Puerto de Tarragona. El sol brilla en el agua y las gaviotas gruñen en el cielo. En el cementado paseo que acompaña al mar, la gente camina con los oídos taponados, agrupada en bandos familiares o corriendo embutida en sintéticas mallas hacia desconocidos destinos. En esta mañana azul, eterno azul de tantas otras, la firmeza de lo antiguo se confunde con la fugacidad del presente. Y en el muelle donde un día atracó el emperador Augusto sobre una barcaza de madera, hoy descansan gigantes yates de un blanco cegador. La pomposa Tarragona del pasado sigue atracada en el puerto en forma de estos descomunales edificios acuáticos que obnubilan la vista del caminante. ¡Más aún si el que los mira procede de las estepas cerealistas del interior de Castilla!
Por todo ello, aflora una vibrante curiosidad interna que, afortunadamente, hoy en día, en la era de la información, puede ser complacida. Así que brindando el nombre del lujoso yate al Oráculo de Google podemos conocer todos los detalles de este moderno y majestuoso navíos. Al instante, comprobamos que se trata de una de las mejores naves para surcar los mares y a la cual no le falta ni el mínimo detalle: piscina, spa, camarotes para dieciocho invitados, la última tecnología y, curiosa es la curiosidad, su nombre es “Vibrant Curiosity”. Su dueño es Reinhold Würth, magnate multimillonario alemán conocido como “el rey de los tornillos”. Su precio, 75 millones de euros.
El ver aquella cantidad en el móvil me obliga a levantar la vista de nuevo. Algo me había desconcertado. Ya no lo veía con la misma inmaculada majestuosidad. ¿75 millones de euros delante de mis ojos? ¡Hasta el más noble y pacífico ser, hubiera sentido la instintiva fuerza de querer asaltarlo y venderlo! ¿Qué diablos se podría hacer con ese dinero? ¿Arreglar una ciudad? ¿Acabar con el hambre en una región entera? ¿Invertir en servicios sanitarios y científicos de última calidad? Por supuesto, no tener que trabajar. Pero, en realidad, era imposible saber qué se puede hacer con esa cantidad. Ni siquiera imaginarla. Era como la sensación que ocurre cuando queremos vislumbrar el final del universo, produce un doloroso y tembloroso malestar neuronal. Así que dejémoslo.
Augusto vino a Tarragona para hacerla inmortal. Desde el puerto, levantó una ciudad de lujo y pomposidad a la que no debía faltar de nada. Fuertes murallas que a la vera del mar acogían teatro, anfiteatro, circo, foros y, ¡cómo no!, un templo donde condecorarse a sí mismo como divino emperador. Y si el día comenzó en el puerto, a nivel del mar, quisimos que fuera en lo más alto de la ciudad, en una acogedora plaza, a los pies de la escalinata que un día debió llevar al Templo Imperial de Augusto, y hoy sube a la Catedral de Tarragona, donde darle portazo. Valga la estúpida redundancia pero, ¡qué a gusto el cenar en aquella plaza! El suave frescor de la brisa que subía desde el mar se entremezclaba con los ciclópeos sillares que se dejaban ver en las fachadas creando una magia atemporal.
El ritmo descompasado de unas palmas afloró a mis espaldas. Una voz rajada, que soñaba con afinar y ser flamenca, quiso acompañarlas. Al girar el rostro, empujado de nuevo por una vibrante curiosidad, observé como un grupo de cinco hombres de mediana edad ocupaban el centro de aquella antigua escalinata que lleva a la Catedral. En las pausas entre cante y cante, hablaban, reían, bebían y fumaban. Sin embargo, la alegría que rezumaban al oído, se enlutó al observar sus figuras y sus rostros con los ojos. Representaban a la más desdichada fortuna en persona. Esa desgraciada fortuna que lleva a la pobreza por los caminos más desolados y oscuros. Un poco más allá, unos cartones se escondían bajo unos soportales. “Una sala de espera sin esperanza…” cantaba uno de ellos imitando al Sabina, mientras otro bailoteaba jugándose el tipo en el peldaño y otro, sentado un poco alejado, miraba al cielo como queriendo contar estrellas. Los otros dos bebían en silencio a los pies de los intérpretes. Sus voces rotas eran la voz de la soledad más pura y en ellas daban a entender que sabían que la muerte los miraba desde un rincón cercano. Aquellos cinco hombres se habían juntado como un bando de débiles y solitarios jilgueros en el crudo y gélido invierno. Aseguraría que nadie, y cuando digo nadie es nadie, quería saber de ellos…
De repente, en una mesa de al lado, alguien comentó, quejándose, “A esos debe faltarles un tornillo…”
Y, como una luz brillante que entra en una oscura cueva, vino a mi memoria aquel navío del Rey de los Tornillos. ¿No sería, precisamente, alguno de esos tornillos que tanto le sobraban a Reinhold Würth los que le faltaba a esta gente? ¿Cómo era posible que alguien pudiera tener tanto y otros tan poco? ¿Cómo se podía consentir tal atropello a la dignidad humana? Con este tormento neuronal, me vino a la memoria las caras de aquellas gentes que, paseando, en familia o corriendo, admiraban obnubiladas el brillante yate… ¿Serían los mismos que despreciaban después a estos desafortunados aprendices de cantante? Con un breve cálculo pensé que aquella masa cobraría, la mayoría, entre mil y cuatro mil euros al mes, no mucho más. ¿No se daban cuenta de lo cerca que estaban de estar cantando en las escalinatas de la catedral y no de dormir en el camarote de los yates del puerto? Y siendo así, ¿no fallaba algo en la cuenta?
Al cerrar un bar cercano, el camarero les saludó y ellos le respondieron con una entrañable estrofa. Y, por un momento, mientras escuchaba cantar sueños eternos a la misteriosa noche, me imagine a ese rey de los tornillos, vestido de emperador romano sobre la cubierta del barco, serio, aborrecido, triste, mirando a la luna como quien mira un ajo….