La hoz del río Júcar: ermitas, huertas y maderadas

La hoz del río Júcar: ermitas, huertas y maderadas

El Júcar siempre debió ser un río mitológico. El Suero Fluvius latino y el Sucro árabe, palabra de la que deriva el viento sucronense – actual viento de levante – que menciona San Isidoro de Sevilla, en el siglo XII, es un felino adolescente cuando llega a la ciudad de Cuenca. Vanidoso y esquivo. Vestido de un verde indefinible que cautiva, se desliza a espaldas de la ciudad y cuando esta parece, al fin, acariciarlo, se escapa huidizo entre los campos castellanos. Detrás deja una montaraz infancia entre precipicios, vegas serranas, pinares y “bojedas”. ¿Cómo imagina que se convertirá luego en el legendario río de las maderadas, de la industria textil y de las centrales de luz?

Hoz del Júcar. Fuente: Autor

La hoz del río Júcar tiene un carácter indómito: una grieta verde en la cretácica piedra, de olor salvaje de ruda y de ojos de cabra montesa.  Pero sin saberlo, este paisaje fluvial, asombroso y feroz, forma parte de la ciudad de Cuenca. Sobre las altas peñas, esconde las volanderas ermitas de San Isidro y  San Julián “El Tranquilo”, patrón de la ciudad (1). Y, allá abajo, a las orillas del verde río, entre zumaques, almeces, higueras y nogales, – vestigios de las antiguas huertas – el esqueleto de la Ermita de San Juan de la Ribera (2). La salvaje hoz siempre debió ser un territorio sagrado para muchos seres y también, desde tiempos remotos, para hombres y mujeres. Hoy, la hoz es más verde que nunca y la vegetación oculta, y trepa, las ruinas de las huertas del Peral, de Uña, del Santo, y de la vieja ermita. 

Antigua Ermita de San Juan de la Ribera, y el conocido como "segundo peñote", a mediados del siglo XX. Fuente: Desconocida

Pero fueron sus aguas domadas antes de llegar a la misma ciudad. Dos presas y dos construcciones hidráulicas alteran el rumbo agreste del Júcar: las Centrales Hidroeléctricas de “Las Grajas” y “El Batán”. La primera, con su nombre de córvido, fue de nueva construcción en 1903 por Eléctrica Conquense, mientras que la segunda aprovechó la antigua presa, caz y molino harinero para instalar la fábrica de luz. Esta última rezuma en su nombre aquel esplendoroso pasado textil de Cuenca y su presa se aprovecha para crear la Playa Artificial de Cuenca. Y, con el lento caminar del río, comienzan a posarse sobre nuestros hombros las murallas del castillo árabe, los capirotes de San Pedro y San Nicolás y las ventanas del Barrio de San Miguel con su corpulenta iglesia. También a mitad de la ladera, la recóndita, y bonita, Ermita de la Virgen de las Angustias. 

Puente de los Descalzos y Cuesta de las Angustias, a principios del siglo XX. Fuente: Tarjetas Postales de Cuenca

La ciudad nos observa y llama, pero el Júcar no quiere de alturas ni divinidades, quiere seguir siendo libre, marchar libre entre álamos, chopos, fresnos y sauces, y no quiere saber de las gracias y desgracias del ser humano. Entre la espesa ribera, junto al canto primaveral de chochines, currucas y ruiseñores, el Puente de los Descalzos, la cuesta de la Ermita de las Angustias y la Fuente del Abanico crean un rincón fresco y arbolado de paseos y leyendas. Entre ellos algunos tan curiosos como haber sido, y seguir siendo, la sede para el Juego de Bolos, y también, la presencia del Restaurante Recreo Peral. Pero otros también más curiosos como haber sido proyecto para albergar el Estadio de Fútbol Municipal. Pero más allá de eso, por aquí se asciende a la ciudad alada por la histórica Puerta de San Juan. 

Ciudad de Cuenca sobre la hoz del Júcar. Fuente: Autor

Y el río se estrella contra los farallones del barrio de San Juan. Casas que brotan de la misma roca, como pardos alhelíes o marchitas matas té de risca, y cuyo conjunto fuerzan al Júcar a girar bruscamente a la derecha. Es el final apoteósico de la salvaje hoz. Desde aquí se va desgastando la piedra caliza y hundiendo en el agua, hasta desaparecer. Es en este punto donde aprovecha el río Huécar para entregar sus laboriosas aguas al Júcar. Punto culmen de la ciudad paisaje. El río grande y verde, montaraz y esquivo, queda finalmente preso por la ciudad de Cuenca bajo los ojos del antiquísimo Puente de San Antón y la mirada del Hospital de Santiago.

