El Arrabal del Llano: el jardín entre Carretería, Los Tintes y el Campo de San Francisco 

El Arrabal del Llano: el jardín entre Carretería, Los Tintes y el Campo de San Francisco 

La ciudad de Cuenca obtiene su fama por ser un antiguo nido armado sobre la inmortal piedra. Colgando sobre el precipicio, añorando con un día volar sobre las hoces labradas por el agua del tiempo, provoca a la imaginación y desafía al sueño. Pero hay otra Cuenca. Una ciudad agazapada, mundana, siempre baja y también olvidada. Evitando las alturas (1) se fue conformando como la puerta accesible, productiva y comercial.  Calles, plazas y huertas que, subordinados en altura, permitieron alzar palacios y conventos sobre la inalcanzable piedra. Una ciudad humilde y callada, que forjó la verdadera identidad de Cuenca.

Panorámica actual del Centro de Cuenca desde el Cerro del Socorro. Fuente: Autor

El perdido Arrabal del Llano, conocido, hoy en día, como Centro de Cuenca es un entramado urbano familiar y vertebral para la ciudad pero que, sin embargo, es mayoritariamente desconocido. Un espacio que conectaba las puertas y entradas a la ciudad con sus caminos, que se hermanaba con los ríos, y hoy sólo se puede saborear a través de fuentes históricas como las Vistas desde el Oeste de Anton Van den Wyngaerde (1565) o la Panorámica de Llanes y Massa (1773). Documentos que, sumados a los análisis e investigaciones de Pedro Miguel Ibañez, Jiménez Monteserín y Miguel Ángel Troitiño son materiales ineludibles para poder conocer la ciudad de Cuenca.

El Arrabal del Llano de Cuenca. Fuente: Anton Van Wyngaerde (1565). Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde el Oeste (1565) de van den Wyngaerde

Aquel Arrabal del Llano, tan vetusto como puede ser la ciudad misma, formaba un triángulo urbano delimitado por tres definidas aristas. Una primera que sigue la línea natural e impertérrita del río Huécar entre la Puerta de Huete (Puente de la Trinidad) y la de Valencia; otra segunda que forman las hileras de casas que cobijaban el desaparecido Campo de San Francisco, y una tercera, que es la icónica calle de Carretería. Un triángulo urbano que envolvía un jardín interior de acequias, frutales y huertas y que puede perfectamente apreciarse en los mapas históricos como el de  Mateo López (1800) o el de Francisco Coello (1850) y que se desvanece ya en el siglo XX.

Detalles del Arrabal del Llano en dos mapas históricos, de izquierda a derecha, Mapa de Mateo López (1800) y de Francisco Coello (1845), y la fotografía aérea del Vuelo Americano de 1956.

De los tres vértices que formaban este triángulo urbano, empieza nuestro recorrido donde termina la Hoz del Huécar, a los pies calcáreos del Cerro Socorro y de San Cristóbal, en un recogido rincón de fábula que forman la desaparecida Puerta de Valencia (2) y el Convento de la Concepción Franciscana (3). Desde aquí, el río sigue, a un paralelo unísono, con la Calle de los Tintes. Su nombre proclama la identidad más profunda y definitoria de nuestra ciudad: la lana y sus paños. Aquella Cuenca a la que Mártir Rizo, en 1621, aseguró que “no se sabe en España que sean más finos los colores de la lana que los que aquí se tiñen, que es una de las cosas que han hecho a esta ciudad tan nombrada”. 

Sigue nuestro paseo por el viejo arrabal, en vez de bajar las aguas del Huécar, tomando la retranqueada calle de las Torres, para así alcanzar uno de los lugares más emblemáticos de la vieja ciudad: el Campo de San Francisco. Pivotado por el bloque cuadrangular del edificio del Alhorí (4), más tarde Cuartel de Tropas Milicianas, se abría en una suave pendiente hasta los edificios porticados del cerrillo de San Roque y la Ventilla (5), donde terminaba la ciudad. El lado izquierdo era delimitado por una hilera de casas porticadas que, algunos documentos históricos, llaman como Portales de Esquivel; y, en el lado derecho se encontraba el complejo arquitectónico que daba nombre al espacio: el Convento de San Francisco.

