La utopía de lo común

La utopía de lo común

Decía Don Quijote, en su discurso a los cabreros, que “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados (…) porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes”. También, cada noche y dibujadas en el cielo, las contiguas constelaciones de Libra, la balanza de la justicia, y Virgo, portadora de la balanza y personificada por la diosa Astrea, nos recuerdan que hubo un tiempo donde esta divinidad de la eterna justicia vivió junto al ser humano en la tierra. 

Esta edad dorada, hoy plasmada en retazos literarios y mitológicos, nos cuenta que lo comunitario va ligado a la justicia social, la defensa de los derechos humanos, el cuidado de la naturaleza y el deseo de una sociedad mejor. ¿Pues qué hubiéramos sido y seríamos sin nuestros campos de cereales y de pastos, sin los montes y su madera, sin el agua de los ríos y las fuentes, sin el aire de la brisa y el viento? ¿Qué decir de todo esto sin la cooperación y solidaridad humana? Son cosas comunes, regidas por las leyes naturales y cuya repercusión es global.  

Y, es que, hasta hace poco tiempo, como últimos heraldos de aquellos dichosos tiempos, fueron los pequeños pueblos y sus gentes los encargados, a través de un arraigo profundo y un sentimiento vehemente, de cuidar todo lo que abarcaba su término municipal. Especialmente esas tierras comunes, asociadas a los montes y pastos, productores de madera y ganadería, y donde se incluyen caminos, dehesas, fuentes, pozos, salinas o riberas. Mimadas y atendidas, su futuro estaba en esas tierras. Su vida iba con ellas.

En un mundo donde ya dominaba la propiedad privada y la ejecución de guerras para luchar por ella, eran anecdóticos retales de aquella dichosa edad de oro. Pero de un tiempo a esta parte los pueblos se han ido deshabitando y aquel dominio comunal, se fue convirtiendo en dominio público. Y, desde entonces, el Estado y la Administración se han encargado de gestionar ese vacío poblacional, ese desierto de sentimientos. Se creó la figura de los conocidos como Montes de Utilidad Pública, en cuya definición, se engloban aquellos montes “que cumplan o puedan cumplir funciones ambientales, protectoras, productoras, culturales, paisajísticas, o recreativas” y se incluyen caminos, pastizales, roquedos, arenales, fuentes, pozos, salinas, riberas… Es decir, sus funciones siguen aludiendo a las cosas comunes, imbricando a sus gentes, y por ende, a la sociedad.

Y, no sería del todo malo, si fijándose en los tiempos anteriores y aprovechando las herramientas tecnológicas del presente, se prestara la ayuda necesaria para incentivar la actividad comunal en estos lugares. Pero resulta, que lo que parece interesar es que sea una empresa privada quien consiga aliviar el pobre estado de nuestro montes y campos. Que llegue IKEA, Solar Energy o Nestlé como mesías de un nuevo tiempo. Y ahí es donde el dominio público,  se acerca más a esta nueva etapa que es la privatización de los recursos naturales. 

Como el escenario distópico y catastrófico que nos quieren hacer creer, este verano, las grandes masas forestales, muchas extensas, abandonadas y enmarañadas, han vuelto a corroborar el creciente desapego a lo comunitario, a aquello que era del “común” y que hoy, no parece ser de nadie. Sin quiebro alguno, está claro que, hoy, ante tal despoblación y abandono del mundo rural, son las instituciones las responsables de la gestión del campo y del monte.Parece que el sistema público es un ente superior, abstracto y lejano del que no formamos parte. 

Pero, ¿si fuéramos conscientes que el dominio público es de todos y todas y que los gestores públicos deben simplemente cuidarlo, protegerlo y prestarlo a sus gentes? ¿Que los caminos, ríos, riberas estimadas y montes públicos son nuestra más profunda razón de existir? ¿Si comprendieramos que el futuro depende de una ganadería extensiva, la gestión continua de los montes y dar un “cierto” privilegio a vivir en estos lugares por el simple hecho de habitarlos y cuidarlos? Entonces la distopía catastrófica sería una utopía esperanzadora.

Tenemos las herramientas, el conocimiento científico, el avance tecnológico actual y la experiencia de nuestro pasado. Entonces, ¿cómo es posible no escuchar a la ciencia y escuchar a nuestros mayores? ¿cómo es posible que dejemos que de nuevo se quemen los montes, se desertifiquen los campos y barran los ríos las casas? Porque que el rico quiera ser cada vez más rico, y se lucre de clases sociales bajas y se nutra desmedidamente de recursos naturales, bueno. Pero que la administración y la clase política quiera favorecer este enriquecimiento a costa de aquello que llamamos lo común, lo comunitario, no debe ser tolerado. Entre la ciencia y la experiencia, está gran parte de la receta para afrontar el futuro. Esa lección deben aprender las administraciones.

Pese a todo esto, quizás volver a lo comunitario es una utopía hoy en día. Quizás , un sueño mal soñado, una ilusión quijotesca. Y por ello, quizás sólo podamos volver a aquella edad dorada escuchando a Don Quijote u observando Virgo y Libra en el azul de la noche. Quizás sólo nos quede lo común en la palabra y la naturaleza. Pero qué utopía tan real si nos siguen quedando.

Deja una respuesta