Publicar una storie con fondo negro, letras blancas y una frase contundente. Reaccionar con el emoji de fuego a una denuncia. Compartir un post o inventar un hashtag. A eso lo llamamos ahora “compromiso” y al hacerlo sentimos algo parecido al “deber cumplido”. El sistema ha logrado su mayor truco: desactivar lo político disfrazándolo de participación.
Vivimos en tiempos donde todo puede ser compartido. Pero compartir no es lo mismo que intervenir. En la hiperconectividad, “ser testigo” parece equivalente a “ser parte”. “Estar informados” similar a “estar implicados”. Vivimos atrapados en un espejismo donde opinar parece sinónimo de transformar. Como si decir “yo también” bastase para no ser cómplice.
Pero lo político —el cambio real, el que incomoda, el que raspa, el que transforma— exige algo más que visibilidad. Exige ceder, moverse, incomodarse. Exige renunciar, dejar de tener la última palabra. Requiere cuerpo. Y nuestros cuerpos hace tiempo que están sentados, desplazando el dedo sobre la pantalla como si eso fuera suficiente para “estar con la causa”.
Nos hemos acostumbrado a actuar desde un yo omnipresente, cuidadosamente editado. Activistas de lo simbólico, influencers de lo moral, voceros de lo obvio. Pero ¿qué hay detrás del post que denuncia el genocidio, la ley injusta, la represión policial? ¿Qué sigue después de compartir? ¿Qué acción nace después del retuit?
La arquitectura de las redes sociales está diseñada para gratificarnos. Nos premia con atención y validación. No compartimos para amplificar, compartimos para pertenecer. No señalamos injusticias para transformarlas, sino para asegurarnos de que se sepa que no estamos del lado equivocado. El foco no está en la causa, sino en nuestro lugar en ella. No se trata de qué decimos, sino de que se sepa que lo dijimos.
La red social convierte cada gesto en performance. La indignación, en una reacción de 24 horas. La denuncia, en una story efímera. Todo pasa rápido, todo se diluye. Y el sistema, lejos de tambalearse, se fortalece: logra mantenernos pasivos mientras nos sentimos activos.
Es cierto que, en algunos casos, una publicación puede tener un efecto real. Especialmente cuando proviene de alguien con visibilidad, con acceso a los circuitos de poder. Un personaje público, un referente, alguien cuya palabra tenga consecuencias. Ahí sí: esa storie puede generar presión, abrir conversaciones institucionales, sacudir inercias. Pero para quienes no llegamos a esos estamentos de poder, reproducir el mensaje dentro de nuestros círculos es una práctica insuficiente. Reproducimos el mensaje dentro de nuestro círculo de iguales, sin buscar estrategias reales para hacer llegar nuestra voz a los espacios de toma de decisiones.
Cuando subimos una storie apoyando una lucha, muchas veces no estamos diciendo “esto me importa”. Estamos diciendo “yo soy de los que se preocupan por esto”. Es un acto de
autorrepresentación, más que de solidaridad. Y es ahí donde el gesto, por más bien intencionado que sea, pierde potencia.
La política real —la que nace desde abajo, desde los márgenes, desde los cuerpos en lucha— no necesita likes. Necesita gente que se levante. Que use su privilegio para abrir espacios, no para reafirmar su rol como aliado. Que entienda que no se trata de tener razón, sino de construir algo más allá del yo.
Practicar la solidaridad implica preguntarnos: ¿Estoy ocupando un espacio que no me corresponde? ¿Estoy dispuesto a desaparecer del centro para que otras voces sean escuchadas?
El privilegio, cuando no se reconoce, se convierte en barrera. Pero cuando se reconoce, puede convertirse en herramienta. No para salvar a nadie, sino para ceder ese espacio privilegiado, para apoyar sin protagonismo, para poner el cuerpo sin reclamar crédito.
La política no es una opinión. Es una práctica. Y esa práctica empieza cuando decidimos levantarnos de donde estamos sentados. Literal y metafóricamente. Cuando dejamos la comodidad del scroll para salir a la calle, imaginar, escuchar, aprender, involucrarnos.
No todas las luchas son nuestras, y eso está bien. No siempre somos protagonistas. Pero siempre podemos ser parte, si estamos dispuestos a dejar de mirarnos a nosotros mismos todo el tiempo.