La vega y la montaña forman parte del paisaje característico de la Serranía de Cuenca y el Sistema Ibérico. Agua y piedra como seres indivisibles. Laderas que suben del río al monte, a veces progresivamente, otras quebrándose. Arriba, en sus decapitadas cumbres llamadas muelas, el terreno calizo y llano se viste de bosques de pinos, encinas y robles. Montañas hechas de mar. ¿Cómo imaginar que ese mismo fondo del mar se convirtió en montaña? Aún faltaría la fuerza del agua y el viento para limar sus cabezas y abrir torcas, simas y hoces.
Este juego hace la vega del río Moscas con la Sierra de los Palancares. Ambas comienzan en puntos parecidos, en el municipio de Fuentes, y terminan en el mismo lugar, la ciudad de Cuenca. El uno entrega las aguas al Júcar y el otro se despeña en la Hoz del Huécar. En su recorrido, de aproximadamente veinte kilómetros, dibujan un contorno y un marco visual único y característico. Un paisaje donde la vega y el monte se unen; donde el agua y el pino conversan. Una maravilla geológica a la que aún le faltaba el ser humano para moldearla.
La sierra nace en la zona conocida como Los Rochos de Fuentes. Antes se cierra en los anchos páramos de La Herrá donde encontramos la Torca del Águila. Desde Los Rochos, donde se esconde la Fuente del Lobo, comienza a levantarse y convertirse en una muralla montañosa que llegará a Cuenca. En este margen, junto a Fuentes y el nacimiento del río Moscas, se encuentran montes públicos como el de la Dehesa de Arriba (MUP 127) perteneciente al Ayuntamiento de Fuentes o el diminuto “Morrón y Cuesta de la Varga” (MUP 14) propiedad de la JCCM, de tan solo 14 hectáreas.
Hoy son bosques achaparrados de encinas y algunos pinares de repoblación lo que pueblan estos montes. Pero hasta hace no mucho deambulaban numerosos ganados. Como ejemplo, en 1752, se declara que “el número del ganado lanar será sobre poco más o menos el de seis mil ochocientas y cincuenta cabezas con inclusión de la cría y de la de cabrío como quinientas ochenta”. También anota la presencia de ganados trashumantes que “llevan a invernar a la Alcudia y tierras baldías de Andalucía” así como a zonas de “las dehesas de Enguídanos, Víllora y reino de Valencia”. La ganadería y los pastos eran una parte fundamental del pueblo de Fuentes, acunando desde siempre por los pelados cerros de la Malena, San Macario, la Sabinilla y el Cerro Castellón.
La sierra continúa hacia el norte con un terreno cada vez más empingorotado y montaraz. Cuando termina la Dehesa de Arriba llegamos al conocido como el Puerto de Las Zomas, paso histórico para cruzar a Cañada del Hoyo y adentrarse en las profundidades de la Serranía de Cuenca. Aquí se encuentra la Dehesa de Las Zomas o “Dehesilla” de Fuentes (MUP 129). Con un total de 134 Ha ya aparece mencionada en el Catastro de la Ensenada (1752) al decir “parte de Dehesa que sirve para el ganado y produce pastos, pinos blancos maderables y parte de prado que tambien producen pasto y es comun de todos los vecinos…”. Para entonces dice que los ganados de Las Zomas “seran sobre poco mas o menos 660 cabezas de ganado lanar las que se esquilan por sus vecinos y como 50 las de cabrio”.
Hoy es un monte bello de robles quejigos que desentonan con encanto ante la gran muchedumbre de pinos. Adquieren un verde tierno que reluce en primavera y un camuflado verde oscuro durante el verano con el que parece camuflarse entre los pinares. Y es en otoño, al dorarse de un ocre anaranjado cuando se adueña de la vista. Desde aquí el terreno se encrudece y se va quebrando para adentrarse en el corazón de la Sierra.
Y es que, sobre todo, la sierra fue la cuna de la madera y de la leña. Cuenta Félix Pasarón, vecino de Fuentes, en su libro “Memorias. El amor en los tiempos de la guerra”, numerosos casos y anécdotas por riñas y discusiones con guardas forestales y otros vecinos por la urgente necesidad de tener que ir a por leña para salvar y, literalmente sobrevivir, los fríos inviernos. Lugares icónicos como donde manan las aguas de la Fuente del Royo o la imponente Casa Forestal de Los Palancares cercana a Fuente Peñuela.
Hoy, el corazón de la Sierra de los Palancares parece haber olvidado aquellos tiempos de absoluta miseria. Hoy sólo se muestran bellas virtudes y perlas naturales. Un tesoro kárstico donde conversa la piedra y el agua que junto a las dehesas de sabinas albares de Tierra Muerta, es Monumento Natural y es el Monte de Utilidad Pública (MUP 106) más extenso de Castilla-La Mancha. Es también uno de los montes más antiguos en cuanto a gestión forestal se refiere. Ya desde 1894 cuenta con proyecto de ordenación forestal y, entre otras acciones, destaca el Rodal de Reserva “El Sumidero” donde se permite una evolución natural del bosque y redes de parcelas de investigación.