Campo de San Francisco en la Panorámica de Llanes y Massa de 1773. Fuente: Jiménez Monteserín, M. (1983) Asomarse al pasado: la ciudad de Cuenca en 1773.

Hablar de este espacio es sumergirse en la vida de Cuenca en plena floración: mercados, actos religiosos, ceremonias festivas, exhibiciones militares, fiestas a caballo, suelta de toros, ajusticiamientos… Ejemplos concretos fueron el recibimiento que aquí se dio al rey Felipe II en 1564; el traslado de San Julián a una nueva urna de plata en 1695; o las ejecución pública de Mayor López, quemada en la hoguera en 1553. Por su amplitud, por sus correrías sociales y su aspecto castizo, podría considerarse como la verdadera Plaza Mayor de la ciudad.

Iglesia de San Esteban, antiguo Convento de San Francisco desde la zona de la Ventilla. Fuente: Postal antigua, editada por F. Cuesta alrededor de 1910-1915.

Perduró perenne hasta el siglo XIX.En 1885, se alzó en mitad de aquella histórica plaza, el Palacio de la Diputación Provincial. Un año antes, justo enfrente, se habían construído las Escuelas Aguirre por el mecenas Lucas Aguirre. Se fueron derribando las viejas casas con soportales y alzando altos y nuevos edificios de ladrillo. Finalmente, en 1961, se demolió el antiguo Convento de San Francisco, a cuyo edificio se había trasladado ya, en 1852, la parroquia intramuros de San Esteban. En 1970, se inauguraba la moderna iglesia de hormigón de San Esteban. La arquitectura popular y el aire genuino del Campo de San Francisco quedó oculto, casi invisible, bajo el poder del ladrillo y del hormigón.

Edificio de la Diputación Provincial de Cuenca, construido en 1885, donde se encontraba el amplio Campo de San Francisco. Fuente: TodoColeccion

Así llegamos al otro de los vértices de este espacio triangular, el cual conforma la confluencia del Campo de San Francisco con la, que podríamos decir, la calle más importante de la ciudad: Carretería (6). Este punto de encuentro, conocido a lo largo del tiempo como Calle Ancha y Plaza de la Hispanidad, conectaba a través de la Calle de los Herreros con La Ventilla, entrada final de la ciudad. De aquí partía, larga como una culebra y resguardada bajo los cerrillos de San Agustín y Los Moralejos, la vía principal de enlace entre los caminos que llegaban de Levante y La Mancha con aquellos de Madrid y del norte.

Plaza de la Hispanidad desde donde comienza Carreteria, a la izquierda, a mitad del siglo XX. Fuente: TodoColeccion

Carretería, o antigua Calle de Madereros, queda documentado ya en 1418 y sólidamente consolidado en el siglo XVI de cuando fue empedrada por el corregidor Pedro Ordóñez de Villaquirán alegando “que en tiempos de invierno pasaba la gente mucho trabajo…por los lodos que había”. Su nombres, al igual que la Calle de los Tintes, delatan su irrevocable sentido del rodar de carros y carretas cargadas con largos troncos procedentes del Júcar, de coloridas telas dispuestas a volar a otras tierras, de vino y aceite manchego… y de verduras y frutas levantinas. Sus esbeltos edificios cobijaban ventas, mesones y tabernas donde bajo sus dinteles se encontraban las gentes de Cuenca, con aquel castellano que decían Baroja y Raúl del Pozo que era el más fino y auténtico, con el de tantos acentos forasteros… ¡Cuántos flamencos y genoveses no soñaron, un día de aquellos, entre sus viejas paredes, en encontrar la fina lana merina y la verde palmilla (7)!

