El alma vieja de Berceo

El alma vieja de Berceo

Cuando te has perdido dentro de ti no tienes más remedio que buscarte fuera, acudir a los sitios donde vivías cuando la coluvie de la existencia aún no había hecho acto de presencia. A estas alturas del camino me siento como un libro gastado, la cubierta ha desaparecido, de manera que desde fuera nadie sabe de que trata. Es necesario escarbar, remover la tierra con las pezuñas para entender el argumento de un libro que, cuando se gestó, prometía ser un bestseller, pero que terminó abandonado en una estantería. No me gusta leerme, las páginas se me atragantan, las he escrito yo, pero tengo la sensación de que las ha ideado otra persona; las optimistas no me describen y las atroces se quedan a medio camino, los capítulos de humor me cansan porque no me los creo y los dramáticos me dan vergüenza ajena. Me gustaría dejar de leer esas páginas, aunque eso significaría dejar de escribir y, por lo tanto, desaparecer. A menudo pienso que mi abuela podría conseguir que dejara de sentirme como un alma vieja y que ese libro fuese leído por alguien…

Tenía una casa a las afueras de Berceo. Echo de menos el aroma que me envolvía cada mañana cuando estaba en la cocina preparando sus caparrones, famosos en toda la comarca de Nájera. En su jardín tenía varios almendros muy altos y empleaba sus frutos para todo. Elaboraba turrones a los que añadía pasas y mermelada. Sus mazapanes quitaban el sentido y sus helados, dulces y bizcochos no tenían parangón. Cuando llegábamos del colegio con alguna rozadura, nos ponía un emoliente procedente de sus almendros y nos despachaba con un deja que el aceite haga efecto y no me des más guerra que me pones mala. Echo de menos el ruido del Cárdenas pasando al lado de la casa de mi abuela. Su cauce, casi seco en verano, adquiría vida propia al comienzo del invierno con las primeras nevadas. Bajábamos a la ribera del río, bien abrigados, con un tazón de leche endulzada con miel y mi abuela lo pasaba fatal pensando que alguno de nosotros sería arrastrado por la corriente.

Me he equivocado de vida, en algún momento he hecho una elección mortal y desdichada que me ha empujado directamente al abismo. Hace tiempo que tengo esa sensación. Cuando me fui del pueblo sentía que tenía que forzar la máquina, experimentar con mi cuerpo hasta sus últimas consecuencias, vivir al límite. Vida a chorros, vida henchida. Justificaba mi adicción a las drogas porque quería hacer muchas cosas a la vez, acelerar a fondo, llegar hasta el final y ver si moría. Eso era lo fundamental, experimentar cómo acercarse a la muerte. Pero la muerte es muy distraída, siempre se lleva o deja con vida a la persona equivocada, es como un asesino a sueldo que va dejando pistas en el buzón. Eso hizo con mi abuela, la carta le llegó demasiado pronto.

Cuando nació, la iglesia de Santa Eulalia aún parecía recién construida. Berceo conservaba el aroma de autenticidad que la irrupción de las nuevas tecnologías y la actual deshumanización se han llevado de un plumazo: grandes casas de piedra, calles estrechas y empedradas con losa roja, olor a menestra y patatas con chorizo, chavales bajando por las empinadas cuestas del pueblo.

Nada más despertarse, mi abuela bajaba todas las mañanas al río Cárdenas. Se arremangaba la falda y dejaba que el agua la empapase entera, una Silvana Mangano a la riojana, una diosa del neorrealismo con nalgas a punto de caramelo. Le daba igual que la criticasen, al contrario, se crecía en la adversidad porque era un pájaro libre. Desde pequeña había sentido predilección por la naturaleza y en el colegio la conocían como la muchacha que hablaba con los árboles. De carácter reservado y amable, se había quedado huérfana a los tres años. La sociedad berceína de esa época se caracterizaba por las diferencias culturales y políticas, por su creencia en mitos y leyendas y por la sabiduría ancestral que poseían algunas mujeres que empleaban el poder de la naturaleza para curar enfermedades.

