EL LAVADERO DE LANA DE MOTA DEL CUERVO. El último refugio del alma castellana

EL LAVADERO DE LANA DE MOTA DEL CUERVO. El último refugio del alma castellana

Castilla fue durante el siglo XIV y XV uno de los reinos más potentes y relevantes de toda Europa. Fueron tiempos donde la monarquía lidiaba con la fuerte nobleza y, en esa lucha por el poder, se gestaron tres guerras civiles en menos de cien años (1). Tiempos donde en Castilla se sucedían Enriques y Juanes vestidos con verdes velartes y azules palmillas (2), se levantaban ermitas, iglesias y catedrales donde otorgar perdones y bulas, y, se armaban caballeros amantes de la poesía que soñaban batallas donde alcanzar la gloria divina.

Tapiz de la Historia de San Piat Y San Eleuterio (1402) de los talleres textiles de Arras de la Catedral de Tounra. Fuente: https://artdesingtextil.jimdofree.com/breve-historia-del-textil/

Pero lo que permitió tal pomposidad cortesana y enloquecimiento caballeresco y  militar fueron dos elementos naturales que brotaban con el sudor en la tierra campesina: el trigo y la lana. Fueron estos recursos los que enloquecieron a Castilla para dominar Europa y, luego, medio mundo. Estepas castellanas y pastos fértiles que eran cuna del mejor cereal y la mejor lana. Y de ambas, fue la lana de raza merina la que desplegó la mayor fuente de ingresos, riqueza y negocio, durante los siglos XIV y XVI, a la Corona de Castilla 

Lana merina, viajera y trashumante, que manaba del pastoreo y, que, cada otoño y cada primavera, se desplazaban a través de cañadas y veredas entre las montañas estivales de Castilla y los invernales pastizales del Extremo. Lana merina, densa y fina, que culminaba en forma de velartes, palmillas, bayetas y sayales coloridos que eran muestra de la escala social y símbolos de poderío. Lana merina que era protegida como el bien más querido. 

Landscape with Sheep (1648) Claude Lorrain. Fuente: https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/Claude-Lorrain/853040/Paisaje-con-ovejas,-ca.-1648.html

Pero para que la lana se pudiera convertir en paño precisaba de una red de oficios especializados e insustituibles. Desde el esquileo a los trabajos últimos de la batanadura y la tundidora, ocurría el peinado, cardado, hilado, tejido y tintura. Prácticas ancestrales que se pierden en el tiempo y que hasta el siglo XIV tuvieron un carácter doméstico y local, pero que, con el crecimiento de las ciudades y el desarrollo de una industria textil, llegó a convertirse en una industria que llegó a movilizar y dar trabajo a poblaciones enteras. 

Comenzaba el auge y apogeo de la industria lanera y textil en Castilla. Los oficios se agruparon en gremios que defendían sus derechos e influían en la misma sociedad; ciudades como Segovia, Toledo, Ávila, Burgos o Cuenca se convirtieron en capitales productoras del reino, y ferias como las de Medina del Campo fueron inevitables para comprar y vender los mejores paños y textiles. 

Vista de Medina del Campo desde el Norte. Dibujo de Anton van den Wyngaerde (fragmento),1570

Pero entre el largo y complejo proceso que se llevaba entre el pastoreo y la confección del paño, hubo una actividad industrial textil que se convirtió estratégica y ejemplo de poder: los lavaderos de lana. El lavado era un proceso medular y estratégico, pues además de darle la limpiar, desengrasar y darle la esponjosa textura, era durante este proceso cuando la lana perdía más de la mitad de su peso, hecho crucial para despertar el gran interés entre poderosos mercaderes y comerciantes. Lo único que precisaba era de agua y de lana. 

Por ello, a la vera de numerosos ríos se levantaron grandes lavaderos industriales de lana a lo largo del siglo XV y XVI. Eran grandes instalaciones con diferentes espacios, generalmente, agrupados en torno a uno o varios patios donde se amontonarían los fardos de lana. No se temería al mal tiempo pues era el lavado de la lana un trabajo temporal durante los meses de verano tras recibir los vellones de lana del esquileo. Alrededor del patio habría cuadras, pajares, almacenes de leña y aceite y aprovechando la corriente del río, la cual sería canalizada, las instalaciones adecuadas para el lavado.  En algunos de estos lavaderos durante los meses de verano daban trabajo a más de tres mil operarios.

