Una plegaria por ti

Una plegaria por ti

Amanecer silencioso,

                                     de aquellos que saben a derrota por completo, de aquellos que por más que intento dar la vuelta a la moneda y aparentar que todo está bien, no logro ver más allá de lo oscuro e indignante que fue la peor decisión de mi vida, que por creer o soñar en un ingenuo amor a mis 15 primaveras, me doy cuenta, que en cada vuelta en mi cama, intentando conciliar el sueño, solo consigo desesperación y que mi cuerpo completo, se llene de rabia, aparte del enorme hueco que está a mi derecha, que cada día es más inmenso y parece imposible de cubrir.

No soy mujer fácil de dominar, ni mucho menos de que le suelten un hueso, mueva mis fantasías y me quede tan tranquila, como cubriendo mis ojos y no ver nada de lo que sucede a mi alrededor.

¿Y qué sucede? Pues que han pasado ya varios días y no sé nada de Esteban, su ausencia es tan compleja, que a veces creo es mejor estar así, sola, con mis críos, haciéndome cargo de todo, viéndolos crecer, alimentándolos con mi pecho; pero creo que no es del todo bueno, porque a veces ellos me piden a su padre, preguntan por él, y la verdad, no se me nublan los ojos de agua, más bien se me hinchan los ovarios de rabia y comienzo a vociferar, todo lo que viene a mi cabeza y que al final termina siempre en su madre.

Se lo que él hace y con quien, sé que tiene otra mujer y que tiene dos críos con ella, que la visita cada dos o tres semanas por varios días, a mí me dice que va a trabajar a otra parte, que aquí no hay trabajo, pero yo sé que no es cierto, sé que me miente y yo lo permito.

El medio día es tan largo

                                            como el mismo tamaño del cielo azul que cubre mi cabeza, los gorriones pecho rojo aun no comienzan a cantar hoy, las flores del jardín, las miro un poco marchitas, solo la camelina que abraza mi cerca y parte del tejado de mi casa, luce tan radiante, como los ojos del tío Juan que parecen dos bolas de fuego, queriendo explotar, cuando se trepa sobre mí, y hace conmigo todo lo que sus bajos instintos apetecen.

Por eso digo, que el medio día es tan largo, así como el tamaño de su enfermedad, y como el pequeño momento que esta sobre de mí, que a mí me parece una eternidad. La vida se me está acabando en un instante, y ese instante no se repite jamás, lo que antes fue, solo quedará en recuerdos, y los traeré a la mente cada vez que quiera sentirme un poco feliz, porque a ratos la felicidad se me acaba por completo. Ya después, cada que se me acerca un hombre, el pecho se comienza a apretar y a quererme asfixiar, y aunque el recuerdo, conscientemente está bien guardado, hay una parte de mí que lo recuerda perfectamente, y como aprendió que un hombre puede ser peligroso y hacerte daño, pues no hace otra cosa que avisarte, que tengas cuidado.

Que cruel fue la vida conmigo, ni siquiera tuve oportunidad de sangrar normal, como cualquier mujer comienza su travesía con esos signos. Sangré por dolor y por terror, tragándome el llanto que me ahogaba, cerrando mis brazos para no ver sus ojos endemoniados tragarme con cada caricia. Y es que jamás pude expresar lo que me sucedía y quien era el perpetrador. Tenía que permanecer callada, silenciosa, crujiendo de mi piel hacia dentro, con la amenaza de que, si abría mi alma y salía el llanto, lo peor podía suceder.

Alguna vez pensé, ¿qué es lo peor que puede suceder?, ¿no es ya suficiente esto que vivo?  ¿qué más puede pasar, que apague mi vida y mis deseos de caminar?

Los gorriones, volvieron a pararse sobre el durazno que se mira por la venta, revolotean de rama en rama, picoteando los frutos maduros; parece que algunos gritan, quizá lo hagan por mí, otros cantan, los demás platican, aletean y de pronto, emprenden el vuelo al siguiente durazno, así como yo anhelo, volar y desaparecer entre el canto de los gorriones.

