La Plaza de España

La Plaza de España

En muchas ciudades de este país suele haber una Plaza Mayor y una Plaza de España. La primera, mira hacia atrás, escondiendo en su retina el recuerdo de un antiguo país sin nombre que huele a aguardiente y esparto. La segunda vislumbra el lejano horizonte con una vanguardia soñadora y urbana que quiere llevar a andas a España por el mundo. De las primeras perduran las porticadas y castizas plazas de Madrid o Salamanca; entre las segundas, sobresalen majestuosas, ambas de 1929, la de Sevilla o la de Barcelona.

Sin embargo, en mi ciudad, es un caso distinto. Mientras que la Plaza Mayor sí resopla el recuerdo de viejos tiempos, la Plaza de España tiene un mirar tan indefinido, casi bizco, que resulta difícil de categorizar. Y esa es la persecutoria razón de querer describirla.

La situación de esta Plaza de España, al contrario que su Plaza Mayor que se alza en lo alto de la ciudad como corazón del cerro calizo, es en su parte inferior, en el histórico Arrabal del Llano. Era esta zona punto de encuentro histórico de vías comerciales como Carretería, artesanas como la Calle de los Tintes o productivas como las fértiles huertas del Huécar. Y fue, precisamente, sobre una de estas huertas, – ¡aún se escucha bajo las grietas de los adoquines el rumor del agua de las acequias y el crujir las cáscaras de las nueces de aquel último otoño! – donde se levantó esta nueva plaza. Una plaza que, entonces moderna, se movía al compás de los tiempos y ponía la guinda a un bullicioso núcleo urbano entre los que destacaban elegantes edificios como el Banco de España (1919), el Teatro Cervantes (1925) o el Hotel Iberia (1927). Al fin, España miraba hacia el futuro con ojos soñadores y besaba su edad de plata.

La plaza, de forma cuadrangular, está flanqueada por cuatro grandes edificios que, enfrentados entre sí, rodean el espacio adoquinado, el cual, en su epicentro soporta una corpulenta fuente, porque ¡qué menos que un homenaje al agua de las huertas sobre las que se alza! Pero, qué grave desilusión al encontrar, como una primavera sin flores o una infancia sin juegos, una fuente sin agua. Y, como una macabra alquimia, el fresco manantial se transforma en un simplón cuenco de hormigón.

Estos edificios que se miran, de oriente a poniente, son el edificio de la Subdelegación del Gobierno de España y el antiguo Mercado Municipal de la ciudad. El primero, de fachada columnada y ostentosa, muestra con poderío y cierta dignidad lo que aquí llaman patria. Enfrente, su compañero, espejo cóncavo que llama al esperpento, es un grandullón que le calumnia decrépito. Un edificio joven, de 1973, al que la vida le ha pasado factura y hoy, harapiento y enfermizo, una valla metálica de cuidados intensivos lo protege y conserva. Lástima fuera que los efectos de la enfermedad hicieran que cayera, y con él se marchara el esplendor patriótico que su compañero, y esta plaza, representa.

Los otros dos edificios o personajes son dos generaciones distintas. Uno parece menearse a ritmo de jota y pasodoble, el otro posa, inmóvil, bajo sonidos electrónicos. El primero, situado hacia el norte, aunque pareciera uno, en un conjunto, una hilera, de edificios clásicos con largos años a sus espaldas que a sus pies cobija una de las más trascendentales calles de la ciudad: la Calle del Agua. Esta histórica vía, que unía Carretería con la parte alta de la ciudad, cruzando el río Huécar, custodiaba a sus pies no solo el alma de la ribera sino también tiendas tradicionales de todo tipo de enseres y productos. Hoy, en su gran mayoría, han desaparecido. Enfrente, al sur, un descomunal edificio acristalado lo mira serio y aburrido. Antigua Sede de la Caja de Ahorros de Castilla – La Mancha que, tras la crisis de 2008, fue rescatada por el Banco de España y absorbida por Liberbank. Hoy, a sus pies, se encuentra un frecuentado bazar chino. Como un tahúr al que tras perder todos sus ahorros el ministro le dice: “Esto es el mercado, amigo”.

Y al ver tantas historias ante mis ojos, pregunto, ¿dónde está esa plaza grandilocuente y amplia rodeada de dignos edificios que, gracias al progreso económico y el ingenio arquitectónico, ahogaron la vega hortelana?  ¿Dónde la plaza que mira al futuro soñando tiempos más bellos y mejores como un vivo corazón urbano?

Desde luego que aquí no.

Porque quien mira hoy la plaza, no puede soñar. Como mucho podría imaginar. Imaginar un fruto hortícola podrido y agrietado, o mejor aún, imaginar que los cuatro edificios son cuatro zánganos entristecidos al ver que la fuente es un cubilete sin dados o un vaso de bebida agotado…

Y, ¡de repente!, la plaza de mirada indefinida y bizca, se conforma, definida y rapaz, en un ser carismático y profundo que representa mejor que nadie este país. Una plaza trasnochada, que, aunque salió chistosa y elegante, al volver a casa y cerrar la puerta, ebria y arruinada, balbucea como puede “Hasta mañana…”.

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