Quien no conozca la ruda estará predispuesto a imaginarla como una hierba tosca, basta, poco refinada, que es lo que según los diccionarios significa tal palabra. Pues bien, no es así. “Rudo” y “ruda”, con ese significado, procede del latín “rudis”, mientras que la ruda planta procede de “ruta” que designa en la lengua de Roma exclusivamente al vegetal. A una planta no muy leñosa, sin pelos ásperos, ni espinas, con hojas finas y suaves, con las flores llamativas y llenas de néctar no podemos considerarla “ruda”. Es lo que los lingüistas llaman un homónimo: Una palabra “Que se pronuncia como otra, pero tiene diferente origen o significado muy distante”. Así lo define el diccionario de la Real Academia.
Ruta, ruda, da nombre a la familia de las rutáceas donde se incluyen frutales tan ricos y delicados como naranjos y limoneros. Mirando al trasluz una hoja de ruda, o una corteza de naranja, se verá toda repleta de puntillos claros como si estuviera perforadas. Son burbujas rellenas de esencias.
Hoy no es tan familiar como en el pasado. A tantas aplicaciones la destinaban, tanto la cultivaban, que no había pueblo, ni huerto, que la ignorase. Y así lo recoge Andrés de Laguna en el siglo XVI: “Quando queremos hablar de una cosa notíssima y familiar á todos dezimos comunmente, que es tan conocida como la ruda: porque no ay ciego que á lo menos por su olor no conozca esta planta”.
Y es que la ruda se hace notar por el olfato antes de ser descubierta por la vista. No encontrarás entre nuestras hierbas silvestres un olor tan fuerte e inconfundible como el de la ruda. Hay opiniones dispares sobre las sensaciones que provoca. Muchos la consideran maloliente. “Huele peor que la ruda” se oye decir, a veces, por aquí. Para José Quer: “Toda la planta despide olor desagradable…”. Y Pio Font Quer se lamenta de su “olor tan fastidioso…”.
A mí, respetando esos criterios tan cualificados, me gusta el olor de la ruda. ¿Tendré el olfato estropeado? Creo que es un olor penetrante, bravo, montaraz, quizás salvaje, y duro de soportar para pituitarias demasiado sensibles. La riqueza de matices, dulces y amargos, suaves y ásperos, me representa toda la complejidad y variedad de la naturaleza ibérica. Aúna las esencias del anís y el limón, la manzana y la endrina, los arbustos espinosos y la hierba suave, el grito de las chovas y el batir del viento sobre los peñascos calizos. Un poema oloroso.
No será tan desagradable o fastidiosos su olor cuando actualmente se venden ambientadores de ruda. No es, desde luego, el del espliego, para mí el aroma más sutil y placentero de nuestros montes, pero tiene una fortísima personalidad y ejerce tal fascinación, casi obsesiva, que te lleva a olerlo una y otra vez. Huele toda la planta, mientras entre sus parientes los cítricos sólo huelen las flores.
Las rudas son hierbas perennes algo leñosas por abajo. La parte aérea herbácea muere cada año y en primavera renace de nuevo para reproducirse. Brotan los tallos derechos y muy ramificados desde el suelo. En la punta se yerguen los ramilletes florales. Las flores, amarillas, tienen cuatro pétalos y, a veces, la flor central del ramillete nos sorprende con cinco. Un anillo de nectarios y ocho o diez estambres masculinos rodean el promontorio rugoso del ovario, de cuyo centro se eleva, como una columna, el estilo femenino. Sus frutos, secos, se abren en ventanas para liberar las simientes.
Tres especies diferentes de ruda se conocen aquí. Dos silvestres y una cultivada.
La cultivada, Ruta graveolens, procede de Oriente Medio y del Mediterráneo oriental. Esto explica que ya desde la antigüedad clásica haya sido una de las primeras y más famosas especies medicinales. Es una planta muy resistente y duradera. Su cultivo se expandió muy pronto por toda Europa. No ha querido, sin embargo, asilvestrarse nunca.
