Eran las 22 horas del sábado 16 de agosto. Maldito sábado para tantos y tantos territorios del oeste peninsular. Tres amigas y yo estábamos a esas horas desde lo alto de la Peña Francia de Salamanca, en el corazón del Parque Natural Sierra de Francia - Las Batuecas, y en el horizonte hacia el sur, a lo lejos, concretamente, a 75 kilómetros, se veían dos grandes focos del fuego desatado en el incendio de Jaradilla, en Extremadura.
Había un silencio sepulcral. La panorámica estaba invadida por el humo. El olor a tierra quemada sobrecogía. Pero esa luz roja brillante, poderosa, que se veía en la no tan lejanía nos dejó en completo silencio. Como si fuéramos los propios monjes dominicos que habitan el Santuario de Nuestra Señora de la Peña de Francia velando por todas las almas.
Cuando descendíamos en dirección La Alberca, nos cruzamos en apenas 20 minutos conduciendo por carretera con unas cabras montesas, un zorro, un jabalí y dos garduñas, además de unas cuantas aves que me costó identificar. Pensé en las ya casi 200.000 hectáreas calcinadas en el oeste peninsular (dato para abrir ciertos interrogantes por cierto) y visibilizaba mentalmente los cientos de miles de animales que habremos perdido junto a los millones y millones de árboles que han sido devorados por el fuego.
Pensaba en lo más pequeño, en los pequeños seres vivos en los que no solemos pensar cuando ocurren las grandes catástrofes medioambientales: abejas, helechos, mariposas, libélulas, murciélagos, jilgueros, lagartos, ardillas, liebres, sapos, ranas, matorrales, flores silvestres, culebras…
Y de verdad que lloro de tristeza, rabia e impotencia.
Me acordé poco después, que precisamente tras otro fatídico verano, el del 2022, donde ardieron más de 60.000 hectáreas en Zamora en los incendios de Losacio y La Culebra, leí en la propia página web oficial de la ONU, que según un macro estudio que realizaron desde la agencia internacional sobre la vida que reside en nuestros bosques: más de 1000 especies de invertebrados se pueden encontrar en un solo metro cuadrado de suelo forestal en clima mediterráneo. Ni que decir sobre los árboles. Millones y millones de árboles ya han desaparecido de nuestros espacios naturales y nuestro medio rural.
No solemos pensar en toda la vida que hay en tan sólo un metro cuadrado. Y todo lo que perdemos si se quema ese metro cuadrado.
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Al día siguiente nos acercamos al Monasterio de San José de Las Batuecas, donde otros monjes, en este caso de la orden de los Carmelitas Descalzas, viven su retiro espiritual con gran dignidad, profundo silencio, y conectados al entorno natural. Tanto es así, que ese mismo año de 2022, también sufrieron un terrible incendio, aún visible, que casi les arranca la vida de cuajo.
Me quedo pensativo mientras veo, escucho, y siento correr el agua cristalina del río Batuecas junto a los esbeltos muros de piedra del enigmático Monasterio. Y pienso: ¿Qué mundo estamos dejando morir? ¿Qué mundo queremos legar a las personas que vienen por detrás?
Me hago también preguntas más sencillas y directas: ¿En serio el foco mediático sigue siendo la bronca entre machos alfas del poder o que unas cuantas decenas de personas no puedan coger un tren desde Madrid? Y luego vuelvo a reflexionar: ¿Qué estamos priorizando desde hace mucho? ¿A qué le estamos dando la espalda? Y me contesto:
A la vida. A eso le damos la espalda. A la naturaleza. Y a la humanidad. Escuchamos poco. Reflexionamos menos. Porque para escuchar y reflexionar hace falta parar el ritmo endiablado que llevamos en el cuerpo desde que existen las ciudades.
Es un fracaso como sociedad y como civilización que perdamos así nuestros bosques, nuestro medio natural y nuestro medio rural. El estilo de vida que llevamos está cada vez más alejado de un equilibrio con el entorno natural, acusando una falta total de coherencia y responsabilidad con el medio rural que nos nutre de víveres y vivires, con el lugar y el modo con el que adquirimos los alimentos y el origen de los mismos.
Ya decía Antonio Machado hace 80 años que tuviésemos cuidado con la sociedad que se iba a quedar en el momento en el que saliéramos al campo y no supiéramos llamar a las cosas por su nombre. No saber qué aves cruzan el cielo, no saber qué árboles crecen en nuestro entorno, no saber qué cumbres nos rodean… No saber nada o, peor aún, no querer saber nada de nuestro entorno, de nuestro hábitat natural y de la naturaleza que nos circunda es someternos a la ignorancia sobre lo más elemental. Si no conocemos algo, es difícil valorarlo y por tanto protegerlo.
Sin naturaleza no sobreviviríamos los seres humanos. Sin seres humanos, sí sobrevivirá la naturaleza. Sin medio rural no sobreviven las ciudades. Sin ciudades... probablemente sí sobreviva el medio rural. Nos hemos equivocado de prioridades
Actualmente, y a los dramáticos hechos de estos días me remito, no funciona el sistema para frenar esta debacle y esta decadencia del medio rural, de la calidad de vida de las personas que lo habitan y del medio natural que nos nutre de vida a todas las personas.
Cada dos años rompemos el récord de alcance de la devastación. Y no se ha hecho mucho para frenar y revertir esta situación. Incluso, como podemos leer en los datos que ha arrojado la UE recientemente, se recortan presupuestos, y no se cuida al personal, a los bomberos forestales y los montes como se requieren, ni de lejos. Esto es algo incomprensible y altamente estúpido.
Si algo aprendimos rodando y documentándonos con el documental “Brannia Ossaria”, sobre la Carta Puebla o Fuero de Brañosera (Palencia), todo un hito en el derecho medieval, fue que hace 1200 años las políticas ambiciosas y adelantadas de repoblación del Rey Alfonso Il de Asturias fueron efectivas y marcaron un antes y un después, considerándose, en el propio caso de Brañosera, la cuna del municipalismo al reconocer los derechos y privilegios sobre un territorio a sus pobladores.
La historia nos dice una y otra vez que somos capaces de causar los mayores desastres pero también las mayores hazañas y logros. Recuperemos la ambición. Recuperemos el medio rural, el medio natural y cuidemos a las personas que lo habitan. Estamos a tiempo. Siempre hay esperanza. Si no, no viviríamos después de un duelo duro. Y nuestra naturaleza nos dice que se puede superar. Podemos revivir tras un duro golpe. Podemos recomponernos y levantarnos. Es el momento de los grandes cambios que el momento dramático actual nos exige como civilización. Fuerza y ánimo a todas las personas que están sufriendo toda esta terrible pérdida. Reflexionemos. Exijamos. Visualicemos. Planifiquemos. Hagamos.