Los seres humanos no solo nos hemos alejado de la Natura, sino que es Ella quien ha tomado distancia y está esperando.
Esperando, sin ninguna prisa —como es propio de Ella—, a que las condiciones para la vida vuelvan a ser favorables. A que esa efímera pero aguda dolencia en una de sus partes, el ser humano, deje de romper los hilos de la red de la vida y vuelva a formar parte de ella.
Digo «vuelva» porque el propósito que el ser humano cumplió para con Gaia (aunque desconozco cuál fue) nunca pudo ir en contra de la vida. Fuera cual fuese nuestra función dentro del sistema, seguro que contribuía a Ella, al igual que el propósito de todos los demás seres vivos.
Por eso, el ser humano puede y debe recuperar un propósito verdadero —un telos (τέλος): la función que desempeñamos para el sistema, y no para nuestro propio beneficio directo—. Un propósito que favorezca la vida y abandone de una vez este absurdo propósito de crecer por crecer, como el único propósito de un tumor.
La red de la vida no se tejió solo con hilos de competencia y azar, como dictó durante tanto tiempo el neodarwinismo. Lynn Margulis nos reveló que el gran salto hacia la complejidad —el nacimiento de la célula eucariota— fue un acto de fusión amorosa y duradera: endosimbiosis. Bacterias aeróbicas ancestrales, devoradas, pero no destruidas, se convirtieron en mitocondrias; cianobacterias fotosintéticas, acogidas en el interior, formaron cloroplastos. No fue la depredación y la competición las que crearon la respiración y la luz capturada; fue cooperación profunda, una unión celular entre especies distintas que se hicieron una. La vida compleja no surgió de batallas ganadas, sino de abrazos que perduraron.
Mientras tanto, mientras el ser humano persiste en su idea de crecer indefinidamente o busca a tientas su propósito perdido, Ella sigue esperando. Paciente, sigue creando vida donde la dejamos, tejiendo de nuevo los vínculos que conforman la red viva, complejizando el sistema, disipando más energía y haciéndolo evolucionar más allá de cualquier límite. Luchando contra la entropía del universo, negándose a degradarse y morir.
La vida, desde que existe, siempre ha crecido en complejidad. Ha luchado contra la segunda ley de la termodinámica, complejizándose y organizándose para evitar lo que parecía la única certeza: la muerte. Desde su origen (desconozco cuándo exactamente, ¿panspermia, tal vez?), la vida ha burlado a la muerte y ha escapado de esa ley, no contradiciéndola, sino contribuyendo a la entropía global (caos global) mediante su exquisito orden interno. Siempre victoriosa en su combate contra la degradación.
El propósito que el ser humano ha elegido al menos durante los últimos siglos —crecer por crecer— es un dolor nuevo y repentino para Gaia. Hasta ahora, los achaques que había sufrido su cuerpo (incluso los repentinos meteoritos, que hoy no son más que pequeñas cicatrices en su piel) no se parecían a este. Porque el daño nunca antes había venido desde dentro del propio sistema.
Ya había tenido fiebre antes, incluso durante millones de años, pero esta nueva fiebre es distinta: muy rápida y, por ahora, todo indica que seguirá creciendo (¿hoy +1,5ºC, +3ºC en 2050?).
Aunque Gaia sabe que esta fiebre (el calentamiento global) es pasajera, no puede evitar compensar sus efectos. Intenta que la disrupción provocada por el ser humano desaparezca, porque ese es su trabajo: mantener el orden interno para contribuir al desorden del universo. La homeostasis es su estado natural y siempre tenderá a él. La Naturaleza aborrece la desigualdad.
Asumiendo que los seres humanos somos partes de un sistema complejo (Gaia) y que este sistema posee mecanismos de autorregulación, surge una pregunta lógica: ¿por qué no lucha contra nosotros? ¿Por qué no envía, como haría un cuerpo, a su sistema inmunitario a combatir el cáncer?
La respuesta para mí es clara: Gaia nunca va en contra de lo vivo. No posee mecanismos para atacar, porque su lucha no es violenta ni autodestructiva. Para Ella, defenderse no consiste en destruir partes de sí misma, sino en continuar complejizando el sistema y tejiendo nuevos vínculos entre sus componentes. Su «lucha» es, en realidad, una renuncia absoluta a la violencia y un abrazo eterno a la cooperación. Gaia es pacifista porque no conoce —ni necesita conocer— otra forma de existir.
Esta paz no es un idilio ingenuo ni una utopía moral; es la estrategia más antigua y resiliente de la biosfera. En medio de la depredación, el parasitismo y las extinciones que barren la Terra, siempre ha renacido mayor complejidad mediante nuevas simbiosis. La Gran Oxidación, catástrofe para la vida anaeróbica, fue también génesis: abrió el camino a la respiración aeróbica y, eventualmente, a nosotros. Gaia no rechaza la violencia por virtud ética; la supera porque la cooperación simbiótica — alianzas que perduran— ha demostrado ser la vía más creativa y perdurable frente a la mera destrucción. Su no-violencia es biológica: la red viva se teje con vínculos que resisten el tiempo.
