ARRIERÍA, GANADERÍA Y OTROS ANIMALES. El final de un modo de vida milenario en Valeria.

ARRIERÍA, GANADERÍA Y OTROS ANIMALES. El final de un modo de vida milenario en Valeria.

 

Valeria está hechizada bajo el halo del tiempo. Los dorados años de la Antigua Roma y la heredada opulencia de la época visigótica, donde se mantuvo como Sede Episcopal, devinieron en una lenta y larga agonía, cuyo culmen, describe Martir Rizo, en el siglo XVII (1). Hoy, sólo la Iglesia de la Sey, presidiendo la amplia plaza, así como las majestuosas piedras talladas, sillares, capiteles o columnas, parecen destilar aquel extinto aroma de ofrenda, cera e incienso, que guardaron los templos romanos.  

Sin embargo, otro aroma sí consiguió perdurar en el tiempo. Un aroma bañado en sonidos como el del canto del gallo al alba, relinchos y rebuznos al abrirse los portones; el chocar de herraduras contra los cantos del suelo; del zumbido de cencerros en la lejanía, y del cerdo, sus gruñidos tras las tapias. Un cúmulo de sensaciones creadas por una cuadrilla de animales que fueron hilo conductor entre aquella lejana Ciudad Romana de Valeria y el pueblo que fue hasta hace apenas cuatro décadas. 

La torre de la iglesia de la Sey en la plaza de Valeria . Fuente: Archivo de Valeria

Dentro de este longevo templo y esta diversa cuadrilla, quizás eran caballos, yeguas, mulas y burros, las bien llamadas caballerías, esa estirpe animal más necesitada y requerida. Las mulas para trabajar la tierra y los burros como medio de carga y transporte. Arar los surcos, cargar la cosecha, trillar en las eras, ir a por agua, llevar el hato o cargar la leña eran actividades cíclicas y cotidianas desde un tiempo irrecordable. Y en las fechas en las que las caballerías no eran requeridas para trabajar el campo, tocaba el dulero su caracola para recogerlas y llevarlas a pastar, como un rebaño comunal, a parajes cercanos como el Puente de Chumillas o la Fuente Navarro. 

Resulta difícil hacer un cálculo concreto de las cabezas de caballerías que ha habido en Valeria pero vale como punto de aproximación los números que proporciona el Catastro de la Ensenada el cual, en 1752, con una población de 217 vecinos, un total de 900 habitantes aproximadamente, estima “dos yeguas, setenta y siete machos y mulas, trescientos borricos y jumentos”. Al menos un burro por casa y un tercio con mulas. No fue hasta los años 60 cuando, aún con un centenar de caballerías por los campos y las calles, los labradores clamaron al cielo, ¡benditos tractores!

Labradores de Valeria con sus caballerías, foto de archivo. Fuente: Archivo de Valeria

También eran estas caballerías el medio de transporte para el comercio comarcal y nacional. Pero ha sido el olvido el encargado de enterrar, bajo las arenas del tiempo, estos dos oficios comerciales que estuvieron presentes y con fuerte influencia en Valeria: la arriería y la carretería. Sobre el primero, destaca su importancia Miñano, en 1825, al declarar que Valeria se dedica a la agricultura y a la arriería. Una llamativa afirmación que se cimenta al leer el Catastro de la Ensenada, setenta años antes, en 1752, al decir que “hay treinta y ocho arrieros que comercian y trajinan en aceite y hierro” (2) y Madoz en 1855, al decir que los arrieros comerciaban “el poco sobrante de los productos agrícolas”. Un notable porcentaje de la población que llegó a hacer de Valeria el séptimo municipio de la provincia más importante en este oficio en el siglo XVIII.

Pero a los humildes arrieros se sumaban los pudientes transportistas de entonces, los carreteros. En 1752, se contaba en Valeria con “ocho pares de bueyes que tienen Felipe de Moya; Alonso Martínez; Benito Chumillas y Gregorio Palomo para trajinar con ocho carretas y conducir madera”. Estos comerciantes trashumantes “que de verano pastan en este término, a temporadas y de invierno en la Dehesa de Alcudia y Andalucía” serían los encargados, con sus carretas y bueyes, de transportar madera a aquellos puntos menos madereros, quizás influenciados por encontrarse cerca de una de las capitales carreteras más importantes del país entonces, Almodóvar del Pinar. 

Calle de Valeria, foto de archivo. Fuente: Archivo de Valeria

Pero si las caballerías eran un pilar fundamental para comprender la historia y la vida de Valeria, al igual que la de todo nuestro territorio, aún quedaba en este templo airoso, quizás los más ruidosos y gregarios animales de esta cuadrilla. ¿Cuántos ganados de ovejas y cabras pisaron estas tierras? ¿Cuántos hábiles y sabios perros los guiaron? ¿Cuántos pastores y zagales se aprendieron de memoria cada rincón y cada piedra? La ganadería, el pastor y la oveja han sido alma y esencia de estas tierras.

