La hoz del Huécar: voz de molinos, tintes y huertas

La hoz del Huécar: voz de molinos, tintes y huertas

En palabras de Torres Mena (1878), “el Huécar llega á Cuenca por bajo del histórico puente de San Pablo, separa del casco de la ciudad el barrio de la Carretería y se une al Júcar en el sitio llamado del Remedio”. Pero antes hay un Huécar, tímido y desconfiado, cuyas aguas brotan en el Ojo de Mejía, en el fondo de la hoz de Palomera. En este escondido rincón, a sólo quince kilómetros de la ciudad, el paisaje es una selva de avellanos, acebos, arces y morrioneras, que visten de norteñas sombras sus aguas mediterráneas. Y sólo cuando se abre la frondosa espesura se vislumbra, allá bajo las grises peñas, en la solana de la hoz, la figura de sabinas y enebros, y se respira la familiar fragancia de tomillos, rudas y romeros. Con este escenario reciben las casas del pueblo de Palomera las tiernas aguas del Huécar.  

Hoz del Río Huécar a la llegada de la ciudad de Cuenca. Fuente: Autor

Era Palomera por donde en otros tiempos pasaba el viejo camino al reino de Aragón. Apenas ha podido crecer su caudal y ya alimenta huertas, y a escasos kilómetros del pueblo, forjó uno de los complejos hidráulicos más importantes en la historia de Cuenca: los molinos de papel. Fue, entre 1613 y 1622, aprovechando la pomposa fama de esta ciudad castellana, cuando el genovés Juan Otonel, avalado con el favor de la corona, alzó una de las primeras fábricas de papel fino de nuestro país. Tal fue su prestigio que Felipe IV lo visitó, en 1642, y a sus orillas, se desarrolló el poblado industrial de Molinos de Papel, hoy pedanía de Palomera. Pero la abundancia y la fama caducaron y con ellas su declive, y no fue hasta el siglo XVIII cuando estos molinos alcanzaron de nuevo una feliz segunda juventud a manos de las familias Clemente de Aróstegui y los Señores de la Cuba. De esta época data el bello palacio con capilla que aún perdura. Su historia terminó a finales del siglo XIX, tras dos intentos fracasados: uno, entre 1855 y 1867, con la Fábrica de Paños, “Llantada Montada” y otro veinte años después, cuando la familia Picazo, en un arrebato nostálgico y casi heroico, restauró en vano y, por última vez, la Fábrica de Papel. 

Palacio de los Señores de la Cuba en Molinos de Papel.

Y es al pasar Molinos de Papel y terminar la hoz de Palomera, cuando el Huécar cruza la Cañada Real Conquense, toma las aguas que vienen de la Cueva del Fraile, un día reconocida Casa de Esquileo, y abre un vergel de árboles y huertas que llevan a la ciudad de Cuenca. Documentadas desde época árabe, el trabajo de esta tierra es inmemorial y el rumor de sus aguas, palabras hortelanas. Cuando Antonio Ponz, en el siglo XVIII, paseó por este camino“divertido y bastante frondoso de huertas y árboles”, y en 1803, se describe que “La hoz ó valle del Huecar es amenísima, bien poblada de frutales, se halla bastante bien cultivada, es feraz, y con proporcion de riego de pie” (1). Ciruelos, cerezos, manzanos, perales y nogales en que anidan cantores ruiseñores, petirrojos y oropéndolas y cobijaban bajo sus ramas las más variadas clases de hortalizas y verduras. 

Convento de San Pablo (derecha) y Hocino de Federico Muelas (izquierda) sobre la hoz del Huécar. Fuente: Tarjeta postal de la casa editorial Loty a finales de los años 20.

Pero si son las huertas que acompañan al río parte indivisible de las aguas del río, aún hay otras que convierten a la hoz del Huécar en un espacio único e irrepetible: los hocinos (2). En los salientes de los riscos, entre cornicabras, almeces y aladiernos, se asoman estas vertiginosas casas hortelanas, como verdaderos nidos de águila, sobre la cornisa caliza. Estas singulares huertas, alimentadas más del aire que del agua, son alma de esta tierra y ya en los censos catedralicios de 1553 se dedica un apartado específico “a las huertas” y otro a “los hocinos de la hoz del Huécar”. Y hay tantos hocinos como la ladera caliza deja, pero destacan por su belleza y relevancia histórica el Hocino del VII Conde de Toreno (3) y el de Federico Muelas (4).

