Mis abuelos fueron hombres formidables y capaces, sus rostros estaban llenos de pequeños surcos, sus manos hechas de acero, sus miradas tan profundas y expresivas, decían más que mil palabras, las experiencias que guardaban en su morral se contaban por millares. Que no habrán vivido estos grandes señorones con casi un siglo de vida. Esos hombres fuertes y generosos que les tocó vivir una época de muchos cambios, con muchas dificultades, y que creo yo, fue lo que los hizo ser esos robles gigantes.
Ellos esperaban la temporada de lluvias, como el novio anhela que su novia salga a platicar con él. Recuerdo sus rostros y palabras, se llenaban de una esperanza y alegría impresionante, cuando el cielo se comenzaba a pintar oscuro y a escucharse los primeros truenos. Era una alegría que no disimulaban y todos nos contagiábamos. Uno de ellos se alegraba por el pequeño ecuaro (huerto familiar) que tenía, y donde sembraría sus matitas de maíz para preparar los uchepos. El otro abuelo recuerdo como revivía al pensar que su rancho tendría agua suficiente para sus vaquitas y también buena temporada de maíz. A él lo recuerdo afuera de su casa en la banqueta platicando y cuando veía el nublazón en el sur decía, -ojalá Diosito santo que llueva para el rancho-, y se perdía su mirada anhelando la lluvia. Hoy cada que escucho el trueno en esa dirección siempre lo recuerdo.
Los abuelos son grandes maestros de los nietos, recordarlos es una de experiencia muy grata y reconfortante que podemos tener los seres humanos. El haber crecido con ellos, aprendido mucho de ellos, el haber escuchado a diario las innumerables historias que contaban, a veces era la misma historia, pero nos encantaba escucharla nuevamente.
Yo recuerdo también haber tenido la dicha de conocer a mis ocho bisabuelos (as) de todos y cada uno de ellos tengo recuerdos en mi mente, en algunos casos son muy vagos, en otros más claros, pero de cada uno hay algo de contar. Recuerdo uno de ellos que ya de noventa años seguía saliendo cada día a la plaza del pueblo a sentarse en una de las bancas y esperar platicar con algún conocido, nunca perdió el estilo y la forma de ser. También escuché que él, participó en la revolución junto con su padre, mi tatarabuelo, pero que eran de bandos diferentes, uno apoyaba al gobierno (mi bisabuelo) y el otro era guerrillero (mi tatarabuelo) que incluso tenía su fuerte en el Carrizalillo, entonces al parecer eran enemigos. Dice mi abuelo que tan valiente el giro como el colorado, que eran dos tipazos de agallas, decía el que como los hombres de antes.
Hubo otro tatarabuelo que luchó por la repartición de tierras en el municipio de Tancítaro. Eran enemigos del gobierno y al parecer su única consigna era tener un pedazo de tierra para trabajar, fue la época cuando aparecen los ejidos. Después de tantas luchas y sacrificios, ya cuando se calmaron las cosas y el gobierno les repartió las tierras, parece que mi bisabuelo ya no quiso la tierra y nunca la tomó, ahí quedó la parcela, el motivo real nunca lo he sabido.
Abuelos, bisabuelos y tatarabuelos todos fueron grandes hombres, algunos de una forma y otros con diferentes intenciones, lo cierto es que, si los ponemos en una balanza de uno por uno, nos damos cuenta que todos pesan y valen lo mismo.
Otro de los bisabuelos recuerdo que barría la plaza del pueblo, era la persona encargada del mantenimiento, y dicen que por las noches vendía tacos de canasta en el cine, así que de pienso que de hambre no morían, porque había más de algún trabajito. Dicen las tías que cuando preparaban los taquitos en casa, todos anhelaban que la abuela les diera, aunque fuera un taquito.
Y para no dejar hacer menos a ninguno de ellos, porque todos merecen el mismo lugar, quiero mencionar también a otro bisabuelo, él llegó de una comunidad del sur, de Santa Catarina. Lo recuerdo de tamaño muy alto, con un bigote abundante y muy blanco, de ojos muy azules. Mi abuela, su hija, los trajo a su casa cuando ya estaban de avanzada edad él y mi bisabuela; recuerdo que por las mañanas llegaba el abuelo y sentado en una silla de la cocina, sacaba plátanos de su morral para que la abuela los cociera en dulce y después degustarlos con un vaso de leche, también sacaba un pedacito de queso y solo lo rasguñaba como para que no se le acabara y lo volvía a guardar en su morral. Mi madre de niña vivió con ellos, sus abuelos, dice que tenía burros en donde traía sus cargas de leña para vender en el pueblo y que cuando llegaba a casa después de vender la leña, mandaban a mi madre a comprar percances y que le daban un pedazo de tripa gorda y tripa delgada, hígado y pajarilla, así que había fiesta en casa, caldo de percances.
Mis abuelos pertenecían al campo, eran del campo, sabían lo que era tener un taco para comer y lo que era no tener nada para comer, fueron forjados en los tiempos difíciles cuando terminaban las guerras en México, la Revolución y la Cristiada, vivieron los últimos acontecimientos y las consecuencias de las guerras. Mi abuelo materno platicaba que él de chiquillo le tocaba ver como llegaban los federales a caballo al pueblo a dar sus últimos rondines y que ya todo al parecer estuviera en paz, decía que se escuchaba impresionante como retumbaban los caballos sobre la calle del paso preciso.
Eran hombres de yunta para la siembra, de trapiches y haciendas. Mi abuelo paterno trabajo en su infancia en una de las haciendas más grandes de la región en esos tiempos, El Pilón. Contaba con pocos años y decía que él arrimaba la caña al molino para ser triturada y después de un proceso hacer piloncillo. Pero dice que una mañana ya no amanecieron en la hacienda, que salieron de madrugada con sus papás y hermanos, rumbo a la tierra fría, Tancítaro, que él no entendía que había pasado. Ya después se enteró que había llegado la repartición de tierras y en la hacienda se comenzaron a pelear y asesinar por una parcela. Él decía que la gente de la hacienda era mucha familia, y que entre ellos hubo pleitos, muertes y todo tipo de desgracias. Decía que su padre tomó la mejor decisión al venirse a tiempo, que sabía cómo se darían las cosas en la hacienda.
La mayoría de nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos tengo entendido llegaron a su fin ya siendo hombres grandes, ancianos, algunos ya muy grandes de más de cien años, otros no tanto, pero si ya en edad muy avanzada. Todos dejando legado y su sabiduría de la vida a cada descendiente, algunos estamos agradecidos con ellos, hemos visto y reconocemos todo lo que heredamos y no refiriéndome a cosas materiales sino a ese legado intangible que caracteriza y diferencia a cada familia, ese legado que a veces negamos y no queremos reconocer, ¿de dónde nos ha llegado?, ¿de quién lo hemos heredado?, pero que está ahí más presente que cualquier lunar en la nuca.
Es sano recordar sus historias y seguirlas transmitiendo de generación en generación, que nuestros retoños tengan el conocimiento y la memoria de dónde venimos para tener un poco de claridad y conciencia de a donde podemos ir. Porque el ignorar estas historias es como borrar del mapa algún país, se pierde todo, todo y eso no queremos ni creo que conviene hacerlo.
Honremos esas memorias de esos hombres y agradezcamos que por ellos estamos nosotros en este preciso momento. GRACIAS ABUELOS, BISABUELOS, TATARABUELOS. GRACIAS.