Margaritas para asnos

Margaritas para asnos

Vivimos en tiempos que se suceden rápidos y, a veces, impalpables. Destetados de los procesos pausados y estacionales de la naturaleza, estamos embebidos en una burbuja rebozada de continua información. Una masa almidonada de compuestos visuales como Internet, Instagram, Tik Tok, Netflix, Whatsapp, Amazon y un largo etcétera, que nos atraviesan veloces, e imprecisos, para agitar y confundir el orden natural de nuestro sistema nervioso.

Esta capa impide al mismo tiempo ver, y por tanto, observar y analizar, lo que sucede fuera de la burbuja. Y poco a poco va haciendo mella. Nos agita, nos confunde y, poco a poco, va creando nuestro marco de pensamiento. Nuestra forma de entender la vida. Mientras ella pasa con el paso inamovible de los días y la búsqueda instintiva, ancestral, de aferrarse una verdad. 

Y esto se traslada, de una forma esperpéntica, y casi surrealista, a la política. Una nueva política que trabaja como un noticiero de titulares alejada del interés por la retórica ni la oratoria. Una política adaptada al lenguaje banal y superficial de las redes sociales y azotada por los imperantes vientos de grandes empresas y medios de comunicación. Una tierra fangosa y cubierta de niebla donde la verdad se hunde.

La política, ese entramado cenital donde el pueblo ha depositado su soberanía, se convierte en un patio del recreo donde se suceden palabras banales y chillidos. En el momento de la historia donde hay mayor acceso a la educación y un gran porcentaje de la población tiene estudios académicos, los representantes de dicha sociedad parecen haber sido escogidos por su flaqueza por querer saber. ¡Ojalá a veces consiguiera ese ingenio de la infancia!  Pero esto son niños y niñas, tras barbas, radiantes peinados, con vestido, traje y corbata sin ingenio, carentes de reflexión, argumento y diálogo sólo se insultan, vociferan y patalean. Ajenos a su responsabilidad y altura moral a la que se entregan. Porque el ejercicio democrático debe ser diario, participativo y general. Votar cada cuatro años a nuestros hoy representantes es como arrojar margaritas a los asnos. 

Y lo más temido es cuando estos discursos elaborados con titulares, voces y calumnias, sólo apoyados por la vehemencia, la irracionalidad y la falta de información, llevan por detrás medidas en contra del estado público, tonos racistas, homófobos y un apoyo a las altas clases. Este nuevo modelo político, enarbolado por Trump en EEUU y cada vez más instalado en las sociedades occidentales y europeas abre surcos de incertidumbre ante el futuro. La política se mercantiliza y se arrodilla ante el Caballero Don Dinero. Y con ello se fomenta la militarización, la libertad absoluta al mercado para que funcione con su propia autorregulación y que el ser humano pueda seguir toreando a la naturaleza hasta exprimirla totalmente. ¿Dónde quedan entonces los pilares democráticos de libertad, justicia e igualdad?

Y, ante este esperpéntico escenario, aquellos grandes logros de la humanidad como son la ciencia, las luchas sociales o los derechos humanos parecen temas intrascendentes que se difuminan en el olvido. Pareciera como si fuera hace siglos cuando se movilizaron las calles para luchar por el bloque bipartidista enfangado en triquiñuelas dignas de los grandes bandoleros de Sierra Morena o la consternación que supuso el confinamiento por el COVID-19, los ERTES, el trabajo inconmensurable de la sanidad pública y el escudo que supuso el sistema público en su totalidad. 

Y llegados a este punto, el pensamiento se pregunta, ¿sería posible pararse a pensar y reflexionar sobre todas estas cuestiones aquí presentadas? Y si así fuera, ¿comenzaríamos entonces a comprender, o al menos intentarlo, que quizás no sabemos cuál es el rumbo pero que sí sabemos cuál es el rumbo que no debemos coger? Que el único rumbo es respetarnos como miembros de una misma especie enarbolando la paz como estandarte y bandera. Comprender que aquel que deja su país, su tierra, su gente y sus recuerdos no lo hace por ganas sino por necesidad. Y que el que lo hace por ganas es aquel que busca mejorar su fiscalidad. Y ese jamás debería tener derecho a poner en su boca la palabra patria. Porque la buena salud de un país o una “patria” se hace contribuyendo con impuestos que garanticen un bienestar público. Debemos pagar impuestos pues eso nos hace fuertes y resilientes. Y por una razón obvia y lógica los que más tienen más deben aportar.

Y quizás debamos ir alejándonos, o al menos intentarlo, de los titulares y de los discursos vacíos. También volver a reclamar de nuevo que haya una política con los pies en el suelo. Una política que toque tierra, que toque campo, que toque sus pueblos, sus gentes y toque naturaleza. Y entonces el pueblo, las gentes de a pie, esa clase que trabaja y, por ende, es la clase trabajadora, vuelva a poder sentirse orgullosa y comprenda la labor del sistema público y la beneficencia que nos da la naturaleza. Hacer política diaria, continua y para toda la gente. Y, entonces, no habrá que arrojar margaritas cada cuatro años. 

De alguna forma empezaríamos a desquitarnos esta capa almidonada que nos reboza, que no nos deja ver lo que hay allá afuera, resquebrajarla, abrirla y que pueda entrar la luz. ¿Quién sabe si de nuevo seremos plenamente libres, justos e iguales?  

Hinchable. Fuente: Unsplash. Dave Lowe

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