“Salí a la plaza de Zocodover. Pregonaban dos mulas para Almagro. Más tardé en oirlo que en concertarme y salir de Toledo. Porque allí todo me parecía tener olor de esparto y suela de zapato” (1)
Un anciano se encuentra sentado en el poyo de su puerta al caer la tarde veraniega. Bajo el sobaco aprieta, sin esfuerzo, como si fuera parte de su anatomía, un manojo de largas hebras doradas de una hierba seca: el esparto. Las va tejiendo en una tira larga y ancha: la pleita. Con ella puede elaborarse infinidad de artículos de uso cotidiano. Sorprenden en unas manos tan callosas y pétreas unos dedos tan diestros y ágiles. De vez en cuando entresaca del manojo otras nuevas hebras y las empalma a las ya tejidas. Quizás sea el último paisano en el pueblo que mantiene esta labor milenaria. Son los años sesenta.
No había casa de pueblo que no estuviera repleta de objetos de esparto. Si el trigo era la gramínea del sustento, el esparto era la gramínea con la que se confeccionaban muchos enseres domésticos y agropecuarios.
La estera, a modo de alfombra en el suelo del zaguán, aislaba del frio y la humedad y retenía el polvo o el barro que las esparteñas arrastraban desde la calle. El pan recién cocido se traía en un escriño y se guardaba para quince dias en la panera. El agua de la fuente llegaba a casa en cántaros acoplados a las aguaderas del burro. Con las briznas de esparto se ataban morcillas y chorizos. Y con sus tenaces cuerdas se colgaban a secar los jamones y las latas repletas de ristras de embutidos. Se forraban las garrafas para protegerlas de los golpes y aislarlas del frio y del calor. Los capazos, seras, espuertas, cestas y cestillos eran recipientes imprescindibles.
Con esparto se trenzaban las hondas de pastor, los vencejos para atar los haces de la siega y las sogas con que se sujetaban las cargas de mies o de leña sobre carros y acémilas. De esparto eran el serón, la albarda, la cincha y los baleos de los moruecos. Y las capachas para las prensas de las almazaras. Tan asociado estaba al queso manchego que incluso, desusado el esparto, el nuevo material del molde imita el relieve que la pleita dejaba en su corteza.
No acabaríamos nunca si quisiéramos completar el inventario de los objetos de esparto con los que convivimos en nuestra infancia.
El esparto es la hoja larga y fina de la atocha, un endemismo ibérico y norteafricano. No existe esta especie en ningún otro lugar de Europa, ni del Mediterráneo oriental.
Su recolección y manufactura tal como ha llegado a la actualidad se ejercían ya en la prehistoria. La Cueva de los Murciélagos en Albuñol (Granada) es un yacimiento extraordinario. Con carbono 14 se han datado cestos de 9.500 años y sandalias de 6.200. Una gran parte de lo conservado está en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Es asombrosa la excelente conservación, tras tantos siglos, de objetos idénticos a los actuales.
Ya desde los fenicios y griegos es bien conocido y exportado. Los romanos dieron nombre al Campus Spartarius, la mejor zona espartera del Imperio. Cartago Nova, también conocida como Cartago Espartaria, era el puerto a donde afluía el producto y por donde se entraba desde el mar a aquel amplio territorio que abarcaba partes de las actuales provincias de Murcia, Albacete, Alicante, Almería, Málaga, Granada y Jaén. Ahora bien, el esparto silvestre puebla muchas otras zonas de la mitad oriental y central de la Península.
La toponimia conquense abunda en referencias al esparto, si exceptuamos la de la Serranía Alta. Así la población de Villarejo del Espartal. Muchos parajes como El Espartal en Valera de Abajo y Barajas de Melo, Cabeza del Espartal en Pajaroncillo, Barranco del Esparto en Algarra, Cerro del Esparto en San Clemente, Cerro Espartoso en Belmonte, La Espartosa en Huete, Loma del Espartal en Valdetórtola, Los Espartales en Las Pedroñeras, Los Espartalejos en Villa de Olalla, etc. Atocha da también algunos topónimos en la provincia, entre otros el Atochar en Enguídanos, en Iniesta y en Alcohujate; los Atochares en Narboneta, en Vara del Rey, en Portalrrubio de Guadamejud y en Tinajas, o el Vallejo de los Atochares en Villar del Humo.