Quizás, en los siglos XV y XVI, hubo algún esplendor de lana fina pero, ya en 1752, se dice que en Valeria “no hay ganado lanar fino ni trashumante” y cada rebaño, que oscilaría entre cien y doscientas cabezas, estarían destinadas principalmente a leche y carne. Para entonces se mencionan “3000 cabezas de ganado lanar churro, 800 de cabrío”. En el siglo XIX, Torres Mena cita que hay cien tinadas, a partir de las cuales se calculan un total de dos mil cabezas.  Y ya en a mitad del siglo XX, en los años 50, ante las puertas del fin de la ganadería tradicional, Teodomiro Ibáñez calcula “2700 cabezas de ganado, entre ovino y caprino”. Tras cruzar las puertas, en 2012, solo quedaba un ganado, el de Julián Buendía y su pastor Pedrín Segovia. 

Ganados “que se mantienen en su término y los que tienen en Comunidad de pastos” y que, como bien describe Teodomiro Ibáñez en su artículo “La ganadería en Valeria, un recurso para el recuerdo”  para la revista Ricotí se subastaban y repartían cada año. Eran, a mitad del siglo XX, un total de 5920 hectáreas de pastos, divididos en los siguientes quince polígonos: el Puente de Chumillas, Fuente Carazo, La Pedriza, Los Aliagares, El Pocillo, La Hocecilla, La Lastra, El Charcón, Pozo de la Torre,  Fuentidueña, La Casa, Los Llanos, Fuente del Borracho, la Fuente Navarro y otros dos que aparecen sin nombre. Nombres familiares hasta hace unas pocas décadas y que hoy se desfiguran.

Ganado en la Hoz de Valeria. Fuente: Archivo de Valeria

Eran algunos de estos maternales parajes donde también se ubicaba otro de los oficios milenarios dependiente de esta cuadrilla de animales. Aunque este era querido a la vez que temido, pequeño pero peligroso. Las abejas poblaban colmenas en las que al terminar el verano se recogía la miel, el azúcar de nuestra tierra. Cada familia, al igual que pasaba con el azafrán, contaba con alguna colmena para satisfacer el gusto de la dulzura. Como ejemplo de ello, en 1752, quedaron cuantificadas en el término cuatrocientas colmenas con sus correspondientes propietarios (3).

Y eran también por las lindes de las parcelas de cultivo con los montes de enebros, sabinas y flores del tomillo y romero donde habitaban otros animales. Animales esquivos, fugaces y salvajes, buscados por el olfato del cazador. Eran liebres, perdices y conejos que esperaban ser vistos entre los cepos y lazos, y así poder dar consistencia y sabor a los guisos que esperaban en el puchero. En las últimas décadas, tras el desmoronamiento de la ganadería y la prolífica repoblación de pinos, se añadieron, y en buen número, corzos y jabalíes.

Taina en ruinas con la Ermita de Santa Catalina y la Ciudad Romana de Valeria, al fondo. Fuente: Autor

Y de nuevo, volver. Volver a las calles empedradas de Valeria, cruzar los portones, y encontrar, en este templo airoso, al animal más venerado. Al único que se le concedió la posibilidad de vivir en una corte y tratarlo como al más respetado noble, el gorrino. Bendecido por San Antón, protegido por su séquito de cortesanas gallinas y siempre cercano a las cuadras de las caballerías, era el cerdo el que salvaba a las familias. Antes de que comenzara el crudo invierno, le llegaba su hora al mismo tiempo que se llenaban las orzas del futuro. 

Y por un instante entre aquellas tapias del corral y las estancias de la casa, se mezclaba el trigo y el pan, la siembra y la cosecha, las plegarias al cielo y a San Isidro, aquellos arrieros y carreteros que deambulando con sus recuas recorrían los caminos de posada en posada y que hoy sólo andan la senda del olvido ¡Cuánto no daría uno por poder preguntar y escuchar hoy la voz de uno de ellos! Los tantos pastores y zagales que de sol a sol, sin escuela, sin fiestas ni descansos, con una manta, una garrota, y un perro como  Sancho, poblaban, guardaban y daban vida a los campos. O como deja escrito Teodomiro Ibáñez, a Fructuoso Pescador, el último dulero, a principios de los años 50.

Restos de la Ciudad Romana de Valeria y la muralla medieval. Fuente: Archivo de Valeria

Hoy, con apenas un centenar de habitantes, Valeria se resiste a no ser sitiada por el olvido. El envejecimiento de la población y la escasa falta de oportunidades que asola la mayor parte de nuestra provincia, intenta ser refrenada en este municipio con proyectos y actividades. A través de este, se pretende salvar su esencia, aquella que une al ser humano con la naturaleza, donde recuerda el ingenioso animal que es y la entrañable necesidad de compartirla con otros como burros, bueyes, ovejas, cabras, gorrinos o gallinas, a las que se sumaban liebres y conejos o abejas. Razón de existir que formaba una alianza inquebrantable y que perduró hasta hace unas décadas, cuando el apogeo del ingenio humano, a través del método científico, se consumó con la invención de máquinas que suplieron el trabajo de estos animales. 