Molino lanarera (izquierda) y los lavaderos de lana genoveses en la isla de Monpensier (derecha) en la ribera del río del Júcar. Dibujo de Anton van den Wyngaerde (fragmento),1570. Fuente:

Mas antes de ser lavada, la lana se pesaba, se separaba por calidades, se le quitaban los restos vegetales como paja, pelos o excrementos enredados y se batía con un palo para eliminar la tierra y el polvo. Era entonces cuando comenzaba el lavado cuyo objetivo era eliminar la grasa que impregna la lana. Para ello se metían en tinas o calderas (de cobre) de agua caliente y una dosis de aceite donde se removían para desengrasarla. Luego se escurría, se esponja y se metía en tinas de agua fría y clara donde volvía a repetirse el proceso. Tras este juego de aguas y eliminar la grasa de las fibras se secaba al sol. Una vez seca, se pesaba y se conformaba en sacas las cuales se dividían por su calidad y eran indicadas por el signo del mercader y el lugar de procedencia. 

Lavadero de lana de Calamocha (Teruel) que data del siglo XVIII. Fuente:

Casi todas las grandes ciudades castellanas contaron con sus lavaderos de lana como es el caso de Burgos, Segovia, Toledo, Córdoba o Baeza. Otros también más modestos en pueblos como Arroyo de la Luz (Cáceres), Usagre (Badajoz), Huéscar (Granada) u otros más recientes como el que aún se conserva en Calamocha (Teruel). En el caso de Cuenca llegó a haber a las orillas del Júcar y su afluente el Moscas hasta siete lavaderos, todos ellos propiedad de genoveses como quedan constancia de sus nombres con los que se denominaban: Esteban Imperial, Pablo Terril, Gerónimo Novelín, Domingo Burón, Lorenzo Catanio, Pablo Iraolo y, quizás el mejor conocido, el lavadero de los Genoveses, dirigido por la familia Interiano, situado en la isla de Monpesler.

¿Por qué genoveses? Porque la pérdida de peso de la lana y las facilidades estatales para comerciar con ella, hizo de los lavaderos de lana un nicho de mercado del que se aprovecharon poderosos mercaderes y comerciantes, especialmente los del norte de Italia. Como ejemplo, algunos lavaderos generaban entre 40 y 70.000 arrobas de lana lavada al año que era, en gran parte, exportada a Flandes o Italia desde los puertos de Sevilla, Alicante, Cartagena, Santander o Bilbao. Allí, se revalorizaba y se le trataba como un material de lujo.

Industria de la lana: lavado. Cromolitografía de finales del siglo XIX (Artista desconocido). Fuente: https://www.meisterdrucke.es/impresion-art%C3%ADstica/Unknown-artist/932588/Industria-de-la-lana:-lavado.-Cromolitograf%C3%ADa-de-finales-del-siglo-XIX.html

El tiempo transcurrió discreto pero certero. La revolución industrial transformó aquellos lavaderos y el poder de Castilla lo suplió Francia e Inglaterra. Lejanos quedaron la Guerra de los Comuneros (1520-1523) causada, en parte, a que quiso Carlos I enriquecer con la lana a Flandes; luego la exportación de  las ovejas merinas a manos de los ingleses a lugares como Nueva Zelanda y finalmente, el siglo XVII como estocada final al declive total de la lana merina y su industria textil. Desde entonces un halo clerical y campesino se iba a adueñar de las tierras castellanas, suponiendo el fin de su poder y fama. 