Hoz del Huécar a su entrada en la ciudad de Cuenca del fotógrafo Ricardo Zomeño a finales del siglo XIX.

Y con los hocinos y huertas que pueblan el angosto valle, se abre a la vista la imagen surrealista de la ciudad de Cuenca. La ciudad eclosiona de la piedra, como un huevo de ave rapaz o dinosaurio, en cientos de tejados, fachadas y campanarios. El solar del viejo Castillo árabe, donde se asienta el corpulento Archivo Provincial, la sobresaliente Iglesia de San Pedro, el majestuoso e ingrávido complejo catedralicio y las simbólicas Casas Colgadas son una ensoñación donde piedra y cielo, confunden la mirada y hacen soñar con los ojos abiertos. La piedra claramente respira y las casas son un ser ancestral fosilizado.

La Cuenca de la hoz del Huécar. Fuente: Autor

Y así llegamos al entramado más hechizante de la Hoz: las Casas Colgadas y el entorno del Puente de San Pablo. Levitando en el aire, fue este un capricho personal del canónigo Juan del Pozo quien, tras fundar al otro lado de la hoz, en 1523, el Convento de los Dominicos (5) decidió alzar un inverosímil puente de piedra de sillería para conectarlo con la ciudad. Esta caprichosa obra, máximo representantes de la arquitectura renacentista de la ciudad, representa a la poderosa sociedad conquense del siglo XVI. Aquellos que lo vieron quedaron, y quedan, asombrados y estupefactos. Baltasar Porreño, a inicios del siglo XVII, dijo que es “puente de singular altura y belleza, que solo sirve para pasar a un Monasterio…llamado San Pablo” y Antonio Ponz, en 1769, escribió que  “a la primera vista me pareció cosa de los antiguos romanos”. Pero la obra más admirable es la que inmortalizó Anton van Wyngaerde, en 1565, en plena construcción. 

Vista de la hoz del Huécar de Anton van Wyngaerde (1565)

Y es que su proceso constructivo fue lento e intermitente por problemas financieros, prolongándose desde 1538 hasta 1589. La pomposa obra que tardó casi un siglo en consumarse, nunca llegó a ser una estructura consistente. En 1786 ya se menciona la caída del primer machón. Décadas después, Madoz apunta que “es todo de piedra toscamente labrada, su robustez menos de la que necesitaba, y poca solidez”. Finalmente, en 1902, tras más derrumbes progresivos, se destruyó la estructura original de piedra para levantar el puente metálico actual, proyectado por José María Fuster e inaugurada en 1903. 

Demolición del antiguo Puente de San Pablo, realizada por el fotógrafo Ricardo Zomeño sobre 1902.

En el mismo período que se alzó el Convento y el Puente de San Pablo, se construyó otra de las grandes obras renacentistas de la ciudad. Cuenca, a partir de su poderosa industria textil e influyente nobleza,  alcanzó a principios del siglo XVI los 16.000 habitantes y los viejos aljibes árabes labrados en la piedra ya no eran suficientes para abastecer la ciudad. Por ello,entre 1532 y 1534, bajo el mando del maestro fontanero Juan Velez y el maestro de cantería Juan Torollo, se construyó un acueducto que traía a la ciudad el agua desde el manantial de la Cueva del Fraile (6). Una obra faraónica que bordea toda la hoz del Huécar hasta alcanzar la ciudad, en el barrio de San Pedro, desde donde se abastecía la ciudad y muchas de sus fuentes urbanas (7).  