La noche cubre el firmamento,

                                                     lentamente las calles se muestran sombrías, las casas pierden su esplendor y todo queda inmerso en la oscuridad que toca las puertas. Un trueno relampaguea muy a lo lejos, no se oye, se ve como alumbra y desaparece. Decía alguien que cuando el trueno se miraba así, en pocas horas una tormenta estaría sobre nuestra cabeza.

Llevo horas sin dormir, estoy más asustada que de costumbre, mi cuerpo me duele por completo, parece hubieran pasado mil caballos por encima de mi y me hubieran desquebrajado cada parte. Mis senos y mis pezones están hinchados y adoloridos, tanto, que quisiera arrancarlos y darlos a los perros. Y es que esto de dar a luz a un hijo, no es nada agradable, es la peor pesadilla de mi vida, y aparte no tener marido, parece ser otra desgracia terrible, y no se cual es peor y por cual llorar.

Desde hace unos meses, todos me miran con desprecio y vergüenza, parece que he cometido el peor pecado de mi vida y que he sido la peor de las Rodríguez. Siento cada mirada y desprecio sobre mi hijo, y a veces, hasta yo misma comienzo a creer que si es una vergüenza.

Todo era tan simple, como haber dicho no aquella tarde, pero las únicas palabras dulces que había escuchado en mi vida, me las dijo él, y como no iba a creerlas. Después me di cuenta, que solo fueron inventos, mientras me tenía en su lecho, porque jamás lo volví a mirar, la tierra se lo tragó en un instante.  Pero a mí, me trago el pueblo, mi padre, mi madre y no se diga la abuela María.         

Pero nada pude hacer, pensé en ir con la curandera del pueblo, no me atreví, sentí que la culpa jamás me dejaría, así que mejor decidí parirlo a costa de todo y todos.

Y aquí estoy ahora, postrada, mendigando que alguien tenga compasión de mí y mi Antonio, porque así se llamará, igual que su padre.

El día siguió acompañado de la lluvia, ya no había truenos, solo agua y viento, que parecen llorar al asomarse entre las rendijas de la troja de madera. Mientras, Antonio llora con tanto fervor, como hambre y leche tiene su madre.

Los tiempos han sido como montañas inmensas, incapaces de tocar el cielo, pero cada vez han contribuido a afianzar los méritos, de quienes alguna vez hemos soñado con un estilo y forma de vida un poco más pleno y congruente.  Los actores de esta gran serie, somos las mujeres y los hombres que vivimos hoy, parece que el peor momento de nuestra historia, donde hay mucha verdad en ellas, en su lucha, en su igualdad, en su merecer, en su desear, en su estar hasta la mad… de ellos, de nosotros, de lo que fue, de cómo fue, y se que esto apenas comienza y durará el tiempo que sea necesario, para poder encontrar un equilibrio entre ambos.

Creo que es tiempo de reconocerlas, pedirles perdón, mirarlas como igual, ayudar a sanar esas heridas que fueron provocadas por nosotros mismos, abrazarlas, acariciar su mirada y cada parte de ellas. No basta con pedir perdón, lo sé, es necesario honrar y agradecer que una mujer nos trajo a la vida, y por otro lado debemos ser conscientes de tomar esa parte femenina que todos traemos en nuestro ser y ponerla al servicio de lo que se necesita.

De ahí creo, que para que nuestras sociedades puedan funcionar mejor, es necesario equilibrarnos como tal, sin equilibrio no hay igualdad y sin igualdad no hay paz. Por supuesto que esto no es una receta mágica, es una simple mirada de lo que acontece y me rodea.

Hay tantas historias en mi vida, como mujeres he conocido, mi esposa, mi madre, mis tías, mis abuelas, mis bisabuelas, tatarabuelas, etc. En todas ellas he visto una historia en particular, he experimentado como cada una me ha cimbrado, me ha dolido, y me he desvanecido junto con ellas, pero también aprendí que se necesita un sol y una luna, y que entre los dos dan sentido a la vida. Agradezco a ellas que hoy estoy aquí para mostrar que se puede mirarlas desde otro ángulo a pesar de la miseria y la inhumanidad en que muchas vivieron y terminaron sus días, mientras otras continúan en su lucha diaria.

Gracias por darme un pecho para alimentarme,

gracias por abrazarme y darme la seguridad,

gracias por cubrirme de la intemperie

y por creer que en algún momento

sería el ser que soy ahora.

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