Tiradores, el histórico arrabal del Huécar

Tiradores, el histórico arrabal del Huécar

Reposando sobre las laderas del Cerro del Socorro, asomado hacia el cauce del río Huécar, encontramos el pintoresco barrio de Los Tiradores. Sin embargo, a pesar de ser conocido por la mayoría de conquenses, pocos son los que han explorado sus callejuelas, los que se han adentrado más allá de la Puerta de Valencia.

Serpenteante, se eleva sobre la ciudad hasta alcanzar la cumbre del Cerro Molina, donde hoy se asienta el Museo Paleontológico. Sus estrechas calles, aunque muy cambiadas de las de antaño, nos trasladan a una época diferente, de vidas más sencillas. Nos dibujan la realidad de un barrio obrero que siempre lo fue, a pesar de su envejecimiento actual. Un barrio que en otros tiempos fue arrabal sólo por estar más allá de las murallas de la ciudad. Un barrio que por su Historia en mayúsculas y sus historias en minúsculas forma parte de la Declaración de Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

Barrio de Tiradores, desde San Martín, en el año 1955. Autor: Luis Pascual

El origen del barrio. Surgen los Tiradores Bajos.

Varios historiadores e historiadoras han abordado el asunto del origen del barrio de Los Tiradores. Existen varias discrepancias sobre el tema, pero varias fuentes apuntan a un origen (o, al menos, gran crecimiento) a partir del año 1391, tras el ataque y expulsión de los judíos de la aljama del barrio del Alcázar.

Debido a un creciente malestar ciudadano por causa de una sucesión de malas cosechas, los caballeros oligarcas conquenses desviaron el foco hacia el pueblo judío, acusándoles de los problemas que acaecían al pueblo llano, desembocando en una gran ola de violencia que los expulsó de la ciudad, siendo uno de los pogromos más virulentos de toda Castilla. Mientras muchos de ellos buscaron refugio en poblaciones como Huete o zonas del Marquesado de Villena, otros parece que se situaron extramuros, junto al honsario (cementerio) de los judios, que parece ser se encontraba en las inmediaciones de la Puerta de Valencia, donde ahora se erige la Ermita del Cristo del Amparo. Otras fuentes apuntan a que se situaba frente a ella, donde hoy se encuentran los Tiradores Altos.

No impediría la existencia del cementerio que se plantara viña en esta zona a lo largo del siglo XV. De hecho, se sospecha que, tras la expulsión de los judíos de Castilla en el año 1492, muchos judeoconversos seguirían aplicando ciertas tradiciones en los camposantos del Convento de San Francisco, cerca del espacio que hoy ocupa el Parque de San Julián.

No obstante, lo que sí está claro es que estos primeros Tiradores de origen tardomedieval ocuparían sólo la parte baja de los Tiradores Bajos, encalomados sobre las faldas del Cerro del Socorro, y junto al arroyo Cantarranas. Aprovechando la orientación sur y, por tanto, un ambiente de solana, parece ser que el barrio proliferó conforme creció la industria textil conquense. De hecho, de ahí su característico nombre, pues los tiradores eran superficies donde se extendían paños y lanas lavados para su secado al sol.

Detalle del barrio de Tiradores del Plano de Cuenca en 1850, extraído del pliego de la provincia de Cuenca del "Atlas de España y sus posesiones de ultramar". Mantienen la misma configuración que su origen en el siglo XIV. Autor: Francisco Coello de Portugal y Quesada

Esto conformó un barrio de baja renta, donde vivía la clase trabajadora de la ciudad, siendo la edad de sus vecinos y vecinas marcadamente menor que la media de la ciudad. A los ya judeoconversos y cristianos pobres residentes, podrían sumarse algunos mudéjares (después moriscos), especialmente después de la conversión forzosa y desaparición de su aljama en 1502. No obstante, parece ser que la mayoría de la población musulmana se aglutinaba en torno al Puente de la Trinidad, en la otra zona de la ciudad.

En el año 1595 se funda la ermita del Santísimo Cristo del Amparo, con el nombre de Santa Catalina del Monte Sinaí, sobre el antiguo cementerio judío (y, quizás, antigua sinagoga). Tiene un marcado carácter hospitalario, lo que concuerda con uno de los usos principales de los arrabales, el asistencial, evitando la proliferación de epidemias intramuros.

