Vidas divididas entre regiones, entre paisajes, entre agostadero e invernada. Eso es la trashumancia, ese curioso fenómeno histórico que se resiste, a pesar de todo, a desaparecer. Hoy son menos y con más medios. Muchos abandonaron los caminos y los sustituyeron por vías férreas o carreteras. Pero el objetivo es el mismo: la búsqueda del preciado pasto.
Vidas divididas entre familia y trabajo, huidizas de las nieves serranas y del poderoso sol del estío sureño. Apellidos que se repiten en Jaén y en la Serranía conquense. Nubes de polvo que levantan los ganados a su paso como aviso de su llegada.
Hoy reducida y renovada, su dureza no es comparable por la experimentada por los pastores que les precedieron. Sin coches ni refugios ni abrigo en condiciones, la trashumancia tenía un aspecto de lucha por la supervivencia. Cada seis meses, emprendían un camino que les demoraría unas 3 semanas junto a centenares de ovejas equipados con morral, delanteras, polainas, leguis, albarcas, boina, chaqueta y pantalón de pana. Y, como no, todas las mantas que pudieran cargar para aguantar las frías noches. Y algo de comida, sustentada sobre todo en pan, con la que llenar el estómago; y harina, para hacer la pella con la que alimentar a los perros.
Liderados por el mayoral, el resto de pastores se distribuían por funciones y posición jerárquica. Entre los muchos papeles, en orden de importancia, estaban el rabadán, el zagal, el sobrado o el ayudador. Y, como último integrante, estaba el rapaz, un niño que se empezaba a incorporar a la actividad.
Un partido mesteño
Este fenómeno de raíces milenarias ha sido sello identificativo de las sierras de Cuenca, Albarracín y Molina de Aragón. Ganados que escribieron su historia junto a la de la Mesta (organismo que administraba los privilegios de estos ganaderos), pues conformaban uno de los cuatro partidos que se sentaban en su Honrado Concejo: el de Cuenca.
Esta organización agrupaba a todos los ganaderos trashumantes de la Corona de Castilla que pagaran la tasa de “Servicio y montazgo”. Entre sus funcionarios, estaban los procuradores de puertos (secos), que se encargaban de hacer el recuento de animales; y los procuradores de dehesas, encargados de facilitar los acuerdos de arrendamiento de pastos en los extremos. También estaban los alcaldes, que administraban diversas situaciones, como el extravío de ganado (alcaldes de cuadrilla o de pastores) o asegurar la integridad de las vías pecuarias (los alcaldes-entregadores). A estos puestos habría que añadir el papel de escribanos, notarios, alguaciles y los caballeros de la sierra, precedentes de los actuales agentes forestales.
Las vías elegidas para este transporte ganadero estaban protegidas de cualquier otro uso, llegando esta norma hasta nuestros días. Las más importantes de estas vías son las Cañadas Reales. Si bien es cierto que la más relevante del Partido Mesteño de Cuenca es la Cañada Real Conquense o de los Chorros, no muy atrás está la conocida como Cañada Real de Rodrigo Ardaz.
La Cañada Real de Rodrigo Ardaz
Esta cañada era la vía principal que conectaba los ganados de la zona del Alto Tajo y parte de la Serranía conquense con las tierras de Jaén o Ciudad Real.
Nacida bajo otro nombre, “Cañada Real de Zaragoza a Andalucía”, esta vía da sus primeros pasos en el municipio guadalajareño de Terraza. Siguiendo por municipios como Castilnuevo, Tierzo, Terzaga y Taravilla, se adentra en Peralejo de las Truchas, donde se bautiza con un nuevo nombre, heredado del puente que atraviesa para cruzar el Tajo: el puente de Rodrigo Ardaz. Con su nueva denominación se adentra en la provincia conquense, llegando a Cueva del Hierro, Masegosa, Vega del Codorno o Las Majadas. Todo ello atravesando en varias ocasiones el término municipal de Cuenca, que se extiende por toda la Serranía, pasando por lugares tan icónicos como las Huesas del Vasallo.
Tras Las Majadas, sigue descendiendo la Cañada Real de Rodrigo Ardaz por Portilla, Villalba de la Sierra, Sotos, Mariana, Embid o Chillarón, donde muchos de los ganados se embarcaban en los vagones, una vez se estandarizó la trashumancia en tren.
Antes de la llegado de las vías férreas, los animales continuaban por Nohales, Albaladejito, Colliga, Colliguilla, Villanueva de los Escuderos, Barbalimpia y Villar de Olalla, donde se juntaba con la Cañada Real de los Chorros. Desde este punto, en el que la orografía serrana empieza a dejar paso a la planicie manchega, los trashumantes seguían su camino por tierras manchegas hasta llegar a Sierra Morena, donde decidían si quedarse a un lado en la provincia de Ciudad Real o si cruzar esta cordillera para reposar en invierno en tierras jienenses.