Detalle de la Calle de Carretería o Madereros, escondida tras el Cerrillo de San Agustín y Moralejos, en la Vista del Oeste de Wyngaerde. Fuente: Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde el Oeste (1565) de van den Wyngaerde

La transformación de Carretería puede marcarse en dos épocas claras. Una de crecimiento demográfico que, al igual que ocurrió con los Arrabales de Tiradores y San Antón, hizo que el barrio de Los Moralejos se extendiera sobre el cerro trasero y quintuplicara la población a finales del siglo XIX; y el otro, casi un siglo después, cuando se llevó a cabo la demolición de estos cerros, bajo la firma del progreso, y se fue construyendo sobre las aledañas huertas. Las viejas colinas y las tiernas huertas de Cuenca fueron desapareciendo y el recogido Arrabal del Llano, extendiéndose hacia las circundantes eras y lejanos campos. 

Carretería en los años 70. Fuente: UCLM. Historia de la Facultad

Y aún queda por mostrar el gran tesoro natural que guardaba la ciudad. El relleno del Arrabal del Llano era un deleitoso espacio de frutales y huertas, el “jardín interior” de la ciudad como lo llama Pedro Miguel Ibañez, que ocupaba la parte más honda de la ciudad. Fértiles tierras del Huécar ornamentadas con árboles y acequias, que un día pudieron ser el espacio de la mitológica albufera árabe que menciona Al-Sala y Al-Edrisi y sólo divididas por la Calle del Agua que conectaba la Carretería con la Puerta del Postigo (8). Huertas como la del Palo, de las Callejuelas o del Retiro que fueron desapareciendo mientras se levantaban sobre ellas edificios y espacios modernos como las Escuelas Aguirre (1884), el Parque de San Julián (1910), el Banco de España (1921), el Hotel Iberia (1926), la Plaza de España y el Parque del Huécar. Hoy no hay rastro de ellas, ¡pero durante siglos no hubo río que tuviera tantas huertas desde que nace hasta que muere como las tiene el Huécar en sus dieciséis kilómetros!

Huertas del Puente de Palo. Fuente: Edición Garay. Photogr. Leirado. Coleccion de Autor

Y finalmente se llega al último vértice de la ciudad, el cual lo marcaba el final de la calle Calderón de la Barca, a los pies del Hospital de Santiago y las casas del Arrabal de la Trinidad. Paralelo, el curso del río Huécar se entrega a su hermano el Júcar, bajo las faldas del puente de la Trinidad que daba acceso a la otra gran puerta de la ciudad: la Puerta de Huete (8). Aguas abajo, se vislumbra el Puente de San Antón y su barrio, pero eso ya son historias que pertenecen a las aguas verdes del Júcar. 

Este viejo barrio, hoy conocido como Centro de la ciudad, no formó parte en la Declaración como Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo, siempre hubo a los pies de la ciudad que añora volar, un entramado de huertas, plazas, soportales y calles que observaba el pasar de la Historia de aquel enjambre fantasioso de tejados donde se distinguen los ojos de las ventanas. Ojos que se fueron cerrando y sumiendo en un sueño clerical, mientras observaba como aquella ciudad agazapada, el Arrabal del Llano de Ibañez, y la ciudad “viva y productiva” de Troitiño, se iba transformado y ensanchando, para convertirse en la verdadera ciudad donde duerme Cuenca. 

