Desde lejanas tierras africanas ya han vuelto las golondrinas a colgar sus nidos en corrales, esquinas y paredes. Mota a mota de barro, impregnado con paja, han ido construido o reconstruido el hogar donde forjar un futuro. En apenas tres meses, las parejas de golondrinas, con una atención absoluta e incansable, sacarán adelante hasta tres puestas de cuatro vástagos cada una.
Y, en mitad del verano, las jóvenes golondrinas, junto a aviones y vencejos, llenarán el azul del firmamento y en los cascos históricos de las ciudades y sobre las tejas de los pueblos se montará una fiesta celeste de bailes, chillidos, persecuciones y banquetes de mosquitos.
Primavera tras primavera, verano tras verano, desde hace millones de años, este mismo proceso migratorio lo repiten collalbas, abubillas, abejarucos, currucas o ruiseñores. En el suelo, al abrigo de una mata o de una piedra; en los arbustos, entre las ramas más espesas; o en la copa de los árboles, mecidos al soplo de la brisa, cada una de ellas se entregan a ese ejercicio instintivo, profundo, casi sagrado, que permite que la vida, ajena de todo, siga caminando.
Pero también otros seres como aquellas plantas que, silenciosas y pacientes entre el lecho soñoliento del suelo, durante dos escasas semanas enarbolan y lucen sus flores blancas, azules o amarillas; piezas florales en las que se embadurnan y emborrachan vehementemente mariposas, abejas, hormigas o escarabajos. También sobre el pentagrama del silencio, compone la alondra, canta ronca la curruca, llama la codorniz y silba su nombre la oropéndola, mientras que en escondidas laderas, tejones y zorros han preparado salones bajo tierra donde los pequeños duermen y juegan. Y allá en el bosque brincan los corzos con sus delicadas crías mientras las familias de jabalíes apisonan y levantan los campos.
Y todo sucede tan metódico, consecuente y eficaz que ni siquiera nos damos cuenta. Y es que todo pasa, pero para gran parte de nuestra especie, es como si no pasara, ni siquiera que existiera. Son dos meses, a veces uno, lo que dura preparar el futuro. La vida siempre vuelve a consumarse al tiempo que nuestra especie sigue deambulando con sus miedos, alegrías y pesares entre calles de asfalto y hormigón. Rutinas cíclicas que sólo se ven coloreadas con el anhelo de vacaciones en la playa, en la montaña o con el arranque nostálgico de regresar a las calles de los pueblos para buscar la santa frescura y las noches de luna llena.
Hecho joven e insólito ya que siempre fue de la mano al ser humano estar atento a estos seres y a sus procesos. Los conocía, los admiraba, se embelesaba con ellos, y también los aprovechaba. Hoy, sólo aquellos y aquellas que atienden al trabajo de la tierra con el cereal y su siega, los frutales y sus frutos; los ganados con su la lana; los rojos estigmas y la dormida cebolla de los azafranales; las acequias que alimentan las huertas, o aquellas gentes que entregan su tiempo y su curiosidad a los profundos misterios, mágicos y sagrados, de la naturaleza son quienes conocen un resquicio del valor y el significado de la primavera en estas tierras.
Mientras tanto, ¿cuántos ojos se pierden el espectáculo ancestral y hechizante de la primavera? ¿El crecer de las plantas y el colorear de las flores? ¿Los cantos de las aves y las construcciones de sus nidos? ¿El primer corretear de los mamíferos al salir de las oscuras madrigueras? ¿Los tantos escondites entre matas, arbustos y árboles que pueblan nuestra tierra? ¿El correr de los ríos y los verdes ribazos de los caminos?
Y, una tarde de un moribundo verano, los nidos de barro y paja, tan minuciosamente construidos se quedarán vacíos y los cielos se quedarán limpios. Las ciudades volverán a seguir al agitado caminar del minutero de la rutina y los pueblos volverán a sumergirse, en un recatado silencio, en ese sueño profundo y atemporal que sólo termina cuando llega de nuevo la primavera. Porque parece que, para los pueblos de hoy en día, la vida sólo vuelve con las golondrinas.

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