Al cumplir los 20 años se hizo cargo de una granja y optó por vivir sola. Pensaba que tenía suficiente para disfrutar de una existencia tranquila con el amor de sus vecinos de Berceo y no necesitaba compartir su vida con un hombre. Ni con un hombre ni con nadie. A pesar de que quedó embarazada en uno de sus múltiples devaneos sexuales por las cuevas de la Sierra de la Demanda, jamás pensó en casarse ni formalizar su relación. No pensaba en géneros, sino en personas, le gustaba tanto el solomillo como el rape y, para ella, el sexo era un modo de comunicación. Y mi abuela hablaba mucho. Las malas lenguas aseguraban que tenía algo que esconder, que una muchacha tan guapa y con una granja en propiedad no podía permanecer soltera. Cuando nació mi madre casi la echan del pueblo, pero su donaire y carácter rozagante consiguieron que ella ganase la partida en esa atávica sociedad rural. Con denuedo, fue adquiriendo fama en la zona del valle del Cárdenas por sus remedios contra la melancolía. Con un poco de hibisco, tres hojas de tomillo y unos gramos de melisa solucionaba los males del corazón si quien acudía a su casa era una chica de afilados ojos verdes y pecas. Si a esa solución le echaba unas gotas de orégano, el alivio era eficaz para la madre de la niña de las pecas en caso de que estuviese atormentada por problemas familiares. Poco a poco, su popularidad alcanzó toda La Rioja.

Berceo se me presenta puro, lleno de aromas, de sabores y sinsabores, aderezado por el recuerdo de las infusiones de mi abuela contra el mal de amores y las tardes enteras en casa viendo llover. Es ahora cuando más siento que esta tierra me pertenece y que soy así gracias a su embrujo. Suelo volver al pueblo dos veces al año para ver a mis padres y recordar juntos el pasado. Mi madre suele poner viejos temas como Esos ojitos negros, La violetera o ¿Dónde vas Alfonso XII? Eran las canciones que gustaban a mi abuela y las que se escuchaban en sus tiempos mozos cuando bajaba al centro del pueblo para disfrutar de las verbenas de verano.

Tenía luz de domingo, la misma que desprendían los hayedos y las encinas del pueblo, la misma que sus potentes piernas dejaban entrever cuando se lavaba medio desnuda en el río, la misma con la que increpaba a sus vecinos que la dejasen en paz, solo pedía eso, respirar en soledad. Para ella, el medio rural era el paisaje humano, los rostros y las historias que demostraban que el futuro residía en la naturaleza. Hoy en día los pueblos tienen el potencial de ofrecer soluciones innovadoras, integradoras y sostenibles para los retos futuros de la sociedad, como la prosperidad económica, la seguridad alimentaria, el cambio climático, la gestión de los residuos o la inclusión social. Mi abuela, hace varias décadas, dio el pistoletazo de salida con un ejemplo de libertad y respeto. Mujer y rural, independiente y avanzada, sola en su granja curando el corazón de quien se arrimara a ella con un poquito de escucha y unos gramos de cúrcuma.

Tengo la sensación de que he desaprovechado muchos años viajando por todo el mundo y de que he descuidado mi historia personal. Quizá la despoblación que sufren tantos pueblos de La Rioja también se deba a ese ímpetu por viajar y conocer nuevas culturas que yo experimenté cuando era joven. ¿Para qué? Un buen plato de lentejas y una cama es lo único que hace falta para ser feliz. Leí hace poco ese comentario en una revista. Una conocida actriz aseguraba que los premios y el dinero le daban exactamente igual, que simplemente deseaba dar un beso de buenas noches a sus hijos antes de acostarse. Si esas lentejas y ese lecho se hallan en tu pueblo, ¿qué más se puede pedir? La imagen de mi abuela ha ido difuminándose con el tiempo. Tengo que coger algún marco de fotografía para recordarla. En mis sueños, sin embargo, mantiene todos los matices de antaño: una señora mayor, lozana y alegre, con un delantal de colores chillones y unas zapatillas verdes de estar por casa, con mofletes pomposos y rosados y olor a pochas. Cuando acude a mi encuentro por las noches logra que mi corazón rejuvenezca y que alguien lea ese libro abandonado que un día comencé a escribir. Será porque el alma, como dijo Oscar Wilde, nace vieja pero crece joven. Será porque solo muere quien quiere y ella, cabezona como pocas, nunca dio su brazo a torcer.

FIN

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