Lavanderas en el río Huécar bajo el barrio de San Martín. Fuente: Tarjeta Postal de Cuenca

Y los sillares cretácicos de la hoz van descendiendo y con ellos, las pétreas casas. Como viejos troncos de gigantes almeces o higueras crecen sobre la piedra los rascacielos de San Martín. La primera Manhattan que describe Raúl del Pozo. Y a sus pies, en un pequeño gollizno entre las piedras del Cerro Socorro y la Peña Corva, se enclavó durante siglos el Molino de San Martín, mencionado en 1469 y dibujado por Wyngaerde, en 1565. En sus últimos años, se transformó en la fábrica de cementos “Portland” y el blanco alimento en gris aglutinante. Desde aquí el cauce del río se abre y conforma un espacio mitológico conocido como el Coso de los Toros. Hoy el Auditorio “Jose Luis Perales” y su Paseo del Arte honran, con gran acierto, este paisaje entre lo urbano y lo natural. 

Rïo Huécar y Molino de San Martín. Fuente:

Finalmente, se desvanece la hoz, a los pies de sus cerros de San Cristóbal y Socorro, en la Puerta de Valencia, bajo los ojos de la espadaña de la Ermita del Cristo del Amparo. Y las paredes, de piedra gris y crema, se transforman en las paredes, de fachadas coloridas, de la Calle de los Tintes. Desde aquí el Huécar funciona como una muralla natural que separa la ciudad alta de la zona extramuros; el Arrabal del Llano de los barrios intramuros de San Esteban, Salvador y Santo Domingo (8). 

Fotografía de la ciudad de Cuenca desde el Cerro Socorro, donde se aprecian los detalles de la hoz del Huécar. Fuente: .

Pero, además de amurallar, dos cosas propició el río Huécar a su paso por la ciudad: la industria textil y sus huertas. Covarrubias escribe que el Huécar “llegando cerca de los muros de Cuenca, sirve a los tintoreros de lavar la lana y entra en Júcar por los tintes, que están poco encima del puente”. Preciada y famosos paños de fina lana que desencadenaron el gran apogeo de la ciudad durante los siglos XV y XVI. Y luego, alimentando el jardín urbano que se extendía por toda la orilla del río y que sólo estaba por la Calle del Agua que conectaba Carretería con la Puerta del Postigo. Antiguas y fértiles huertas que, quizás, quien sabe, debieron alzarse sobre la mitológica albufera árabe de la que Mártir Rizo, ya en 1621, dijo que “en los tiempos pasados la hizo tan fuerte é inexpugnable por la parte de lo llano (a Cuenca), como lo es por la de los peñascos y riscos, pues derramando sus aguas por aquellos campos, hacía tan grandes pantanos, que era imposible entrarle á pié ni á caballo”.

Y así termina el Huécar las andanzas, breves pero aventureras, de este discreto héroe inmortal. Y, exhala su gran último suspiro, con recuerdos infantiles entre avellanos, acebos, arces y morrioneras, bajo los ojos del Puente de la Trinidad, antigua Puerta de Huete, y el barrio de San Juan. Y con él se van sus huertas de ruiseñores y oropéndolas, sus hocinos con ojos de águila, sus molinos de papel y de harina, murallas y un acueducto. Río joven, de dieciséis kilómetros, que vive con la intensidad y la calma que propone la naturaleza. Un sueño del que al levantarse deja un aroma de frescura, de tintes y de huertas, y un regusto a los cuadros de Aureliano de Buruete y los versos de Gerardo Diego:

Y el Huécar baja cantando,

sabiendo lo que le espera

 que va al abrazo ladrón

 de su nombre y de su herencia.

Y el Huécar baja contento

 y cantando pasa el Huécar,

 torciendo de puro gozo

sus anillos de agua y menta.

