En la antigüedad clásica, los antiguos dioses jugaban con el destino de los hombres. Lo divino tejía lo humano, y las vidas eran una simple tela a merced del azar. Todo lo que ocurriera en ella, tanto para su beneficio como perjuicio, estaba supeditado a una decisión superior inalcanzable. Así, las historias grecolatinas de los más grandes héroes como Perseo, Hércules, Teseo, Aquiles o Ulises estaban medidas con la gentileza o la cólera de los dioses.
Y qué mejor que la Odisea de Ulises, quien dos mil años después, gracias a la gran pantalla ha vuelto a alcanzar una nueva fama, para escenificar como hay cosas que a pesar del paso del tiempo no cambian de muda. Hoy, aunque pudiera parecer extraña la comparación, siguen habiendo “dioses” que siguen jugando con nuestro destino y, por supuesto, sigue habiendo Ulises que sortean imposibles aventuras no buscadas y en la noche estrellada duermen con el lejano sueño de regresar a casa.
Porque es evidente para la raza “humana” que no es lo mismo aquel que naufraga, ajado y abandonado, tras ser abatido por el mar inquebrantable en una tórrida playa costera; que aquel que, lozano y condecorado, atraca en un puerto de la misma ciudad. Dime cómo vienes y te diré quién eres. Y los Ulises sólo son los primeros: los que, tras conseguir salvar su vida, son repudiados. ¡Cuántas Odiseas cada día en nuestros mares! ¡Cuántos Ulises a merced de las circunstancias! ¡Cuántas Penélopes llorando por un imposible regreso!
Mientras, en despachos acristalados y sobre mesas de marfil, hombres con apretados trajes y asfixiantes corbatas, miran con ansía el tablero del juego. Y el juego es sencillo: enriquecer cada vez más a los ricos y si para ello hay que usar la guerra, la violencia y torpedear fronteras, no hay problema. Hoy es Palestina como ayer lo fue Ucrania, Siria, El Salvador, y hace menos de cien años, lo fue España. “Tenemos nuestros medios” dirían, serenamente, con sangre fría.
El hecho sucedido en Ceuta el 30 de julio, ha demostrado de nuevo que los medios son las humildes personas de las clases más bajas y pobres. Miles de hombres y mujeres que, empujados a cruzar la frontera, por fuerzas superiores, fueron hacinados en una ciudad que apenas tiene ochenta mil habitantes. Y este hecho demuestra que los Estados como España o Marruecos preparan sus maniobras a expensas de lo que el Nuevo Oráculo de Delfos les dice. Y esta vez, Marruecos fue generosamente amparada por uno de los grandes “dioses” actuales como es Estados Unidos; mientras España, al mismo tiempo, no encontraba o no entendía el mensaje que recibía de su “diosa” protectora la Unión Europea. Será, que a pesar de que son sus fronteras, la familia pesa.
Y mientras uno ordena, otro acata; y mientras aquel calla, la otra mira para otro lado. Y de nuevo, hombres y mujeres mueren y quedan a la intemperie sin rastro de su futuro y sus derechos. Y, los de aquí abajo nos enfadamos entre nosotros y nos ponemos bravos. Y los de arriba: Estados Unidos, Israel, y la Unión Europea, esos “dioses” de hoy en día que mueven nuestro destino, se ríen. Fuerzas superiores, casi divinas, que determinan la decisión de otros dioses de segunda categoría, como Marruecos y España, que, según sea el apoyo o el rechazo, toman una decisión u otra.
¡Quien fuera vencejo y golondrina! ¡Quien ruiseñor y oropéndola! Pero el destino lo seguirán escribiendo los poderosos. Y, aunque no queramos, siempre habrá Penélopes que aguarden veinte y cien años, y los que sean necesarios, soñando con el regreso de sus familiares; y también habrá Telémacos que, valientemente, salgan a buscar a sus padres para saber si siguen vivos; y habrá Ulises que, bajo la piel de hombres y mujeres, niños y niñas, vuelvan a escuchar el canto de las sirenas, los absorba Caribdis y los devoren los Lestrigones.Y, bajo la noche estrellada lloren al recordar aquella vieja casa donde nacieron y a la que nunca volverán.
Los nadie no habitamos en ningún lugar. Somos números con los que jugar sobre el tablero. Hoy son ellos y mañana pueden ser otros. Por eso, aprendamos a entender las reglas de este juego. Además, por suerte, en el nuestro, nuestros dioses no son eternos.

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