Vista del Arrabal del Llano desde el Cerro de la Majestad, en la primera mitad del siglo XX. Fuente: TodoColeccion
(1) Así lo corrobora, aún en el siglo XIX, Madoz al decir que “las calles son estrechas, torcidas y penosas por sus grandes cuestas, no obstante que en estos últimos años se han suavizado mucho las principales”.
(2) La Puerta de Valencia, guarnecida con torres, se cita en el Fuero de Cuenca como “lugar en que los vecinos entregarían diariamente sus animales al dulero para que este los llevase a pastar”. Fue escenario de batallas como la de 1449 entre los partidarios de Diego Hurtado de Mendoza contra los del Obispo Don Lope de Barrientos. Fue reparada en 1479 y luego en 1574.  Finalmente derribada en 1866.
(3) El Convento de la Concepción Franciscana está formado por iglesia, claustro y dependencias monásticas. Documentado en 1504, su construcción debió ser anterior. Fue reconstruida totalmente, entre 1768 y 1771 por José Martin de Aldehuela, y sólo conservó renacentista la parte superior de la portada. El número de religiosas en 1591 era de 40, lo que la colocaba a la cabeza de los monasterios femeninos de la ciudad. 
(4) Sebastián de Covarrubias, describe que “En Cuenca alholí es la casa de la ciudad donde tienen recogido el pan para proveerla con dar trigo a deshazer o massar a panaderas”. 
(5) El lugar de la Ventilla aparece ya en documentos del siglo XVI como la puerta de la ciudad. Por ejemplo, para aislar las reyertas sucedidas en 1599 como consecuencia de la epidemia de peste se menciona cerrar “la puerta de la Uentilla de esta ciudad donde se guarda la entrada” y en procesos recaudatorios, como aparece en el mismo año, a un tal Gregorio López para una inspección de vino y el cual se resistió “a la guarda que está puesta en la puerta de la Uentilla de esta ciudad por donde se entra a ella”.
(6)El arquitecto Fray Alberto de la Madre de Dios describe este paisaje de Carretería y Campo de San Francisco: “es el lugar donde viene todos los bastimentos que entran en esta ciudad, que los traen en carros de la Mancha y otras partes, los cuales aunque quieran no pueden subir a donde está la Inquisición”.
(7) La palmilla era un paño fino de alta calidad y que queda inmortalizado en la literatura en el capítulo XXI de la II parte del Quijote cuando Sancho Panza exclama “A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que según diviso, que las patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos”.
(8) La Puerta del Postigo fue reedificada en 1579. Denominada como postigo de Santo Domingo en el siglo XIV, la flanqueaban al menos una torre en el siglo XV (derribada en 1483 por su mal estado). También hubo un antiguo molino de la presa del Postigo.
(9) La Puerta de Huete, también conocida como Puerta Nueva, pudo ser construida en el siglo XV junto al puente también llamao Puenseca. Fue demolida en 1792.

Referencias

  • Ibáñez Martínez, P. M. (2006). La Vista de Cuenca desde el Oeste (1565) de van den Wyngaerde. Cuenca: Diputación Provincial de Cuenca.
  • Jiménez Monteserín, M. (1983) Asomarse al pasado: la ciudad de Cuenca en 1773.
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado I.  C.S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1949
  • López, M. (c. 1800). Memorias históricas de Cuenca y su obispado II.  C.S.I.C. y Ayuntamiento de Cuenca, 1953
  • Mártir Rizo, J. P. (1627). Historia de la muy noble y leal ciudad de Cuenca. Madrid: Herederos de la viuda de Pedro Madrigal.
  • Muñoz Soliva, T. (1867). Historia de la muy N. L. e I. ciudad de Cuenca y del territorio de su provincia y obispado, desde los tiempos primitivos hasta la edad presente. Cuenca. 
  • Troitiño, M. A. (1984). Evolución y crisis de una vieja ciudad castellana. Madrid: Editorial de la Universidad Complutense.
  • Torres Mena, J. (1878). Noticias conquenses: recogidas, ordenadas y publicadas. Imprenta de la Revista de Legislación.
  • https://mirandoacuenca.net/2020/11/05/iglesia-de-san-esteban-de-cuenca-lo-que-fue-y-lo-que-pudo-haber-sido/
  • https://cuencaenelrecuerdo.es/pvalencia.php

Deja una respuesta