Ermita del Cristo del Amparo, en el año 1959. Autor: Erika

No obstante, la ferviente industria textil comienza una acelerada decadencia en esta segunda mitad del siglo XVI. Por ello, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, el barrio se ruraliza, en palabras de Miguel Ángel Troitiño, fruto de la depresión económica de la ciudad. Los vecinos dejan de ser artesanos o trabajadores industriales, a formar parte del sector primario. Tanto es así que, en el año 1752, según el Catastro de la Ensenada, prácticamente la mitad de estos vecinos ocupaban oficios agrícolas o ganaderos. No obstante, aún el 30% de la población del barrio trabajaba en el sector secundario, pues había trabajadores textiles, peones de albañil, mozos de molinos, curtidores, zapateros y carpinteros, más allá de campesinos. Era el refugio de la ciudad productiva, junto al resto de arrabales como San Antón o El Castillo, frente a la ciudad parasitaria (en palabras de Troitiño) que representaba el Casco Antiguo. Eran los polígonos industriales de las Edades Media y Moderna.

Tiradores Bajos, en el año 1950. Autor: Nicolas Müller

La expansión demográfica de los siglos XIX y XX. La aparición de Tiradores Altos.

La dinámica decadente de la ciudad parece revertirse levemente con la llegada de la industrialización en el siglo XIX. El barrio de Tiradores será uno de los espacios donde más se perciba este cambio. La industrialización del sector maderero revolucionó la ciudad. Cuenca, con un extenso término municipal de gran superficie forestal, se aprovechó del empuje del sector, favorecido en parte por la construcción de vías férreas, para las que se necesitaban ingentes cantidades de traviesas de madera.

Esta situación provocó una creciente inmigración campo-ciudad, pues almacenes y serrerías empezaban a proliferar en la ciudad. Esta población inmigrante de origen rural, de bajos recursos, se asentó sobre aquellos espacios donde el suelo era más barato y accesible: los antiguos arrabales, de tradición obrera. Así ruge la otra parte del barrio, los Tiradores Altos, escalando las laderas del Cerro Molina, esta vez en zona de umbría, albergando principalmente a jornaleros y peones de la construcción. Entre los Tiradores Bajos y los Tiradores Altos pasaría un barranco (actual calle del Cristo del Amparo), hoy irreconocible tras la urbanización del barrio, por donde discurría el arroyo Cantarranas, que conducía las aguas de las laderas del Cerro Socorro y el Cerro Molina hacia el río Huécar.

Vista de Los Tiradores. A la izquierda abajo, los Tiradores Bajos y en la parte derecha, Los Tiradores Altos. Entre medias discurre el arroyo Cantarranas. Autor: desconocido

Propulsado por esta tendencia de crecimiento poblacional, el barrio pasó de los 149 habitantes censados en 1856 (un total de 46 familias en 30 casas) a 259 en el año 1900, y a 1298 en 1931. En los años 60 del siglo XX, cuando el barrio alcanzó su máximo poblacional, se sobrepasaron los 1500 vecinos y vecinas, siendo la mitad de ellos inmigrantes que procedían de los pueblos. Hoy en día, apenas se registran 1115 habitantes, fruto de la constante despoblación que se observa en el barrio desde los años 70.

Respecto a la configuración y morfología del barrio, en el año 1931 el teniente de alcalde, Francisco Torralba, lo describía así: “casi todas las viviendas enclavadas en estos barrios han sido construidas por sus moradores a fuerza de sacrificios y privaciones, por cuya causa no han podido ni pueden ultimarlas en las condiciones debidas, viéndose muchas de ellas con las fachadas sin revocar y siendo su aspecto lamentable, tanto individualmente como en conjunto”. Esto dio lugar a un entramado de calles muy anárquico, adaptado a las curvas de nivel, dominado por casas obreras de una o dos plantas. Más allá del mencionado arroyo Cantarranas, destaca como otro eje de crecimiento un antiguo camino rural, el cual fue bautizado como Calle Real (actual Diego Ramírez de Villaescusa).