Río Júcar a su paso por el barrio de San Juan y, al fondo, Puente de San Antón. Fuente: Tarjetas Postales de Cuenca

Nada más cruzar bajo los ojos del puente, vuelven a ser represadas sus aguas por la tercera presa: la Presa de Santiago o de San Antón.  Desde aquí se redirige por el caz y, durante siglos, movió el molino harinero de Santiago, grande y afanoso, que luego se transformaría en la primera Central Hidroeléctrica que tuvo la ciudad, a finales del siglo XIX. A su vera, un poco más abajo, el agua servía para mover un batán (documentado hasta 1661), que luego fue casa de la moneda (entre 1661 y 1728) y fábrica de textiles (a partir de 1780). Enfrente observa este trajín afanoso del agua, el barrio de San Antón. Arrabal histórico, entrada de la ciudad desde Madrid y centro hospitalario que, entre sus sinuosas calles, llegó a contar con tres hospitales: el de San Antonio Abad, el de San Jorge y el de San Lázaro. También barrio artesano que destacó, entre otros tantos oficios, por sus ollerías y alfarerías, y ya en el siglo XX, guinda de un linaje ancestral, por la figura de Pedro Mercedes. Y, entre todo este embrollo productivo e histórico, sobresale la atalaya del Hospital del Santiago desde donde, a través de alguna de sus ventanas, una tarde de 1565, Wyngaerde inmortalizó el paso del Júcar y la ciudad de Cuenca con sus maderadas, batanes y lavaderos.

Vista del Oeste de la ciudad de Cuenca, de Anton van Wyngaerde (1565).

¡Aquella maderada de 1565! Desde el Puente de San Antón se ven descender los troncos hasta el Desembarcadero de El Sargal donde se sacaban y apilaban en corpulentas cambras. Desde allí se ven los carros y caballerías arrastrar los troncos en dirección a la ciudad, para entrar a la calle de Madereros o de Carretería. Las maderadas, aunque pueden ser inmemoriales, quedan documentadas desde la época árabe, pero, ¡qué efecto fascinante, casi místico, poder observarlas en un instante real de hace más de cuatrocientos años! Maderadas que siguieron rumbo para construir los pueblos levantinos, que estuvieron al servicio del Arsenal de Cartagena y que, en el siglo XIX y principios del XX, llegaron a impulsar una edad de plata para la ciudad de Cuenca (3). 

Llegada de una de las maderadas al Desembarcadero de El Sargal, a principios del siglo XX. Fuente: Desconocida

Y también la Cuenca de lana y paños. La que precisaba de agua del río para poner en marcha los lavaderos y batanes, tan cruciales en la industria textil. En aquel esplendoroso siglo XVI, más de la mitad de la población activa de la ciudad estaba dedicada a esta industria. Y fue a las orillas del Júcar, aguas abajo del Puente de San Antón, donde se instalaron varios lavaderos de lana como los de Esteban Imperial, Pablo Terril, Gerónimo Novelín, Domingo Burón, Lorenzo Catanio, Pablo Iraolo y, quizás el mejor conocido, por ser el inmortalizado en el dibujo de Wyngaerde, de 1565, el lavadero dirigido por la familia Interiano, situado en la isla de Monpesler y mencionado como “lavadero de los Genoveses”. Los batanes, más frecuentes y distribuidos por otras zonas, encontraban en las orillas del río su nicho; de entonces destacan el batán de Santiago, el batán del caz de los molinos, denominado “Molino lanarera” por Anton van den Wyngaerde y, aguas más abajo, el batán de la Grillera.  

