Una reflexión sobre el origen de los diferentes conceptos de agricultura y sus raíces en la historia y la cultura de la humanidad.
En la era de la información y el marketing, cómo se definen las cosas y qué nombre utilizamos para describir aquello que vemos, hacemos, vivimos e intentamos vender se vuelve el centro en torno a lo que todo gira.
Si no se define, no se ve, no existe, no se hace, no se vive y, por supuesto, no se vende. A principios del s. XX, en plena revolución industrial en la agricultura, llamada “revolución verde”, nace el concepto de agroecología: la ciencia, el movimiento y la práctica de la aplicación de los procesos ecológicos en los sistemas de producción agrícola. Pero no nace por esta revolución, sino para intentar defender, estudiar y reconocer los principios ecológicos de la agricultura. Sin embargo, en plena aparición de la agricultura moderna, el modelo no convenció al creciente mercado y, entonces, surgió la agricultura ecológica. Una reducción del modelo agroecológico más adecuada al sistema moderno que basaba sus prácticas en reducir el daño al medio ambiente, eliminando los elementos agro-químicos tóxicos de la agricultura. Sin embargo, no incluía en su normativa, es decir en su concepción legal, prácticas que cuidaran el suelo, el agua y la biodiversidad.
De esta carencia, desde los diversos colectivos de productores agroecológicos surgió la necesidad de crear otro concepto. Otro que redefiniera y ampliara la agricultura ecológica, incluyendo ahora sí, esos elementos olvidados. Un concepto que avanzase ya no solo a una reducción del daño o el impacto negativo, sino a una mejora o restauración del propio ecosistema.Nace así la agricultura regenerativa, la cual está ahora mismo en un proceso muy complejo de definición, más bien, está en una batalla por quién y qué elementos centrales la definen.
A un lado, el colectivo practicante de productores independientes, el cual ha dedicado decenas de años y recursos propios a una creación conjunta del modelo. Ese modelo parte de las bases de la agricultura ecológica y añade prácticas que mejoran los suelos, el uso y la retención de agua en el terreno y la biodiversidad. En frente, las grandes empresas del agro-negocio global que, con todos sus recursos, buscan reducir el concepto a una expresión mínima. Así, pretenden seguir vendiendo sus productos a los agricultores y a los consumidores, ahora con una etiqueta “más verde”. En esta lucha y proceso de definición llevo trabajando seis años en contacto directo con los principales productores, que son pioneros en la práctica de la agricultura regenerativa en España.
Pero en este artículo no me voy a explayar sobre este conflicto. Me quiero detener justamente en el concepto, en el cómo y el por qué definimos las cosas como lo hacemos.
Convencional, ecológico o regenerativo son solo adjetivos que ponemos detrás de la palabra agricultura. Estos aditivos se usan para diferenciar dos formas de producir. Un modelo denominado convencional, que nace de la revolución agro-industrial con la maquinaria, los productos agroquímicos y los grandes monocultivos como protagonistas. Y una agricultura sostenible que trata de no reproducir los problemas que ha traído el otro modelo para la tierra.
¿Pero antes de que existiera este tipo de agricultura moderna? ¿Lo que hacían nuestro antepasados tenía un adjetivo? ¿Era eso agricultura convencional para la época? ¿No era egroecología eso que hacían? ¿No era ecológico ya que no existía ese adjetivo? Yo que trabajo con los conceptos, qué rabia me da a veces cuando uso o escucho unos y otros. Cuando oigo que usar pesticidas y arar siete veces con una máquina de toneladas de peso es lo convencional, lo de toda la vida. O por el contrario, cuando hablo con un señor mayor de lo que es ecológico o regenerativo, justo en la huerta más ecológica que he visto yo.
Y es que en estos años de trabajo he notado que muchos conceptos y técnicas que ahora llamamos ecológicas o regenerativas, son lo mismo o parten del conocimiento y las prácticas ancestrales que sí que se desarrollaron “de toda la vida”, por parte de nuestros antepasados. ¿La cultura nace de la agricultura y no al revés? Es un gran debate histórico, pero lo que me importa a mí de esta relación es el gran legado cultural que representan las prácticas agrícolas que permitieron a la humanidad desarrollarse.