Dos son nuestras rudas silvestres: La ruda fina (Ruta angustifolia) y la ruda de monte (Ruda montana). Aparecen por los alrededores de Cuenca y por toda la provincia. La fina abunda, entre otros muchos lugares, frente a la Cuenca antigua en la ladera empinada del cerro Socorro. La de monte llama la atención, con su verde claro alimonado, sobre el pasto dorado de principios de julio, en la solana del Pico de la Muela, en la Hoz de Valera.
La angustifolia, de hojas azuladas, de flores más grandes y de pétalos artificiosos, adornados con flecos, prefiere los suelos calizos y arcillosos. A la montana, de hojas más finas y divididas y de verde más vivo, de pétalos enteros y verticales como cerrando la flor, le da igual el tipo de suelo, cualquiera le viene bien, y tiene cierto apego a los suelos más o menos nitrificados normalmente por la presencia de ganado.
Fajardo, Verde, Obón y Rivera, tratando sobre el uso de hierbas protectoras contra enfermedades y maleficios en su estudio etnobotánico sobre la Serranía de Cuenca, escriben:
“Dentro de esta categoría, la planta más conocida en la serranía es la ruda, tradicionalmente se decía que hace “huir la enfermedad”, por este motivo, en Carboneras de Guadazaón y en Campillos-Paravientos se colgaba en cuadras y corrales para proteger a los animales como cerdos y caballerías. En estas mismas localidades y en Salvacañete, Garaballa, Fuentelespino de Moya y otros pueblos se preparaban “taleguetes” con ruda para proteger a los críos y a los muletos. En Zafrilla y Henarejos, con dos matas de ruda se hacía una cruz que se empleaba como amuleto contra el mal de ojo. En Tejadillos, se colgaba un manojillo en el techo de la habitación de los niños para protegerlos contra esta influencia maligna. Además, esta planta se considera que también ahuyenta a las brujas y a los malos espíritus, por lo que en Salvacañete y Huerta del Marquesado se colocaba en la entrada de casas y corrales con esta intención. Algunos pastores, tal como hemos recogido en Tejadillos, llevan en el bolsillo un ramillete de ruda para ahuyentar las víboras” (1).
No acaba aquí la relación de todas las aplicaciones que los serranos supieron extraer de la ruda: para los desarreglos menstruales, dolores de tripa, contra el reumatismo, las infecciones, los constipados… En diversos pueblos se consideraba, además, abortiva.
Según Pero Mexia: “La comadreja come ruda para pelear contra los ratones” (2).
De las muchas curiosidades de la traducción que Andrés de Laguna hizo del griego Dioscórides entresaco: “Dizese que rociandose con el çumo de la ruda los pollos, serán seguros del gato…”. Y de sus propias anotaciones con las que completa la traducción: “Las hojas de la ruda metidas dentro de un higo con media nuez mondada, y con sal, y ansí comidas, son evidente remedio contra la pestilencia, y contra todo veneno. Quando la comadreja tiene de pelear con alguna enemiga serpiente, se harta primero de ruda. Solíanla comer los pintores antiguamente a menudo, porque aguza mucho la vista. Plantada la ruda debaxo de alguna higuera, ó enxerida en su tronco, crece más vitiosa y más dulce, tanta amistad se halla entre estas dos plantas. Dizen algunos que tiene la ruda gran fuerça contra los malignos espíritus, y contra toda suerte de hechicería” (3).
El agrónomo andalusí Al Awan trata sobre el cultivo de la ruda y sus efectos: “Si el epiléptico masca alguna simiente de ruda silvestre, y contiene un poco la respiración en seguida de haberla olido y sorbido, no le vuelve la enfermedad por unos dias; y asímismo mascada quita de la boca el olor de cualquier cosa que el hombre comiere o bebiere. A la mujer menstruada que la cogiere en su mano, se le suspende y no le vuelve el menstruo. Dicen que si la misma menstruada se acerca a ella, se marchita y corrompe” (4).
