Dejen al pueblo en paz

Dejen al pueblo en paz

Que el ser humano es ser gregario y jerárquico, es bien sabido. Pero, no lo es tanto que también es un animal migratorio.

Este atributo que hoy atenaza los nervios a los que se llenan la boca de patria, es, se quiera o no, inherente a su condición natural. Al igual que una golondrina, un ñu o una tortuga marina, se lanzó en un tiempo lejano en busca de mejores tierras donde abundara la comida y respetara la temperatura. Gracias a esta indisputable condición alcanzó todos los rincones del planeta y de una forma prodigiosa, casi mágica, supo adaptarse a ellos. Al pensar en ello, imagino ese tiempo lejano donde los humanos fueran como animales trashumantes en busca de eternos pastos, en busca de una eterna primavera y, que mientras caminaban, enriquecían el suelo, cuidaban el paisaje, aprendían las plantas, memorizaban el canto de las aves y, haciendo el camino, escribían la maravillosa diversidad de nuestra historia.

Pero con el paso del tiempo, comenzó a moverse por el planeta ya no como un pobre animal sino como un rico egoísta. El medio se hizo recurso y el animal se hizo bestia. Fuera por motivos climáticos o puramente humanos, la barbarie, descarnada y sangrienta, se adueñó de nuestra especie. Sólo el poder y el uso de los recursos naturales tomó sentido y en nombres de reyes, patrias y dioses, se sepultaron pueblos enteros. Durante siglos no hubo otra alternativa más allá de la guerra, y ese es el animal que hoy sigue empobreciendo los suelos, desmantelando los paisajes, olvidando las plantas y las aves, y que, deshaciendo caminos, escribe las terribles páginas de nuestra historia.

Somos la herencia de todo ello. De lo bueno y de lo malo, de lo olvidado y lo soñado. “Vivir para morir”, podría decir la mayoría de seres que han habitado el planeta. Sin embargo, una luminosa esperanza comenzó a vislumbrarse, cuatro siglos atrás, con la revolución científica donde el esplendor del ingenio humano y la poderosa naturaleza hicieron aflorar y volar la medicina, la tecnología y, junto a ellas, corrientes de pensamientos que abogaban por la paz y por la vida. La paz ya no solo era la paz eterna del más allá, sino una posibilidad real para vivir sana y dignamente en este mundo. Y desde 1948, con una Europa y un mundo traumatizado por la explosiva barbarie irracional de la II Guerra Mundial, los Derechos Humanos proclamaron ante la ley, el derecho a la paz y a la vida.

Daraa, Syria. Mahmoud Sulaiman (Unsplash))

Aún con ello, debemos ser conscientes de que los animales egoístas con sus bárbaras guerras no cesan en países africanos o con el macabro genocidio de Gaza. Pero hasta hace unos meses, se esuchaba resonar una voz pública y moralista que parecía llamar a la paz: la voz de la paz y de la sensatez.

Sin embargo, la nueva “política” encabezada por Trump, Netanyahu y sus lacayos, con la guerra y la ignorancia como bandera, y el poder y el dinero como futuro, abre una nueva puerta para la historia de la humanidad y a incertidumbre de una gran guerra vuelve a resonar sobre nuestras cabezas. Pero, lo más llamativo de este nuevo escenario es el papel de Europa. Una Europa indecisa y taciturna que no sabe si seguir el rumbo del paternal imperialismo americano o plantarse racionalmente ante una rehala que, en nombre de la “política”, rabia y ladra en un campo que siente suyo.

Pero, ¿es posible que, tras tantos derechos conseguidos, tras tanta gente que por soñar lograrlos se ha quedado en el camino, hoy pretendamos desandar el camino a través de un proceso involutivo espantoso? ¿Debemos por naturaleza tropezar siempre en la misma piedra? ¿O es que la historia del ser humano es una rueda que constantemente da las mismas vueltas?

Europa debe comprender los nuevos tiempos. El servilismo ante la política atroz y violenta de la Casa Blanca e Israel debe comenzar a ser agua pasada. Agua turbia que sólo ha conseguido enfermar la salud del viejo continente. Es hora de reinventar el guión para lograr el cumplimiento de los derechos humanos y redirigir el rumbo para lograr la paz. La guerra planeada conscientemente es la expresión más terrible de nuestra especie y, ¿no debería ser acaso la búsqueda de la paz el único sentido de la existencia humana? Vivir y dejar vivir. ¿Es tan difícil?

Por ello, aquellos partidos políticos que favorezcan la guerra e interpongan la defensa de un país a los derechos humanos internacionales, les pedimos que dejen al pueblo en paz. Dejen a los trabajadores y trabajadores tranquilos. Dejen de engañar soberbiamente a la humilde gente y de lamer rastreramente a los ricos soberbios. Porque en las guerras sólo mueren los pobres. Y en el caso de que verdaderamente tengáis la plena convicción que se deba llegar al conflicto, sean valientes, trashumen y vayan ustedes. Sean coherentes. Pero dejen al pueblo en paz.

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