Cinco siglos después, si quisiéramos conocer un lavadero de lana debe uno viajar al lugar donde se asoma La Mancha conquense, al municipio de Mota del Cuervo. Este pueblo manchego nunca tuvo una importante industria textil durante aquellos siglos, sino que fue, campesino, pastoril y labrador como tantos otros de La Mancha y de Castilla. Tuvo su dehesa, protegida ya desde el siglo XIV, donde pastaban los ganados, sus lagunas salinas para darles sal, cogieron fama sus albornoces durante el siglo XVIII con el paciente arte que realizaban las mujeres hilando y tejiendo, y, luego, ya en el siglo XX, se instalaron fábricas de mantas como las de Victoriano López Rodríguez y Marcelino Cano.

Y fue precisamente siguiendo el legado de las fábricas de manta de donde surgió el lavadero de lana de Mota del Cuervo que ha llegado hasta nuestros tiempos. Un compendio de máquinas que lavan la lana de una forma análoga como hace cuatro se hacía: la lana se limpia, se lava, en agua caliente y agua fría, y se seca, hasta conseguir esa espuma aterciopelada. Hoy, junto a los de Paredes de Nava y Villalón de Campos (Valladolid), es el último lugar donde sobrevive y perdura este oficio. 

Último lugar que nos habla de aquella Castilla, cerealista y ganadera, de altas espigas y vellones de lana que se pastoreaba, esquilaba, cardaba, lavaba, hilaba, tejía, abatanaba y tundía y que tanto poderío de Castilla. De aquella Castilla donde se sucedían Enriques y Juanes vestidos con verdes velartes y azules palmillas, se levantaban ermitas, iglesias y catedrales donde otorgar perdones y bulas, y,  se armaban caballeros amantes de la poesía que soñaban batallas donde alcanzar la gloria divina. 

Todo aquello que, silencioso, se lo llevó el viento como si no hubiese servido para nada.

(1) La primera (1351-1369) supuso la llegada al poder del linaje de los Trastámara con Enrique I; la segunda (1437 – 1445) el consolidamiento de la Castilla de Juan II sobre Aragón y el apogeo de su valido Álvaro de Luna; y la tercera, la denominada como Guerra de Sucesión (1475-1479), donde los nobles castellanos llevaron a Isabel I al trono frente a la legítima heredera Juana. 

(2) El velarte era “paño enfurtido y lústroso, de color negro, que servía para capas, sayos y otras prendas exteriores de abrigo” (DRAE) mientras que la palmilla era “fuerte paño que particularmente se labra en Cuenca, y la que es de color açul, se estima en mas, y pienso que se dixo palmilla, quasi palomilla, por tirar al color de la paloma …” (Sebastián de Covarrubias).

(3) Como ejemplo, en el Fuero de Cuenca (1190) se encuentran reglamentados los oficios de tejedor, cardador y pisador (batanero).

BIBLIOGRAFÍA

  • ANDÚJAR CASTILLO, Francisco, “Huéscar en el Siglo de Oro. Los mercaderes genoveses” en DIAZ LOPEZ, Julián Pablo (ed.), Campesinos, nobles y mercaderes. Huéscar y el Reino de Granada en los siglos XVI y XVII, Granada, Ayuntamiento de Huéscar, 2005.
  • BENEDICTO, Emilio y BOÑILLA, Carlos, Los lavaderos de lana del valle del Jiloca, Comarca del Jiloca, Calamocha, Teruel, 2010.
  • Catastro de Ensenada. https://pares.mcu.es/Catastro/
  • CORONAS VIDA, Luis Javier, “Los esquileos y lavaderos de lanas en la ciudad de Burgos. Siglos XVIII-XIX”, en Boletín de la Institución Fernán González de la ciudad de Burgos, 224, 2002, pp. 7-33.
    • Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar. Pascual Madoz. Tomo X. Madrid. 1847.
  • GARCÍA SANZ, Ángel, Antiguos esquileos y lavaderos de lana en Segovia, Segovia, Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, 2001.
  • GIRÓN PASCUAL, Rafael María, “Los lavaderos de lana de Huéscar (Granada) y el comercio genovés en la Edad Moderna”, en HERRERO SÁNCHEZ, Manuel, BEN YESSEF GARFIA, Yasmina Rocío, BITOSSI, Carlo y PUNCUH, Dino, Génova y la monarquía hispánica (1528-1713), Génova, Società Ligure di Storia Patria, 2011, pp. 191-202.

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