Este crecimiento tan rápido y pronunciado de la ciudad provocó graves problemas de salubridad, que afectaron, como es de esperar, especialmente a los barrios populares. Desde el siglo XIX se apunta a la contaminación del río Huécar como uno de los causantes de los habituales episodios de cólera que sufría Cuenca. Destacan vertidos incontrolados, como los del matadero municipal, de las tenerías de la puerta de Valencia o de las charcas que se conformaban junto a las fábricas de yeso en las faldas del Cerro Molina.

Puerta de Valencia en el s.XX, donde se agolpaban las tenerías. Autor: desconocido.

Todo ello contribuyó a una visión muy negativa del consistorio sobre los barrios populares como Tiradores, llegándose a proponer en el año 1935 la desaparición de las “barriadas insalubres”, aunque no se realizó finalmente. En 1941, el Proyecto de Ordenación de Muñoz Monasterio propone mantener los barrios, sin acabar con ellos, mejorando servicios y salubridad. No obstante, no llegaron a hacerse muchos avances de mejora en el barrio. Pero la gran amenaza a su existencia se presentó con el Proyecto de Ordenación de 1963, en el cual se declara a los barrios como Tiradores “suburbios a extinguir”. En este caso, parece una propuesta posible, pues pocos años atrás habían acabado con La Guindalera, y estaban en plena expansión urbana de la ciudad. Es el comienzo de la especulación inmobiliaria en España y, por tanto, también en Cuenca. Sin embargo, nunca se atrevieron a llevarlo a cabo. Quizás, eran barrios con demasiada población, lo que podría ocasionar numerosas protestas e, incluso, un grave problema de reubicación de los vecinos y vecinas. El ayuntamiento parece centrarse en estos años en la expansión hacia otras zonas, como La Paz, las Quinientas o el Paseo de San Antonio.

A partir de 1960 el barrio empieza a perder población, frenando su crecimiento constante. Esto se debe a varios problemas: mala calidad de equipamientos, carencia de espacios libres o problemas de accesibilidad y habitabilidad. Lo poco que se arregla en estos años es la cercanía de la Puerta de Valencia, la calle Diego Ramírez de Villaescusa y el sector oriental de barrio, hacia el cerro de Molina, donde se situarían los nuevos depósitos de agua de la ciudad. Empieza un proceso de envejecimiento del barrio que llegará hasta nuestros días.

Construcción de los depósitos de agua en el Cerro Molina. Autor: desconocido

Al hablar con Hortensia Monleón Cólliga, vecina del barrio desde su nacimiento, recuerda Los Tiradores como un barrio humilde en aquellos años, trabajador, donde las calles sin alcantarillas parecían hechas de barro y las casas se erigían frente a sembrados que circundaban el barrio. Sembrados donde las gallinas que todos los vecinos tenían en sus casas salían a comer. Unas calles tan inaccesibles que impedían que subieran vehículos para repartir la necesaria leña para el invierno, siendo aún tarea de las caballerías esta subida.

El agua para las casas la recogían de las fuentes del parque de San Julián. Para lavar la ropa iban al propio río Huécar, aún sin encauzar por aquellos años. estaba a pie de calle. En los años 70 llegó el agua a las casas.

Sin embargo, según confirma Hortensia, el gran cambio en cuanto a la urbanización y el arreglo de las viviendas ha tenido lugar desde los años 90. Hoy las calles arregladas parecen alumbrar la dignidad de un barrio durante siglos olvidado.

Los oficios y ocupaciones.

Como ejemplo de la ciudad productiva desde su nacimiento hasta el día de hoy, el barrio de los Tiradores ha alojado multitud de trabajadores de muy diversos oficios.

Según relata Hortensia, “aquí en este barrio había muchos albañiles, también electricistas, fontaneros, carpinteros… Trabajaban en las fábricas de madera, en la carretera de Valencia”.

En su origen, como ya se ha apuntado, la mayoría de sus vecinos se vinculaban a la industria textil, tanto para el secado como para el tinte, debido a la cercanía al gremio de tintoreros. También se conoce la existencia de tenerías (fábricas de cuero) en las orillas del río Huécar.