José Quer en el siglo XVIII destaca su relevancia:
“Es común y abundante en España: se halla en todas sus Provincias, pero mas copiosa en Valencia, Murcia, Reyno de Granada y Marinas (2). En la Mancha y Reyno de Toledo es un manantial de riquezas, pues mantiene excesivo número de personas con sus manufacturas, por ser muchos los que se emplean en cogerle, curarle, machacarle, y últimamente texerle, logrando en este vegetable un substituto del cáñamo, y para las obras gruesas mucho mas cómodo, por mas barato, debiendo rendir muchas gracias á la benignidad Divina, por haber enriquecido los mas áridos y secos montes de nuestra Península con esta planta, tan propia de ella, que no se halla sino muy escasa porción, y esa inútil, por corta y quebradiza, en África; y nosotros ademas de lo mucho que consumimos en esteras, cuerdas delgadas y gruesas, cables y maromas para edificios y marinas, ruedos, ó esteras peludas para defensa del frió, alpargates y otras muchas obras, vendemos en grande cantidad á los extrangeros, que solo pueden conseguirlo de nosotros, como lo hacian los antiguos Griegos y Romanos, siendo los primeros que la aplicaron para cuerdas de las redes. Bien machacado se hacen de él obras bastante sutiles y provechosas, como redes, morrales para el ganado, &c.” (3).
El atochar o espartal, además, forma un ecosistema valioso y representativo de las zonas semiáridas del norte de África y de la Península Ibérica.
Las matas del esparto crecen en los terrenos más pobres y secos. Han tenido que aprender a combatir la escasez. Sus densas macollas funcionan como esponjas reteniendo el agua de lluvia y los nutrientes arrastrados, de tal manera que tienden a formar algo de suelo fértil en un entorno desertizado. Es una planta longeva, con tallos subterráneos y muchas raíces superficiales. Cuando alcanza la madurez se le suele secar un redondel central y se muestra como un anillo que va creciendo hacia el exterior. Las hojas llegan al metro de longitud y de 1 a 4 mm de anchura. Rodean a los altos tallos coronados por los plumeros de sus espigas, hermosa imagen que identifica al esparto desde lejos. Para no perder agua las hojas se enrollan a lo largo y también a lo ancho hasta el punto de parecer cilíndricas. Así crea su propia sombra y se protege del aire seco y del sol.
Y aunque el esparto no era preciso cultivarlo, pues la naturaleza se encargaba de ofrecerlo generosamente, su recolección y manufactura eran muy laboriosas y sufridas. En los grandes espartales del sureste sí hubo, al parecer, intervención humana para su incremento. Estudios arqueológicos apuntan a que fenicios y cartagineses fueron los primeros en incentivar repoblaciones para que el Campo Espartario llegara a ser tan extenso y productivo como el que se encontraron los romanos.
Se recolectan las hojas enrollándolas en un palo, la cogedera, mientras se pisa la mata con el fin de que, al dar un enérgico tirón con las dos manos, queden partidas las hojas por la base sin arrancar la raíz. El esparto pasa por diferentes procesos, según el uso para el que se requiera la fibra. En cada fase se va haciendo más dócil y fuerte. El “esparto crudo” es el menos trabajado, simplemente se deja secar al sol tras la recolección. En este caso hay que humedecerlo antes de tejerlo para que pierda rigidez. Si se quiere obtener un esparto más flexible y resistente, se sumerge en agua durante varias semanas hasta que fermente. De aquí resulta “el esparto cocío”. Una vez secado de nuevo, se maja con un mazo de madera sobre una base de madera o piedra y finalmente se rastrilla para quitarle las impurezas y las fibras rotas o endebles dejando las largas y fuertes. Este es el mejor esparto, “el majao y rastrillao”.
Desde la segunda mitad del siglo XIX hubo una fuerte demanda inglesa de esparto para la fabricación de papel. Empresarios ingleses y españoles establecieron industrias de recolección y exportación de esparto en rama tanto aquí como en el norte de África con mano de obra española. Los trabajadores se trasladaban en estas campañas con sus familias. En qué condiciones trabajaron a veces, nos lo evidencia dolorosamente la matanza de Saida, en Argelia. El 11 de junio de 1880 ciento noventa recolectores de esparto y familiares, la mayoría de Almería y los demás de Murcia y Alicante, fueron asesinados por un grupo armado que luchaba, en el contexto colonial, contra la ocupación francesa. Muchas mujeres fueron violadas y 600 personas fueron tomadas como rehenes.