Tantos usos tradicionales no nos deben hacer olvidar que hay que tener cuidado con ella. La ruda es tóxica por lo que su aplicación medicinal debe caer en manos de especialistas. Te puede irritar la piel si la tocas mucho. “Debido a su toxicidad, estas especies deben utilizarse con precaución; su eficacia, en muchos casos, no ha sido probada, y el riesgo que comporta es alto. Los síntomas de la intoxicación son: gastroenteritis, vértigos, temblores, convulsiones, alteraciones hepáticas, renales e intestinales –incluso puede llegar a producir la muerte por parada cardiorrespiratoria” (5).
La Hoya de la Ruda en Tejadillos, El Rudal en Villas de la Ventosa y en la Parra de las Vegas, Cerro de la Ruda en Sotorribas o Cabeza de la Ruda en Villar del Humo son algunos topónimos conquenses acuñados con el nombre de esta hierba tan especial. Si, en principio, no sabemos dónde encontrarla, podemos recurrir a estos parajes para tener al menos una idea de dónde buscarla.
Fue muy habitual en los huertos de los monasterios y conventos medievales por su fama de antiafrodisiaco. Actualmente, su cultivo a pequeña escala ha vuelto a ponerse de moda y muchos empiezan a tener macetas de ruda y a plantarla en sus patios o jardines. ¿Iremos a tiempos más castos?
(1) Página 11, Etnobotánica de la Serranía de Cuenca. Las plantas y el hombre. José Fajardo, Alonso Verde, Diego Rivera y Concepción Obón. Dip. Prov. Cuenca. 2008
(2) Tomo I, página 818 Silva de varia lección. Pero Mexia. Cátedra. Letras hispánicas. Madrid, 1989.
(3) Páginas 288-289. Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos. Traducido y anotado por Andrés de Laguna. Amberes 1555. Biblioteca Digital Hispanica. Biblioteca Nacional de España.
(4) Página 709, El Libro de Agricultura de Al Awam. Volumen I y II. Junta de Andalucía. El arado y la red. Edición y notas de José Ignacio Cubero Salmerón sobre la traducción de José Bantqueri. .
(5) Página 130. Flora Ibérica. Plantas vasculares de la Península Ibérica e islas Baleares. Tomo IX. Real Jardín Botánico, CSIC. Madrid, 2015.
BIBLIOGRAFÍA:
- Pedacio Dioscórides Anazarbeo, acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos. Traducido y anotado por Andrés de Laguna. Amberes 1555. Biblioteca Digital Hispanica. Biblioteca Nacional de España.
- Flora Ibérica. Plantas vasculares de la Península Ibérica e islas Baleares. Tomo IX. Real Jardín Botánico, CSIC. Madrid, 2015.
- Flora Española o historia de las plantas que se crían en España. José Quer Martínez. Tomo V. Madrid. 1784. Biblioteca Digital RJB CSIC.
- Silva de varia lección. Pero Mexia. Cátedra. Letras hispánicas. Madrid, 1989.
- Plantas medicinales (El Dioscórides renovado). Pio Font Quer. Editorial Labor,S.A. Barcelona, 1985.
- El Libro de Agricultura de Al Awam. Volumen I y II. Junta de Andalucía. El arado y la red. Edición y notas de José Ignacio Cubero Salmerón (coeditor también de la versión española de la Geoponica de Casiano Baso, siglo X que tanta relación tiene con la obra de Al Awam)sobre la traducción de José Bantqueri.
- Etnobotánica de la Serranía de Cuenca. Las plantas y el hombre. José Fajardo, Alonso Verde, Diego Rivera y Concepción Obón. Dip. Prov. Cuenca. 2008
- IECTB (Inventario español de los conocimientos tradicionales relativos a la Biodiversidad), 3 tomos, Gobierno de España, MITECO. Madrid, 2018.
