Decía un conocido eslogan que “el secreto está en la masa” y razón no le faltaba. A fin de cuentas, el sentirse bien no sólo depende de sí mismo sino también de cómo esté el de al lado. Y si todo el mundo va a un mismo sitio, por algo será, y sino que se lo pregunten a las cabizbajas ovejas de un rebaño. Porque para ser Don Quijote se necesita un Sancho. Y este junio seco y abrasador ha sido el escenario para comprobar y analizar este experimento entre lo natural y lo social.
La ciudad de Madrid ha tenido uno de sus meses más intensos de su última época. Intensidad relativa teniendo en cuenta que las pulsaciones de un corazón madrileño ya son, por naturaleza, mayor que los corazones del resto de mortales. Pero, aun así, este mes de junio se había propuesto reventar todas las estadísticas cardíacas, al juntar a los dos máximos íconos de la religión católica y el reggaetón en el mismo tiempo y espacio. Un plato que precisa de una lenta y reposada digestión.
Los ingredientes podrían ser, a primera vista, completamente opuestos, pues mientras una busca tocar el cielo con salmos, rezos y responsos; la otra busca tocar el suelo a golpe de dáselo baby. Ambas vienen del mar: pero una del viejo e imperturbable Mediterráneo y la otra del danzarín y colorido Caribe. Ambas cantan: pero una, melindrosas alabanzas; la otra, melindrosas canalladas. Pero algo más tienen que les hace parecerse. ¿Será que quieren buscar salidas a este mundo agotador cargado de demasiados proyectos, demasiados retos y demasiados sueños? Algo más tendrán que tener para poder unir a tanta gente. Algo más tendrán… Algo más…
La masa que han movido el Papa y Bud Bunny podrían resumir el mundo en el que vivimos: vivir para mostrar que vivo. Pero no sólo por ello, y por la desmesurada gente que ha ido a verles, sino por la difusión y cobertura que los medios de comunicación han hecho de ello. Y especialmente, ha llamado a mi curiosidad la cobertura obstinada y, bastante cariñosa, por parte de los canales institucionales a la visita del Sumo Pontífice engalanado como un emperador romano. Cuesta creer —porque de creencias trata el tema— que un país aconfesional y defensor de la libertad religiosa, como lo declara el Artículo 16 de la Constitución, delire tanta pasión y emoción con la llegada del más alto responsable de una entidad religiosa envuelta en turbias y negras sotanas. Y eso, a 2026, cuando la ciencia parecía ser ya la única herramienta salvadora. Pues toma esa Covid- 19, ¿a quién importa el método científico teniendo el método divino de la salvación? Y qué mejor manera de exhibirlo que presidiendo la cámara soberana del Congreso de los Diputados.
Y del cielo a la arena del Metropolitano, ya que aún más conmovedor es, a nivel evolutivo, observar a tantos miles de personas cantando estrofas tan estrafalarias. No se debe juzgar la explosión rítmica, la buena agrupación musical que le acompaña y el imponente despliegue técnico que los espectáculos de Bad Bunny despliega, pero sí esas extravagantes y coreadas estrofas que por más que se quieren comprender, no tienen significado. Frases inconexas, vacías de significado y carentes de reflexión. Y no pasa nada porque aquí se paga poco para bailar y no importa que un cantante sepa hoy en día cantar. Pero con la cantidad de grupos de música variopintos y maravillosos a los que se puede acceder a través de tantas y variadas plataformas, llama, al menos, la atención de que sea este el más coreado.
Y por un momento se confunden en el pensamiento los cantos altaneros del coro de misa con los mundanales cantos corales del Metropolitano. Se repite lo que repite de al lado porque el de allí también lo repite. Y de repente, uno repite por repetir sin saber si le gusta el Papa o Bad Bunny, pero como le gusta a la mayoría de la gente, piensa que seguramente sí… Y ya está. Pensar puede provocar agujetas, dice un proverbio moderno en un gimnasio.
Pero mi pensamiento también se está acalorando, será que ya ha llegado el verano y en las ciudades abrasa el cemento y el asfalto; el aire recalienta las ya calentadas ideas, y un ambiente soporífero envuelve a estos grandes monstruos de ladrillo. Y la gente, imagino, deberá salir de allí, haciendo vientre en todos los santos y corriendo por patas a buscar refugio, como oasis en el desierto, en las abarrotadas playas o en los olvidados pueblos.
Y no sé si será que se sofocan mis ideas este junio o que no soy capaz de encontrar sentido a que el Papa preside el Congreso de los Diputados y un estadio entero quiere divertirse viviendo “un verano en Nueva York”. Será que el secreto está en la masa y que todo Quijote necesita un Sancho Panza.

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