Presa del Cerdán o de los Cerdanes y el histórico caz de los molinos. Fuente: Desconocida

Cuenca, ya lejana de paños y maderadas, que se marchó por las aguas verdes del olvido. Y queda otra Cuenca que fue oculta, y hoy perdida, desde los años 60 cuando se derribaron los cerros de Los Moralejos y San Agustín. La de su isla y sus huertas. De la desaparecida presa de Cerdán (3) salía un caz que creaba un ancho vergel de frutales, verduras y hortalizas. Un espacio que entre acequias y aliviaderos conformaba la isla de Cuenca, también llamada de Isla de Monpesler y que además de lavaderos, batanes e incluso el Convento de las Carmelitas (4), atesoró estas antiquísimas huertas que nunca debieron envidiar a las prestigiosas del Huécar. Jesús del Peso Beltrán, el poeta guindalero y vecino de este barrio histórico ribereño que fue derruido en 1960, recuerda entre otras tantas cosas, como bajo el actual Parque de los Moralejos “aún están la huerta del tío José y su hermano Evaristo; y un poco más abajo, la huerta de Apolonio…”.

Imagen aérea de la ciudad de Cuenca a mitad del siglo XX. Fuente: Desconocida

El Júcar, ese adolescente felino, vanidoso y esquivo, que se desliza a espaldas de la ciudad, es realmente su protagonista. El Júcar de las maderadas, de los lavaderos y de las centrales de la luz. Sus aguas verdes no son el verde de sus aguas, lo vuelve indefinible e inalcanzable. Ha enloquecido a tantos poetas para conseguir atraparlo con las palabras y todos han errado. Quizás por ello, debe ir sólo y libre. Y bajo los puentes de la Autovía y el del Ferrocarril, baja por la Alameda para huir hacia los campos, buscando nuevas aventuras que no estén escritas por los seres humanos. En ocasiones, pienso en ese verde ser mitológico que quiere huir de la ciudad, pero qué triste es que la ciudad quiera huir de él. ¡Con lo que ha sido y es! 

(1) La Ermita de San Julián el Tranquilo señala el rincón de la hoz donde se retiraba el segundo obispo de Cuenca, Don Julián o Julián ben Tauro, (1198-1208) a orar, meditar y elaborar cestas de mimbre con el objetivo de socorrer a los necesitados.
(2) Francisco Piñas Amor, en su libro “Cuenca. Hoz del Júcar. Plantas de la ribera izquierda” narra la desaparición de estas huertas y su contacto con los últimos hortelanos como el caso de Jesús fue el último hortelano de la Huerta del Peral. También documenta como cada 24 de junio se realizaba a la Ermita de San Juan de la Ribera una romería desde la ciudad. Hecho que duró hasta 1936 con el Golpe de Estado y el inicio de la Guerra Civil.  
(3) A principios del siglo XX llega a haber en Cuenca ocho serrerías y ocho talleres de carpintería, empleando un total de 264 obreros.
(4) Situada en el histórico vado de la Fuensanta, esta presa denominada anteriormente como “de los Molinos” fue heredera de presas anteriores que se remontaban a época árabe. En 1717, tras romperse la presa, Juan Cerdán y Landa se encargó de reconstruirla. Desde entonces la presa se denominó Presa Cerdán o de los Cerdanes. La presa perduró en el tiempo hasta principios de los años 90, cuando se construyó un canal, un islote con su pasarela de madera, una presa de regulación del canal y un embarcadero. 
(5) El Convento de los Carmelitas Descalzas fue fundado en 1613 por Andrés Pacheco, obispo de Cuenca entre 1601 y 1622 y posteriormente, Inquisidor General de España. Finalmente, la institución se trasladó en 1708 a un convento intramuros.

Referencias

  • Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde el oeste (1565) de van den Wyngaerde. Cuenca: Diputación Provincial de Cuenca.
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado I.  C.S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1949
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado II.  C.S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1953
  • Mártir Rizo, J. P. (1627). Historia de la muy noble y leal ciudad de Cuenca. Madrid: Herederos de la viuda de Pedro Madrigal.
  • Muñoz Soliva, T. (1867). Historia de la muy N. L. e I. ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, desde los tiempos primitivos hasta la edad presente. Cuenca. 
  • Rodriguez Saiz, A. (2019). Los orígenes del Juego de Bolos, se remontan al año 1798. Enlace: https://cuencaenelrecuerdo.es/bolos.php
  • Troitiño, M. A. (1984). Evolución y crisis de una vieja ciudad castellana. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.
  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación
  • https://www.diocesisdecuenca.es/santos/san-julian-de-cuenca/

Actuación financiada por el Ayuntamiento de Cuenca y el Ministerio de Cultura, con cargo a las Ayudas para proyectos de conservación, protección y difusión de bienes declarados Patrimonio Mundial.

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