteras o construir cercas. Como expresa Toni en su blog el brillo la mirada “El caudal engaña, a veces parece que lleva poca y no es así. Eso sí, sus riberas siempre han sido un lugar óptimo para la caza del cangrejo de río.”
El paisaje, el agua y el trabajo formaban un tejido común, un sistema donde cada oficio dependía del otro, y todos del río.
Conclusiones
En torno a la vega del río Moscas se ha desarrollado un sistema de oficios (lavaderos, molinos, telares, huertas) que muestran la capacidad humana de adaptación al medio así como el uso sostenible del agua. En definitiva, el equilibrio entre economía y naturaleza. Hoy, las huellas de ese pasado (puentes, acequias, restos de molinos, toponimia y memoria oral) siguen vivas en el paisaje y en las costumbres locales. Recuperar su valor patrimonial y simbólico supone reconocer que en la vega del Moscas persiste un ejemplo tangible de cómo el ser humano puede habitar su entorno sin destruirlo, sino enriqueciéndolo con su trabajo y su saber.
Para concluir, Miguel Angel Guerra (2025), presidente de la agrupación naturalista Esparvel Cuenca, de manera evocativa se refiere a la vega del Moscas como un mosaico: “(…) si ampliamos el foco y lo vemos todo como un conjunto no deja de ser un mosaico, un paisaje con bastante ambientes, que es lo que yo creo que le da la auténtica riqueza. Y si a eso añadimos las lagunas, el complejo lagunar que hay en toda la vega pues bueno, es un sitio la verdad especial”
BIBLIOGRAFÍA:
- Asociación Esparvel Cuenca. (s. f.). El Pocico (Las Zomas). En Catálogo de fuentes de la provincia de Cuenca. Recuperado de https://www.esparvelcuenca.org/catalogofuentes/buscador/el-pocico-213
- Romero Saiz, M. (2011). Pueblos de Cuenca: «Entre la huella del tiempo y la fuerza de la costumbre». Nomenclátor de los municipios de la provincia de Cuenca
- Catastro de Ensenada. (1751). Respuestas generales del Catastro de Ensenada de Fuentes, La Melgosa, La Atalaya, Mohorte y Las Zomas [Manuscrito]. Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Cuenca, España.
- Mena, J. T. (1878). Noticias conquénses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislacion.
- Ruivaldivia. (2021, mayo 23). Sobre La Melgosa. Ruivaldivia. https://ruivaldivia.net/2021/05/23/sobre-la-melgosa/
- Madoz Ibañez, P. (1845). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Madrid, 1850.
- Toni. (2018, septiembre 9). El río de las moscas y su complejo lagunar. El brillo en la mirada. https://elbrilloenlamirada.blogspot.com/2018/09/el-rio-de-las-moscas-y-su-complejo.html