Y es que claro que eran agroecológicas las prácticas de nuestros antepasados. No les quedaba otra. No existía una manera de hacer agricultura, que como en la propia definición de agroecología dice, no aplicara los procesos ecológicos en los sistemas de producción.
Si querías producir alimentos tenías que conocer muy bien el funcionamiento de los procesos naturales, tenías que observar e imitar lo que hacía la naturaleza para polinizar tus plantas y árboles, para fertilizar tus campos, para poder alimentar a tus animales, para evitar las plagas; en resumen, para poder producir. No existía otro modo que no fuera estudiar y reproducir la naturaleza.
Me río cuando utilizamos ahora conceptos como “islas o setos de biodiversidad” y escucho entonces la palabra, en boca de alguna persona de larga historia, medianiles o linderos. Una isla o seto de biodiversidad es aquel espacio dentro de la plantación o en un borde, que se deja con plantas que van a ser el refugio de especies de animales beneficiosas para la producción. Lo cual antes existía en esos medianiles y linderos, como he oído aquí en el noroeste de Murcia.
Ahora se denomina control biológico a no echar pesticida y utilizar a otros animales o plantas para controlar las plagas. Pero antes de que los pesticidas existieran, se conocen muchas técnicas antiguas para esto, sin nombre específico alguno. Por ejemplo, el plantar rosales alrededor de los viñedos, para evitar que el pulgón se comiera las parras. Este animalillo se quedaba primero en el rosal y el agricultor ya sabía que tenía que actuar o esperar a que las mariquitas hicieran su trabajo comiéndose la plaga, antes de que llegar a la uva.
Lo de arar muy poco o no labrar los cultivos leñosos (olivos, almendros u otros árboles) no era, como es ahora, una práctica de agricultura regenerativa. El meter al ganado en esos campos de árboles para que se coman la hierba y evitar así labrar, no era algo excepcional y ecológico como ahora. Era simplemente porque era la forma de fertilizar la tierra, de controlar la cubierta vegetal, de alimentar al ganado, de evitar plagas… El proceso ya era un ciclo ecológico en sí y eso sí que era en aquel momento, convencional. Lo era porque era lo normal, era lo que se hacía, aunque no se llamara así. Esta forma de producir, que en mi experiencia es la máxima expresión de un esquema de producción regenerativo, era agricultura a secas. Un modelo de producción de miles de años de conocimiento acumulado, de ensayo, acierto y error de la humanidad.
Sin embargo, tengo que escuchar hoy en día que el echar pesticida, fertilizantes químicos y arar la tierra varias veces al año es convencional o “lo de toda la vida”. Y que reproducir las técnicas y el conocimiento de nuestros antepasados, tiene que llevar la etiqueta de ecológico o regenerativo. ¿Por qué llamamos convencional o “lo de toda la vida” a un modelo que es totalmente nuevo? Y por qué llamamos regenerativo o ecológico a aquello que parte del conocimiento y las practicas ancestrales y tradicionales.
Antes de los tiempos modernos de los mil conceptos y adjetivos, no existían tales… Lo que se hacía era AGRICULTURA. Por ello lo que viene después de ese modelo es lo que debería tener una etiqueta. Para mi está la agricultura y la agricultura industrial, la distinción, la etiqueta y los cientos de calificativos deberían estar en el modelo moderno, no en lo que en realidad si se ha hecho de toda la vida.
¿Cómo logramos desde el ámbito de la comunicación hacer entender que la agricultura regenerativa es mucho más cercana a ese legado, que lo que ahora se define como convencional? ¿Cómo logramos defender la agroecología de toda la vida?
Por el momento seguiré mostrando la conexión entre el conocimiento ancestral de nuestros antepasados y lo que ahora llamamos agricultura regenerativa. Seguiré apostando por desarrollar una manera de producir que bebe de miles de años de cultura, de pura ciencia popular. Que lo hace de la mano de la naturaleza y no en contra suya.
Seguiré señalando que ese tomate feo de la variedad que mi familia ha guardado de abuelos, a padres, de hijos a nietos , es un tesoro mucho más sabroso. Y que es mucho mejor seguir dejando a los animales que pasten entre los olivos, las praderas y los montes, que usar máquinas y productos químicos para hacer, lo que antiguamente se hacía de forma mucho más orgánica y menos destructiva.