La trashumancia a su paso por Villalba de la Sierra
El paso de la Cañada Real de Rodrigo Ardaz por su término marca la historia de la trashumancia en Villalba de la Sierra. En los Cuadernos de la Trashumancia, encontramos la siguiente cita que atestigua su paso: “el camino prosigue por el término de La Portilla hasta el pueblo de Villalba de la Sierra, al lado del cementerio; luego la Cañada de la Cerraja, en el término de Sotos, y de aquí al Ventorro del Tío Chafe, al borde de la carretera de Villalba. Se sigue junto a la carretera, cruzándola en tres ocasiones, y luego hacia el caserío de Embid, situado en la finca del mismo nombre”. De hecho, era habitual que en la tercera o cuarta jornada de la trashumancia se descansara en las cercanías de Villalba de la Sierra. Varios testimonios de trashumantes afirman como un lugar preferente la Tinada o Paridera del Rojo, en el término municipal de Portilla, justo antes de acceder a Villalba.
Félix Manuel Martínez Ponce, en su libro “Una cuadrilla mesteña: la de Cuenca”, describe el paso de la cañada por Villalba así: “siguiendo […] alternando hoyas y collados con portillas y portichuelos, a través de Villalba de la Sierra, en donde un reconfortante sesteadero y no un lejano abrevadero, al cruce del río Villalbilla, ponen a los hatos a punto para continuar la ruta”. Se refiere, al hablar del sesteadero (lugar de descanso de la comitiva ganadera a medio día), al Abrevadero de la Fuente del Cubillo. Este paraje se ubica en la partida de Cañada Poyatos, junto a la Vereda (Cañada Real). Una presa recogía las aguas del arroyo Cubillo, dando paso a una acequia de riego y a tres fuentes junto a sus respectivas balsas, ya desaparecidas a día de hoy.
Estos trashumantes, a su paso por Villalba, recorrían numerosos trabajosos barrancos como el del Merino, el de la Hocecilla, el Grande o el de la Vieja. También pasaban junto a varias tinadas que bien pudieron servir de refugio temporal de alguno de estos pastores viajeros, como la Tinada de la Tía Ciega o la Tinada del Barranco. También destaca el actual Refugio de la Vereda, reformado hace pocos años dentro del proyecto LIFE Cañadas, que bien puede tratarse del mismo descrito por Desiderio Enrique Gómez Valía en su libro “Villalba de la Sierra (Cuenca), en la Naturaleza y en la Historia”, pues define cómo, cerca del Abrevadero de la Fuente del Cubillo, “hay un edificio llamado ‘los albergues’; que siempre ha servido para refugio de personas y animales cuando las condiciones atmosféricas lo exigían”.
Otros abrevaderos relevantes, más allá del mencionado de El Cubillo, fueron el Pozo Blanco, la Fuente Vieja, la Fuente Nueva o el Abrevadero de Vallejohondo, estos últimos dentro del casco urbano de Villalba.
Desiderio Enrique Gómez Valía, al hablar de la Vereda, también destaca cómo “cerca de la ubicación del actual camposanto, salía un ramal que descendía por la orilla del Tejar del Tío Juan de Dios hacia la fuente vieja, seguía por la fábrica de harinas y, pasando la zona actual de ‘La Marcelina’, seguía al lado de la ‘Chindarga’ hasta el Júcar, justo en el sitio llamado ‘la maroma’. Esta era una especie de puente colgante”. Por tanto, describe ramales y derivaciones de la vía principal, la Cañada Real, con el objetivo de conducir algunos ganados (también los estantes) a los montes del este del pueblo. Esto coincide con las históricas coladas (vías pecuarias menores) de Valdecabras y Carrera (dirección hacia la Ciudad Encantada), pues ambas parten actualmente desde el puente de Caz del Molino.
Otras coladas se dispersaban por el término, haciendo de Villalba un auténtico nudo de caminos. Destacan la Colada de Cuenca, que sigue en paralelo la actual carretera, saliendo del término por el Sitio de la Moraleja; la Colada de Zarzuela, que se marcha de Villalba por el oeste; y la Colada de Portilla, que discurre dirección norte paralelo al río Villalbilla.
Hasta nuestros días: los últimos trashumantes de Villalba de la Sierra
Si bien es cierto que no era habitual que el origen de los trashumantes fuera Villalba, sí era, como ya se ha comentado, una zona de paso de ganados procedentes de los puntos más altos de la Sierra, como Las Majadas, la Vega del Codorno o Masegosa. Muchos de estos pastores nos han legado testimonios que dan luz sobre la dura labor que realizaron durante años. Algunos, incluso, siguen haciéndola hasta nuestros días.