Si su única estrategia de defensa es crear más vida —un proceso continuo pero necesariamente lento—, entonces su respuesta puede resultar demasiado pausada frente a la velocidad de destrucción y simplificación que impone la «enfermedad» humana. Cuando la velocidad de generación de nuevas simbiosis y nudos en la red de la vida es inferior a la velocidad a la que se cortan y degradan esos vínculos, el sistema se simplifica progresivamente y la desigualdad aumenta.
A medida que el ser humano recorta conexiones, se va aislando del resto de la red. Cada nudo que se rompe deja al ser humano más desconectado, sostenido por hilos cada vez más frágiles y escasos. Llegará un punto en el que ese nudo humano quede prácticamente aislado, convertido en un retazo casi independiente de la trama principal.
Entonces, ¿estamos ya en ese momento en que la Naturaleza se aleja definitivamente de nosotros, en que nos quedamos sujetos a la red por solo unos pocos hilos?
Sin duda alguna hemos insistido en simplificar el mundo: hemos crecido sin control mientras extinguimos especies y rompemos los vínculos que las unen. En la actualidad, la Natura parece huir del ser humano y nos vamos quedando más solos. Pero esta soledad no es solo exterior: es también un vacío interior, un olvido del alma que nos impide recordar que nuestro verdadero ser ya forma parte de la conciencia viva de Gaia.
Dentro de nuestra propia especie, la cultura dominante ha hecho lo mismo: aislar a los individuos, no solo de la naturaleza, sino también entre nosotros mismos. Nos hemos convertido en nudos cada vez más solitarios, cada vez más desconectados, convencidos de que esa desconexión es “la buena vida”, la comodidad, la rapidez y el poder.
Somos holobiontes: no entidades solitarias, sino constelaciones vivas. Cada célula nuestra alberga mitocondrias, antiguas bacterias que respiran por nosotros desde hace dos mil millones de años; cada intestino es un océano microbiano que digiere, crea emociones y guarda nuestras defensas. Plantas, corales, líquenes, suelos: todos son holobiontes anidados en una vasta red planetaria. El planeta mismo emerge como holobionte mayor: un tapiz de asociaciones persistentes donde la unidad es el conjunto simbiótico que sobrevive y evoluciona. Romper estos vínculos no es solo herir un “entorno” exterior; es amputar partes de nuestro propio ser extendido, deshilachar la trama de la que formamos parte indivisible. Es olvidar que nuestro ser verdadero ya trasciende los límites del cuerpo: somos Gaia reconociéndose a sí misma.
Como especie, no deberíamos olvidar que “somos inter y ecodependientes” -Yayo Herrero-; que “somos holobiontes en un planeta simbiótico”- Jorge Riechmann-. Debemos reformular los sistemas humanos para que puedan volver a unirse a la red de la vida. Es decir, debemos transitar hacia un sistema sostenible: que extraiga menos de lo que la Tierra puede regenerar y que genere residuos menores de los que la Tierra —y nosotros mismos— podemos reciclar.
Un nuevo sistema humano donde se recupere el propósito verdadero para con Gaia, donde se abandone la dominación y la competitividad, y se adopten como principios fundamentales la cooperación y el apoyo mutuo desinteresado: entre nosotros y con el resto de la biosfera.
Mas nosotros podemos elegir no condenarnos al aislamiento del retazo que se deshace. Podemos despertar al telos olvidado: no parasitar ni expandirnos sin fin, sino reintegrarnos como nodos cooperativos en la red de la vida. Reformularlo todo, reformular la economía, la agricultura, la ciencia y la cultura para cultivar simbiosis en vez de parasitismo. No regresamos a un Edén perdido; evolucionamos hacia una simbiosis consciente: humanos que, por vez primera en la historia, saben que son holobiontes dentro de un holobionte mayor.
Gaia no nos requiere para perdurar; pero si anhelamos perdurar con Ella, debemos volver a tejer —con manos bondadosas y corazones conmovidos— los hilos que nos unen. Y en ese mismo acto de tejer, de forma natural y sin esfuerzo añadido, se produce el despertar interior: el “yo” separado se disuelve y, en silencio, comprendemos que siempre fuimos parte viva de Gaia misma.
Gaia no necesita vencer al tumor eliminándolo. Le basta con seguir siendo vida. Con esperar el tiempo que sea necesario. Con no dejar de tejer.
Pero nosotros podemos elegir tejer con Ella.
La Naturaleza no castiga. Simplemente persiste. Y nosotros podemos decidir persistir a su lado como parte consciente de su vida, tal como Joaquín Araújo describe en este poema la disolución del ego como puerta a la plenitud de la Naturaleza:
Somos Trama:
“Nadie camina solo por el bosque,
aunque no vea a nadie.
Llevamos en la sangre el pulso de las fuentes,
en el aliento el suspiro de las selvas,
y en cada célula el pacto de las bacterias
que decidieron, hace eones, no morir separadas.
Somos el nudo que sostiene la red,
y la red es la que nos permite ser nudo.”