Relato de una pastora

Relato de una pastora

Hoy Rufino me ha dicho que estoy haciendo un acto heroico. Estoy harta de que me pregunten para qué tengo las cabras.

Foto de Lucía Cerra

—¿Vas a hacer queso, yogur o son para carne? —No, no tengo un plan, no empecé en esto pensando en producción ni en dinero.
Y ahí, justo después, siempre viene la pregunta: —¿Y para qué las quieres? —…me hacen feliz.

Foto de Lucía Cerra

Me hace feliz recorrer los montes con ellas, verlas crecer, tener que ir a buscarlas trepando por las paredes de piedra, pelear (las cabras son animales libres), recorrer de nuevo los caminos que se estaban cerrando por el abandono y que ellas van sacando a la luz, volver corriendo al pueblo para preguntarle a José Manuel, con mapa en mano, cuáles son sus nombres, aprender a localizar los praos y las cuadras que hoy esconden las zarzas y el matorral, los antiguos derechos de uso, saber la toponimia de cada paso que doy, descubrir las historias de las personas que los árboles vieron y que yo jamás veré. Me hace feliz.

Foto de Lucía Cerra

Ángel fue el último cabrero del pueblo. Le dio el rebaño a su hermano, no podía soportar ver como cada vez más, las cabras que criaba con tanto cariño y esmero, las mataba el oso o el lobo también, porque todo se ha puesto mucho más difícil.. Él enseñó a Diego, un chico joven del pueblo que comenzó a ir a las cabras con Ángel a los 14 años; a los 17 empezó su propio rebaño con un par que le compró. Hoy, con 33 años, su rebaño ya alcanza las 70 cabezas.

Ahora es él quien me enseña a mí. Creo que Diego tampoco tenía un plan cuando empezó.

Foto de Lucía Cerra

Las cabras llegaron a mi vida sin querer. Sin querer, acabé en una cabaña en los Picos de Europa, cuidando de 78 cabras con dos amigas. Teníamos un objetivo y lo conseguimos gracias a estar cuatro meses peleando por aprender a traer las cabras de vuelta a la cabaña todos los días. Ellas fueron el camino para poder escuchar y conectar con los pastores, con la piedra, con la niebla. Separarme de aquellos animales y su entorno fue romper una parte de mí que había nacido en las brañas, rodeada del sonido de cientos de cencerros.

Foto de Lucía Cerra

Al volver al pueblo, solo podía pensar en las cabras, en lo que echaba de menos correr detrás de ellas, pero sobre todo verlas. No podía evitar mirar las peñas de mi pueblo y no encontrarlas, así que empecé a ir con Diego y su rebaño. Al tiempo compré dos cabras; creo que este año me pondré en casi veinte, si todo va bien.

Foto de Lucía Cerra

Al principio, a pesar de estar entusiasmada, tenía mucho miedo: miedo por el compromiso, a cómo me iba a condicionar la vida, con lo difícil que es ya de por sí vivir aquí, encontrar un trabajo cerca del pueblo, llegar a fin de mes, pagar el alquiler y , por si fuera poco,complicarla más. También tenía miedo a no cuidarlas bien, al oso, al lobo, a fallar y descubrir que esto no es lo mío. Intenté mantenerlas en un prao cerrado, seguras, controladas; no me atrevía a soltarlas. Pero las cabras son animales libres que siguen su propio plan, por eso me gustan tanto. Recuerdo el primer día que llegué al prao y no estaban. Mi amigo Toni me ayudó a buscarlas por todos lados; yo estaba muy nerviosa porque hacía solo dos semanas que había tenido mi primer parto y los cabritinos se habían ido con la madre. Cuando volví a la cuadra, ya rendida de buscar, me dio por mirar arriba. Ahí estaban todas, tan tranquilas, comiendo y disfrutando de la peña y sus encinas, con las orejas apuntando hacia mí e ignorándome completamente, diciéndome con su expresión calmada que me tocaba subir por ellas. Ahí fue el primer día que fui pastora.

Foto de Lucía Cerra

A partir de ese día comencé a trepar las peñas con ellas, a dejarlas ser, a pasar el día arriba, a llevarme mi libreta y un libro siempre en la mochila, para caminar, trepar y descubrir a su lado. Cada día que pasaban arriba, iban limpiando un poquito más el camino, mordisco a mordisco. Y yo fui aprendiendo y descubriendo mi entorno poco a poco, al ritmo que ellas marcaban. Con ellas comencé a habitar el monte.

Foto de Lucía Cerra

Los vecinos me paran cuando me ven bajar, los mayores con mucha ilusión. Josefina las busca con la mirada y me cuenta si las vio y revela las recetas de los quesos que hacía en casa. Ángel, siempre atento a saludarme al ir a atender, me cuenta las historias de los cabreros que usaban las peñas junto a él y las historias que le contaban de los que, cuando él era niño, ya no estaban. Ellas abren poco a poco la memoria de los vecinos, como hacen con el paisaje. Rufino tiene miedo de que me encuentre con el oso un día bajando de noche.

Foto de Lucía Cerra

Cuando me preguntan para qué las quiero, ya no sé qué decir. Quizá las quiero porque me descubren un camino que no conocía, uno en el que de ninguna otra manera me habría fijado, o simplemente porque, cuando estoy en las peñas, desde ahí arriba , en lo alto de una encina, tan lejos del suelo, siento que pertenezco al paisaje.

Foto de Lucía Cerra

Deja una respuesta