En la España de posguerra, aislada del mundo, gozó el esparto de un nuevo auge histórico. La creación del Servicio Nacional del Esparto, en paralelo con el popular Servicio Nacional del Trigo, da fe de la importancia vital que esa hierba silvestre tuvo en la economía española de entonces.
Una actividad tan importante y perdurable ha estado en trance de desaparecer. Ha sido salvada, al menos de momento, gracias a la voluntad de personas e instituciones. Podemos visitar museos específicos sobre el esparto como el de Águilas y Cieza en Murcia y otros muchos etnográficos con secciones sobre el tema. En abril de 2019 un real decreto del ministerio de Cultura declara la Cultura del Esparto como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de España. El objetivo es la protección y supervivencia de un patrimonio milenario tan arraigado hasta hace poco. En nuestra comunidad autónoma quiero destacar la labor divulgativa que José Fajardo lleva a cabo dentro y fuera de la Universidad Popular de Albacete. Ha contribuido mucho a la etnobotánica de Cuenca y de Albacete y dirige cursos sobre el uso y manejo del esparto, a uno de los cuales tuvimos la oportunidad de asistir aquí.
Aunque siempre se dijo que “En tierra de esparto nadie muere harto”, dio de comer, mejor o peor, a muchas familias humildes que no le tenían miedo al trabajo duro y fue durante miles de años la base de una industria imprescindible en estas tierras.
(1) “El olor de esparto” es el de la soga de los ahorcados, de ahí también la expresión “oler la garganta a esparto”. Y olor a “suela de zapato” se refiere a la numerosa presencia judía conversa en Toledo, pues el de zapatero era oficio de conversos. El pícaro Guzman de Alfarache demuestra así su temor a la justicia y su antisemitismo. Por esos motivos se marcha de Toledo tan deprisa. (Nota 48 a pie de página). Guzman de Alfarache, Mateo Alemán. Cátedra. Letras Hispánicas. Madrid, 1987. p 352.
(2) Se refiere el autor a la Marina Alta y Marina Baja, comarcas de la provincia de Alicante, abundosas en esparto.
(3) Tomo V, página 191. Flora Española o historia de las plantas que se crían en España. José Quer Martínez. Biblioteca Digital RJB CSIC. Madrid. 1784.
BIBLIOGRAFIA:
- FLORA IBÉRICA DEL CSIC. Tomo XIX (I) GRAMINAE (partim). Real Jardín Botánico, CSIC. Madrid, 2020.
- Flora española o historia de las plantas que se crían en España. José Quer Martínez. Biblioteca Digital RJB CSIC. Tomo V. Madrid. 1784.
- Guía de INCAFO de las Plantas útiles y venenosas de la Península Ibérica y Baleares. Diego Rivera Núñez y Concepción Obón de Castro. Madrid, 1991.
- Estudio de identificación de los paisajes culturales del esparto de España. Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas. Instituto de Patrimonio Cultural de España. Pascal Janin / Altiplano de Granada SL. Baza (Granada), 2017.
- https://espartopedia.com/index.php?title=Esparto
- https://www.cultura.gob.es/planes-nacionales/planes-nacionales/paisaje-cultural/actuaciones/paisaje-esparto.html
- https://www.iealmerienses.es/Servicios/cmsdipro/index.nsf/informacion.xsp?p=iea&documentId=83721561AC2AD61DC125884F00401522
- Guzmán de Alfarache, Mateo Alemán. Cátedra. Letras Hispánicas. Madrid, 1987. p 352.
- Esparto español e industria papelera británica: el caso del empresario William McMurray. Javier Castillo Fernández (Archivo General de la Región de Murcia) y Alan Crocker (University of Surrey). Anales de Historia Contemporánea, 21 (2005)
- La matanza de almerienses, murcianos y alicantinos en Khalfalah (Saida, Argelia), en 1881. Ricardo Montes Bernárdez. MVRGETANA. ISSN: 0213-0939. Número 124, Año LXII, 2011. Págs. 119-132.