Algunos de estos nombres son Justo Cava Martínez, de Lagunaseca, con 20 años trashumando; Matías de las Heras, de Masegosa, 9 años trashumando; Julián Mayordomo Mayordomo, de Masegosa, 5 años trashumando; Guillermo González Saiz, de la Vega del Codorno, 20 años trashumando; Virgilio Mayordomo Mayordomo, de Masegosa, 4 años trashumando; o Teodoro Caballero Segura, de Lagunaseca, 50 años trashumando. Sus testimonios fueron recogidos por José Manuel Mayordomo en la revista Mansiegona.
Recuerdan sus descensos en noviembre y los regresos durante el mes de mayo a su tierra. Una ida marcada por los terribles nevazos que asolaban la serranía conquense, mortales en muchos casos, y sólo protegidos por las mojadas mantas y el necesario calor de la lumbre.
Durante el viaje, entre los miles de peligros y quehaceres, debían estar atentos para evitar que algún lugareño intentara arrebatarles algún animal. Había que mallar las ovejas con estacas y cuerdas de esparto para evitar que se descarriaran por la noche. Una vez en las zonas de invernada sureñas, el problema principal para el ganado eran los lobos. Un pastor siempre tenía que hacer guardia, acompañado, claro está, por la encomiable labor protectora de los mastines, mirando al cielo para que la posición de las estrellas (la constelación de Las Cabrillas principalmente) le marcara cuando llegaba su relevo. Los que no vigilaban, dormían juntos en un chozo, en círculo alrededor de la hoguera. Pan, patatas, garbanzos y, con suerte, algún trozo de tocino o queso, era la dieta de estos hombres.
Muchas veces, la manera de pagar a los pastores era que el ganadero costeaba sus ovejas (que eran pocas en proporción), siendo lo que criaran esas ovejas (lana y corderos) el sustento del pastor. Además, cubría la manutención del mismo durante el viaje y el tiempo que pasaba invernando.
En aquel entonces, no tenían perros careas que guiaran el ganado, siendo esta tarea responsabilidad del pastor, ayudado por unos pocos carneros grandes adiestrados para ese fin, lo que dificultaba enormemente su tarea. Los mulos y yeguas también eran fundamentales para cargar los hatos y aperos necesarios para la tarea. Los ganados trashumantes, muy numerosos, eran divididos en pequeños hatajos, responsabilidad cada uno de ellos de un pastor diferente (las paridas y las machorras se separaban, por ejemplo). Por ello, un ganado de unas 1200 ovejas necesitaba, al menos, de 5 pastores para guiarlas.
La trashumancia solía durar unos veinte días, dependiendo del destino final, siendo entre el cuarto o el quinto día cuando los ganados cruzaban Villalba de la Sierra.
La llegada del tren: el fin de una trashumancia milenaria
Este tipo de trashumancia cambió radicalmente con la llegada del tren. Sin embargo, el paso por Villalba de la Sierra se mantuvo, pues la zona de embarque era, principalmente, Chillarón. Desde los años 50 se fue implantando este método de transporte, haciendo que muchas veredas se quedaran en desuso. No fue así en la Cañada Real de Rodrigo Ardaz en su tramo de la Serranía de Cuenca.
Así, el camino se recortó de unos 21 días a 7, de media. Era habitual que hicieran majada cerca de Chillarón la última noche, para comenzar a embarcar temprano la mañana siguiente. Manuel Cardo, trashumante de Vega del Codorno, a través de su artículo en la revista Mansiegona, recuerda como “cada vagón disponía de tres pisos, cada piso cargaba 110 ovejas […]. Por su parte, las caballerías iban en un vagón todas juntas”. Sin embargo, a pesar del volumen del transporte ganadero, muchos pastores indican que la estación no estaba bien preparada, pues no existía muelle de embarque o una zona donde poder retener al ganado para embarcarlo ordenadamente.
Según datos del año 1992, aún transitaban unas 72.000 ovejas por la Cañada Real de Rodrigo Ardaz en mayo y junio. Sin embargo, en estos años el tren quedó obsoleto, siendo reemplazado por el camión, que recortaba el viaje a un día. Este fue el principio del fin de esta y del resto de vías pecuarias de nuestro país.
Es imposible plasmar en palabras, escritas desde la comodidad del hogar, lo que pudieron vivir aquellas gentes que, resistiendo el frío y el hambre, cuidaron de sus ganados, conduciéndolos a pastos mejores. Al menos, por justicia, lo que sí debemos es recordar.
Referencias
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