Acabo de cumplir cuarenta y seis años, y durante mucho tiempo sentí que estaba viviendo encerrada, no solo en una ciudad, ni siquiera únicamente en un trabajo, sino dentro de una vida que había perdido sentido. La ansiedad se convirtió en un ruido constante, y la depresión, en un peso que lo impregnaba todo. Durante casi dos años atravesé un proceso terapéutico, psiquiátrico y psicológico que no fue fácil, pero sí necesario. Fue ahí, en ese espacio de escucha y deconstrucción, donde empecé a intuir algo: dentro de mí se movía una necesidad ancestral, casi olvidada, que tenía que ver con la tierra, con lo rural, con los animales…
No apareció de golpe, más bien se fue insinuando. Dos veranos anteriores en Asturias, casi como una casualidad, me llevaron a pasar por varias granjas ecológicas, estuve con cabras, ovejas, vacas… Observando, ayudando, y algo se activó en mí. No era una idea romántica ni un impulso turístico, era una vibración interna, una sensación corporal de estar donde debía estar. Ahí, en medio del barro, del monte, del silencio roto por los cencerros.
Cuando regresé a mi casa, ya no pude ignorarlo; empecé a investigar, a leer, a buscar: pastoreo, pastoreo extensivo, buscar corrales, personas que vivieran así, gente que supiera, y fue entonces cuando encontré a la gente del OPEN, que estaban dando charlas y haciendo divulgación sobre la creación de la primera “Escuela de pastoreo extensivo” en la Comunidad Valenciana. A través de ellos empecé a conocer a pastoras y pastores, mundos que no aparecen en los mapas habituales, pero que siguen existiendo.
Mis primeras incursiones pastoreando fueron reveladoras. Me enamoré locamente de las cabras, sí, pero también del ritmo. Un ritmo duro, exigente, físico, subir y bajar por terrenos difíciles, salir cada día, sin excepción, no hay fines de semana, ni festivos, no hay escapatoria. Y, sin embargo, era un ritmo que encajaba conmigo de una forma que nunca había experimentado. Un ritmo que no me violentaba, que no me fragmentaba. Un ritmo que, por primera vez en mucho tiempo, sentía como propio.
Empecé en la Sierra Calderona con Ricardo, un pastor que me enseñó mis primeros pasos en el manejo de las cabras. Después me trasladé a la Sierra de Aitana. Allí estuve un tiempo con Ruth, una pastora que me enseñó muchísimo. No solo técnica, sino también una forma de estar, de mirar el monte, de escuchar a los animales… De entender que aquí no mandas tú, que tú te adaptas. Que el aprendizaje no es rápido ni cómodo, pero es profundo.
Y un día, casi sin darme cuenta, tenía mi primer pequeño rebaño: doce cabras, diez hembras y dos machos. Suena modesto, y lo es, pero para mí significó un salto irreversible y dejé mi casa, mi trabajo, la vida que había construido durante décadas. No porque fuera fácil, sino porque ya no era posible seguir sosteniéndola.
Ahora estoy empezando en un mundo completamente nuevo. Un mundo que creo que es necesario contar. Porque el pastoreo extensivo se está perdiendo. Porque no hay relevo generacional. Porque lo necesitamos: para el cuidado de los montes, para la prevención de incendios, para una relación más sana con el territorio. Y porque mucha gente siente una llamada parecida, pero no sabe por dónde empezar…
No hay una fórmula mágica. No hay un manual cerrado. Muchas veces es simplemente decir: “quiero esto”. Y empezar a moverse, preguntar, equivocarse. Buscar y encontrarte con personas que te tienden la mano, que te explican, que te acompañan. Descubrir que no estás sola. Que hay más gente de la que pensamos intentando lo mismo. Que el mundo rural no es un espacio muerto, sino uno que, a pesar de todo, sigue esperando.
No sé dónde me va a llevar este camino. No sé si crecerá el proyecto o si cambiará de forma. Económicamente es muy duro. Físicamente es agotador. Hay días de miedo, de cansancio extremo, de dudas. Pero, de momento, quiero estar aquí. Y eso ya es mucho decir. No estoy “intentándolo”. Lo estoy haciendo. Cada día que salgo con las cabras, cada paso cuesta arriba, cada amanecer en la sierra, reafirma una decisión que no nace de la huida, sino de la búsqueda de coherencia. Quizá no sepa aún cuál es el destino. Pero por primera vez en mucho tiempo, el camino tiene sentido.
Y así ha nacido LA REBAÑITA, un proyecto pequeño, pero profundamente honesto. Un proyecto de pastoreo extensivo, respetuoso y también educativo. Un lugar desde el que cuidar los montes mientras acercamos el mundo del pastoreo a quienes quieran descubrirlo: desde los y las más peques, hasta jóvenes, familias y todas aquellas personas que sientan curiosidad por este maravilloso oficio.