En el noroeste de la península ibérica se encuentra una región única, nutrida por la presencia de los Pirineos, las conexiones culturales que entrega el Mar Mediterráneo, la fuerza de los volcanes. Una población que hace milenios que forma parte de estas tierras y del flujo del agua dulce. Hablamos de Catalunya, un territorio con una identidad propia.
Un territorio de raíces paganas, en este caso íberas, con una población antigua que habitó estas tierras durante muchos, muchos tiempos. Compartían el vínculo y la interdependencia con la tierra donde habitaban: los dioses eran las montañas, la tierra, el mar, la luna y el sol. El roble, el olmo y el aliso eran dioses también. Uno de los centros donde se hacía posible la vida era la comunidad. La gestión del comunal no era un romance, era una necesidad de normas sociales y culturales, incluso de gestión económica, que permitía a las comunidades ser y desarrollarse. La toma de decisiones en el centro no era una imposición de una ley más grande que ellas, era fruto de la necesidad de dialogar para resolver retos, situaciones difíciles y conflictos. El baile era parte de la celebración y los cuentos, parte de la transmisión oral de saberes, de generación en generación. Una cultura desarrollada durante miles de años. Algo que conocemos muy poco y que debemos evitar romantizar.
En nuestro presente, nos preguntamos quiénes somos como pueblos, cuál es nuestro pasado y hacia dónde se dirige nuestro futuro. Es importante recordar que venimos de siglos de imposición de estructuras y culturas alejadas de las que andábamos desarrollando aquí, en estas montañas. Ahora, miramos a nuestros abuelos y abuelas y nos preocupamos de no perder sus memorias. Por este motivo, las escribimos en libros e intentamos inmortalizar sus relatos en vídeos y fotografías. Nos preocupamos de salvaguardar y recuperar semillas antiguas y las guardamos en bancos construidos para ellas, miramos el río y nos damos cuenta de que poco sabemos de hablar con él. Parece que nos aferramos a no perder algo, como si nos empezáramos a dar cuenta de que “ese algo” es esencial para la salud de nuestra sociedad. ¿Será demasiado tarde? ¿Será que ya hemos cruzado el punto de no retorno?
La prensa habla del aumento de suicidios entre jóvenes, de guerras en distintos países, de la creciente polarización social, de la extrema derecha, de una crisis climática, de la soledad no deseada y de la necesidad de tener, dentro de tu casa, tu propio kit de supervivencia.
En este contexto, la cooperativa rural sin ánimo de lucro Resilience.Earth y nuestras colegas de Miceli.Social hemos desarrollado una propuesta: una tecnología social que tiene un propósito, el de cruzar hacia un paradigma distinto. “La era de la resiliencia”, o “la era de la gran reconciliación”. Cruzar este umbral requiere evolucionar nuestra cultura. Es decir, volver a enamorarnos de las tierras donde cohabitamos; codiseñar desde la escucha un futuro de esperanza suficientemente real para confiar en llegar a él y comprometernos a desarrollar las capacidades necesarias para afrontar el reto con responsabilidad final.
Llamamos a esta tecnología social “APLEC ILTIŔ”: un espacio itinerante de evolución democrática y regeneración rural con perspectiva bioregional. “Aplec” significa “Reunió de gent, generalment a l’aire lliure”. Su etimología es “aplegar”, que significa: “fer que una cosa estigui junta a una altra”. “Iltiŕ” es una palabra inspirada en simbología íbera, una lengua que, como bien sabéis, aún estamos descifrando. Iltiŕ significa algo parecido a: “vivir en comunidad, custodiando el territorio”. Aplec Iltiŕ significa “reunir a las personas que aman y viven en comunidad, salvaguardando pueblos y territorios”. Reunirnos para coinspirarnos a través de compartir los procesos de evolución democrática y regeneración rural, recordando que en el centro no estamos los humanos, sino el territorio y todo ser que en él habita. Que en el centro de esa tierra encontramos “este algo” que hemos olvidado y que merece la pena recordar.
Si hay un territorio rural en Catalunya que quiere catalizar un proceso de regeneración, puede organizar un Aplec Iltiŕ. La única limitación es asegurarnos de que haya líderes y lideresas con ganas de responsabilizarse de esta catalización y del cambio cultural que va a suponer. Este año, el Aplec Iltiŕ tuvo lugar en el Collsacabra, un territorio rural donde viven unas 1.500 personas en 6 poblaciones y donde hay una energía vital latente y, en palabras de la gente del pueblo, “cabruna”.
La tecnología se desarrolla a fuego lento, a través de diálogos profundos entre líderes y lideresas distintas de un territorio: ¿Qué significa para ti esta tierra? ¿Cuál es su historia? ¿Cuál es su origen? Diálogos profundos que hablan de nuestras culturas antiguas y diálogos que activan procesos de reconciliación y sanación comunitaria. En la comarca del Collsacabra se dieron cuenta de que la raíz del nombre de sus pueblos tiene un vínculo común con “piedra”. Y el territorio fue valiente para hablar de conflictos del pasado no hablados, de traumas que no se superaron o de presentes que parecen distintos, pero que todos necesitan ser escuchados. ¿Hemos reconciliado las divisiones y el dolor de la guerra civil? ¿Qué diálogo puede haber con quien ya no tiene esperanza?
Además, sabemos que hay retos difíciles de abordar. Retos sumamente complejos que drenan la energía de todo un pueblo: la gestión y cuidado de los bosques y del agua, la gobernanza, las lógicas de la vivienda, las economías locales, la soberanía agroalimentaria, la convivencia con el lobo… Retos arraigados en un territorio concreto, pero que actúan como espejos para muchos otros territorios rurales. Por ello, hablamos de esto en las plazas e invitamos a las administraciones con competencias, a universidades, a empresas, a jóvenes y a ancianos. Hablamos de los retos y generamos propuestas concretas que nos permitan corresponsabilizarnos de los pasos a dar hacia el futuro.
Y, después, ¡llega la celebración! De hecho, no es un “después”, es un “durante”: celebrar el pueblo y el territorio siendo lo que somos: artesanas, cantantes, poetas, agricultores, restauradores, ramaderas, tejedoras, artistas, picapedreros, danzarines… Y es entonces cuando el Aplec se llena de gentes, desde las personas más pequeñas a las más grandes: quienes crean, quienes escuchan, quienes transforman con sus manos y quienes inspiran con sus palabras. Creamos un futuro de esperanza y nos corresponsabilizamos de andar por él, y es que es en la celebración que llega el recuerdo de quiénes somos, y recordamos que, sobre todo, lo que somos es pueblo. Con la completud que esta palabra significa.
El Aplec Iltiŕ ya ha celebrado tres ediciones, siendo la primera en 2022. En la primera edición nos acompañaron 300 personas, en la segunda 2.500 y en la tercera unas 2.500 personas más. Un ecosistema de liderazgos rurales que se entretejen generando propuestas de valor para el mundo. Pariendo realidades de cambio.