Pero si la madera y la ganadería son protagonistas de la Sierra de los Palancares, también lo fue, en su momento, el ferrocarril. Desde 1926, se comenzó a construir la línea que unía Cuenca con Utiel y la cual formaba parte de la línea Madrid – Valencia. Su paso era la Estación de los Palancares y gran parte de la vía quedaba agarrada a las faldas de las montañas. Se inauguró, dos décadas después, en 1947. Quedan los testimonios escritos de Félix Pasarón sobre las duras condiciones y pagos en su construcción; la trágica efeméride del 7 de noviembre de 1960 cuando el tren se quedó parado a mitad del túnel y por asfixia, se saldó con cinco muertos y treinta y seis heridos; y aún hoy, nos queda la voz de Casilda Guijarro, última habitante de Las Zomas, al contar cómo su padre fue uno de los trabajadores que vino a trabajar a la vía.
Y es que todos estos pueblos agrícolas, pobres y llenos de humedad se nutrieron de estas sierras. De la madera, de los pastos y de las fuentes como recursos básicos para la subsistencia pero también de las oportunidades que propiciaron los nuevos tiempos.
Y avanzando paralelo al curso del Moscas y ya atisbando cada vez más cerca la Ciudad de Cuenca, aparecen tres joyas en la ladera montuosa. Si antes las faldas se quebraban en vallejos estrechos y pequeñas gargantas rocosas, ahora se abren en dos. Y, queriendo imitar las hoces del Júcar o del Huécar, encontramos tres hoces que muerden la Sierra hacia su interior. Son tres hoces, labradas por el agua, de estrecha longitud y cerradas pero de una singular y única belleza. Son las hoces de San Miguel, Chiquilla y del Buey, antiguas dehesas de la ciudad de Cuenca.
La primera es quizás la más destacada por acoger en las entrañas de la propia roca, en la boca de la hoz, una humilde ermita dedicada a San Miguel. ¿Desde cuándo ha sido este lugar clamado por la devoción? Aún cada 8 de mayo realizan una romería los habitantes de Mohorte y de Palomera a este santuario natural. También destaca una cantera de piedras de sillería en la Hoz del Buey.
Desde aquí ya comienza a avistarse el Cerro Socorro y la ciudad de Cuenca. Por ello, quizás comienzan a aparecer zonas de antiguas casas, viejas arboledas de cultivo y corrales de ganado. Aún hoy pueden verse sus restos. Pero destaca sobre todo el paso de la Cañada Real Conquense. Por aquí salta esta vía pecuaria, por donde cada primavera y otoño bajaban y subían “haciendo la vereda” los ganados trashumantes. Esta “vereda” se une, sierra adentro, con las inmediaciones de la Hoz del Huécar, la Cueva del Fraile, pasa entre Palomera y Buenache de la Sierra y desde ahí se adentra a la alta Serranía de Cuenca, hasta tierras de Huélamo, Tragacete y las tierras aragonesas de Albarracín. Al otro lado, atravesando el pueblo de Villar de Olalla, sigue hacia al sur en busca de los pastos invernales del Extremo.
Y, finalmente, llegamos al Cerro Socorro y nos asomamos a la Hoz del Huécar donde se agarra la vetusta y empiringotada ciudad de Cuenca. La imagen es la imagen de un sueño, de un cuento infantil o de una estampa medieval. Las casas se funden con la roca y sobre la roca vuelan buitres, chovas y halcones. El tiempo, por un instante, parece haberse detenido.
Pero sólo al mirar atrás y ver los lejanos Rochos de Fuentes, sabemos que no es cierto y que el tiempo sigue. Atrás queda y nos empuja la memoria de tantas generaciones de pastores y madereros. De pastos, pinos, encinas y robles. Esa sierra siempre a la que quedan unidos los pueblos de la vega como son Fuentes, Las Zomas, La Atalaya, Mohorte y La Melgosa. Y habiendo siempre seguido el silencioso pero imperecedero bogar del río Moscas. Paisaje y paisanaje se entremezclan como el día a día con los recuerdos.
BIBLIOGRAFÍA
- Catastro de Ensenada. (1751). Respuestas generales del Catastro de Ensenada de Fuentes, La Melgosa, La Atalaya, Mohorte y Las Zomas [Manuscrito]. Archivo Histórico Provincial de Cuenca, Cuenca, España.
- La mosquea, poética inventiva, en octava rima / compuesta por Joseph de Villaviciosa (Formato PDF) Autor: Villaviciosa, José de, 1589-1658 Publicación: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2022. Publicación original: En Madrid, por Antonio de Sancha, 1777
- Los Palancares y Agregados. 111 años de gestión forestal sostenible. García Abarca J.A., (Consejería de Agricultura y Desarrollo Rural) Francisco Rojo Arribas, F., (Consejería de Agricultura y Desarrollo Rural) Sánchez Palacios, G., (Tragsatec). Noviembre 2009
- La garita de vigilancia “Calvo Sotelo” en Los Palancares (Cuenca)Madoz Ibañez, P. (1845). Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de ultramar. Madrid, 1850.
- Pasarón, F. (1991) “Memorias. El amor en los tiempos de guerra”. Ed.
- Ordenación histórica y nueva propuesta para la gestión forestal del MUP 106 “Los Palancares y Agregados” (Cuenca) Lucas Borja, M.E, Del Cerro Barja, A., López Serrano, F.R., Andrés Abellán, M., y Garcia Morote, F.A., Universidad de Castilla La Mancha. Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos de Albacete.

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