Como se ha descrito, a mediados del siglo XVIII había principalmente pastores y jornaleros agrícolas, pero también peones de albañil, mozos de molinos, curtidores (trabajadores de las tenerías), zapateros o carpinteros. Entre los molinos cercanos en los que pudieron haber trabajado estos mozos, destaca el de San Martín, junto al actual Auditorio de la ciudad.

A mediados del siglo XIX este molino ya no está en funcionamiento, pero surgen otros oficios en las cercanías (además del impulso de la madera), principalmente relacionados con la construcción, como yesares en el entorno de la actual calle Segóbriga. Por otro lado, en el año 1877 se ubica en las faldas del Cerro Molina una Fábrica de Cerillas donde estuvo la antigua Casa de la Pólvora.

La Fábrica de Cerillas en estado ruinoso junto a los yesares en lo que hoy conforma la calle Segóbriga. Al fondo, casas de Los Tiradores, en el sector de Santa Teresa. Segunda mitad del siglo XX. Autor: desconocido

No obstante, la ganadería y la agricultura siguieron teniendo un peso determinante en la vida del barrio. Rodeado de sembrados y eras, muchos vecinos dependían de estos o de las huertas del Huécar para subsistir, así como del cuidado de gorrinos o gallinas en sus corrales como alimento familiar. La ganadería no se quedaba atrás, pues la Cañada Real Conquense cruzaba en las cercanías del barrio. Además, elementos como la Tiná de Patiño o la Fuente del Canto, en la zona de influencia del barrio, han tenido gran relevancia en la ganadería. Como ejemplo de esta pervivencia del pastoreo, destaca el ejemplo de Nemesio, el cabrero de Los Tiradores.

Como anecdótico, los pocos oficios del sector terciario que han existido en el barrio. Prácticamente protagonizados por las contadas tiendas de ultramarinos que había en el barrio, ocupando en general la planta baja de las casas de sus regentes. Tiendas como la de los padres de Hortensia, en plena Calle Real.

Los arrabales como refugio de la cultura rural.

Si hay un ejemplo de ciudad-paisaje, como denominó Troitiño a Cuenca, son sus arrabales, como Los Tiradores, auténticos refugios de la cultura rural. Es un claro ejemplo de integración entre el ser humano y su entorno natural, utilizando los recursos cercanos, estando ligados al medio. Esto se observa en su arquitectura vernácula, con casas de autoconstrucción hechas a base de piedra, cal, yeso, teja y madera, todos ellos obtenidos en las cercanías. Una configuración adaptada a las curvas de nivel, permitiendo el paso de las aguas en tiempos en los que el alcantarillado era sólo una ilusión.

Aún hoy, al pasear por sus calles, se perciben los conocimientos de sus habitantes, tan necesarios para las gentes humildes que necesitaban proveerse de alimento y refugio. Sus plazoletas con tiestos, sillas y mesas apuntan a algo más: en estos lugares pervive la comunidad, donde lo público se entiende como comunitario.

Gran ejemplo de esta comunidad fue la hazaña de la construcción de la Capilla de Fátima. Hortensia lo recuerda, destacando el marcado papel que tuvo en ello el cura Francisco Bermejo. Tras conseguir los vecinos la cesión del terreno por Patiño, fueron los propios vecinos quienes construyeron colectivamente la ermita, pues no había presupuesto para ello. Empleando materiales que donaban unos y otros de sus casas o trabajos, utilizando las horas de sus descansos laborales, los vecinos se volcaron en esta construcción bajo la dirección de algunos de ellos que eran oficiales albañiles.

Inauguración de la Capilla de Fátima en el año 1967. Autor: desconocido

En un mundo que cada vez nos aleja más de nuestra naturaleza, cada día cobra mayor importancia encontrarse con ella. Estudiar ejemplos como el de la historia de este barrio de Tiradores puede ser un buen comienzo.

Referencias

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  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación.
  • Vestal Etnografía (2026). TIRADORES, un BARRIO con mucha HISTORIA, con Hortensia Monleón Cólliga. https://www.youtube.com/watch?v=fg1I4O0gsg4&t=490s

Actuación financiada por el Ayuntamiento de Cuenca y el Ministerio de Cultura, con cargo a las Ayudas para proyectos de conservación, protección y difusión de bienes declarados Patrimonio Mundial.

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