Su recuerdo queda en el nombre de los parajes de aquellos pastos, entre las ruinas de las tinadas que, como esqueletos abandonados de aquel vigoroso cuerpo que fue la ganadería, o en los anecdóticos ecos de cencerros, balidos o cacareos, aroma sonoro de entonces.  También entre las voces como las de Amparo y Concha, donde entre sus palabras se entremezclan aquellos oficios duros, afanosos y míseros que merecen siempre ser recordados. Un modo de vida con un aroma atemporal que nos ha unido más allá de culturas, religiones y civilizaciones.

(1) Esta memorable ciudad de Valera está hoy reducida a una pequeña población de doscientos vezinos, villa de vnos illustres Caballeros de la casa de Alarcon, cuya antigüedad, y nobleza se refiere en la tercera parte de nuestra historia […] 

(2) Joseph Ibañez, 1.000 reales; Francisco de Moya Torrijos 800; Francisco Martínez Olmo 1.200, Juan de Moya Torres Aguilar 1.000; Alonso Molina 1.800; Francisco Herguita 1000; Julian Canovas 200; Alonso Martínez 400; Pedro Atienza 400; Julian Atienza 400; Juan de Moya Parrilla 1.000; Juan de Zamora Torrecillas 600; Francisco la Vega 600; Alonso Martínez 600; Francisco de Moya 800; Antonio Ballesteros 600; Julian Parrilla 800; Juan de Moya 1.200; Felipe de Moya 1000; ; Pedro la Vega 1.000; Francisco Chumillas 1.000; Juan Martínez 800; Felipe Gómez 600; Julián de Solera 800; Julián de Solera menor 600; Julián Pérez Olmo 600; Cristobal de Moya 400; Alonso Balner de Parrilla 1.000; Miguel de Piqueras 1.000; Francisco Romero 1.000; ; Juan Saiz Esquivias 800; Blas Saiz 1.200; Roque Martínez 600; Francisco Molina 800; Blas Moreno 1.000; Julián Atienza 800 y Manuel Martínez 600.

(3) Bernabé Ibáñez, Marcos Antonio Parrilla. Antonio Manuel Parrilla, Juan de Torrecillas; Francisco de Moya Torrijos, Juan de Moya Torrijos; Benito Moreno; Bernabé Pérez; y otros distintos vecinos que no tienen presente y regulado de un año con otro dará cada uno de producto anual de esquilmo 4 libras de miel y 5 onzas de cera, siendo el precio de esta de 6 reales la libra y 25 la arroba de miel.

BIBLIOGRAFÍA

  • Censo español executado de Orden del Rey, comunicada por el Excelentísimo Señor Conde de Floridablanca, Primer Secretario de Estado y del Despacho, en el año de 1787. (1787). Real Imprenta de Madrid
  • Estrada y Paredes, J. A. (1747). Población General de España: Historia cronológica, sus tropheos, blasones y conquistas heroycas: descripciones y sucessos que la adornan en que se incluyen las islas adjacentes y presidios de Africa, ts. I, II y III. Madrid, Imprenta del Mercurio, 1747
  • Ibañez, T. (2012). La ganadería en Valeria, un recurso para el recuerdo. Nº 17 Revista Ricotí. Valeria (Cuenca).
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado I. S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1949
  • Madoz, P. (1845-1850). Diccionario Geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar.
  • Martir Rizo, J.P. (1628-1635). Historia de la Muy Noble y Leal Ciudad de Cuenca. 
  • Miñano y Bedoya, S. de (1779-1845). Diccionario geográfico-estadístico de España y Portugal (1826-1829).
  • Ponz, A (1797 ) El  Viagee le España de don Antonio Ponz. Tomo III
  • Respuestas Generales del Catastro de la Ensenada. (1752). Portal de Archivos Españoles (PARES).
  • Romero Sáiz, M. (2014). Valeria en el siglo XVI. Nº 19 Revista Ricotí. Valeria (Cuenca).
  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación.
  • Vestal Etnografía (2023). Los dueños del monte. La historia de la ganadería en Olmeda del Rey y Las Valeras. Obtenido de https://losojos.es/patrimonio/los-duenos-del-monte-la-historia-de-la-ganaderia-en-olmeda-del-rey-y-las-valeras/
  • Vestal Etnografía (2025). La HERRERÍA y otros OFICIOS INDUSTRIALES de VALERIA, con José Chumillas García. Obtenido en https://www.youtube.com/watch?v=h_ayPNYi22s
  • Vestal Etnografía (2025). La LABOR, la CASA y el AZAFRÁN en VALERIA, con Concepción Suárez Martínez y Amparo Suárez Martínez. Obtenido en https://www.youtube.com/watch?v=MLwbNLq4Vvc
  • Zarco Bacas y Cuevas, J. (1983). Relaciones de pueblos del obispado de Cuenca. Diputación Provincial de Cuenca. Traslación de la Relaciones Topográficas de Felipe II, 1575.

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