Las huertas de Cuenca (1910) de Aureliano de Beruete. Fuente: Museo Nacional del Prado
(1) Continúa el artículo diciendo que sus huertas “se riegan copiosamente con las aguas del Huecar; y en ellas se cultivan hortalizas comunes. Siembran con freqüencia el maiz á la inmediacion de las judías para que enramen: plantan los pimientos y tomates, y siembran los pepinos por caballones, que nombran albardillas. Cultivan asimismo muchos ciruelos y algunos guindos y serbales”. También se menciona el popular cultivo de melones los cuales “Riegan á almanta los melonares, inundando el agua en la mata á los frutos inmaturos, por cuyo defecto se obtienen melones insipidos, aguanosos, sin aguante, y de poco mérito”.  y sus icónicos nogales “que se crian en este terreno pastoso son corpulentísimos, fructifican abundantemente y los conservan en las huertas, á pesar de que se cree comunmente que es perjudicial su sombra”.
(2) Sebastián de Covarrubias lo definió en el “Tesoro de la lengua castellana o española”  como “el huertecillo que está en las faldas de la hoz”. 
(3) Al hablar de hocinos es preciso recordar con agrado el del poeta conquense Federico Muelas, antes propiedad del académico “enconquensado” Martínez Kleiser y mucho tiempo antes, nos remontamos varios siglos, su dueño era un canónigo de nombre, Diego Manrique. 
(4) El VII Conde de Toreno, José María Queipo de Llano, nacido en Oviedo en 1786, era hijo de Dña. Dominga Ruiz de Sarabia, que poseía extensas posesiones en Cuenca. Cursó parte de sus estudios en Cuenca, llegó a ser diputado a Cortes en 1810. Tuvo que exiliarse a Londres al ser condenado a muerte por Fernando VII en el año 1814 por proponer limitar el poder del Rey y la división de poderes. A la muerte del Rey, vuelve a España. Llegó a ocupar la Presidencia del Gobierno en 1835. En 1843 fallece en Paris. En 1931 se desmontó un gran bloque de piedra el cual destrozó parte del hocino del conde de Toreno. 
(5) El Convento de San Pablo, monasterio dominico, se edificó sobre el antiguo hocino de Gaspar Quijada como así consta en la escritura de cesión al convento del 16 de mayo de 1526. Las dependencias conventuales a partir de 1533. El fin de las actividades conventuales terminaron tras la Desamortización, en 1821. Sufrió una fuerte remodelación del Convento a finales del siglo XIX. Traía el agua desde el Hocino de la Parra, en la actual Cueva de la Zarza.  Hoy, el Convento de San Pablo es el Parador Nacional de Cuenca. 
(6) La Cueva del Fraile, antiguamente conocida como Hocino de la Parra, según datos tomados del reconocido ingeniero de minas, Daniel de Cortázar, en su “Descripción, física, geológica y agrológica de la provincia de Cuenca” (1875) indicaba que el manantial arrojaba más de 200 litros de agua por segundo. Su temperatura media era de 11º en invierno y 13º en verano, con su total de 0 gr 28 de impurezas en litro de agua. La formación geológica donde brota pertenece al periodo cretácico.
(7) Las aguas del acueducto de la Cueva del Fraile abastecieron muchas de las fuentes de la ciudad, tal como detalla Torres Mena, las cuales fueron: la Fuente de los Descalzos, la de la calle de San Pedro, la de la Plaza Mayor, San Martin, Santa Maria, San Esteban, del Salvador, de la Cárcel, del Escardillo, de la Trinidad (1850), de Carretería (1860), del Rey Alfonso VIII (1861) y de la Glorieta (1852).

Referencias

  • Confederación Hidrográfica del Júcar (2012). Energía hidráulica y protoindustria. Los ingenios hidráulicos en el Alto Júcar Conquense.
  • Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde la hoz del Huécar (1565) de van den Wyngaerde. Cuenca: Diputación Provincial de Cuenca.
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado I. S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1949
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado II. S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1953
  • Mártir Rizo, J. P. (1627). Historia de la muy noble y leal ciudad de Cuenca. Madrid: Herederos de la viuda de Pedro Madrigal.
  • Muñoz Soliva, T. (1867). Historia de la muy N. L. e I. ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, desde los tiempos primitivos hasta la edad presente.
  • Sánchez Colomina, M. (2022). Paseo ilustrado por la hoz del río Huécar. https://losojos.es/tierra-y-memoria/paseo-ilustrado-por-la-hoz-del-rio-huecar/
  • Semanario de Artes y Agricultura (1803) Continúan las observaciones de Agricultura hechas en los meses de Julio, Agosto y Septiembre de 1803.
  • Troitiño, M. A. (1984). Evolución y crisis de una vieja ciudad castellana. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.
  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación.
  • https://cuencaenelrecuerdo.es/suceso_hocino.php

  • https://photoinvestigacionchema.blogspot.com/2015/02/los-hocinos-de-cuenca.html

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