Caravana de Poetas: poesía en común

Caravana de Poetas: poesía en común

Este artículo, o esta historia, comienza en una biblioteca en la que todos los ojos están puestos en un vecino. Pepe tiene 93 años y está dentro del círculo que se ha formado en la biblioteca de su pueblo. Recita para unas doce personas que escuchan atentamente y observan cómo no solo no lee de ningún papel, sino que acompaña sus poemas con gestos que amplían las historias que cuenta. Como ahora, cuando se quita el sombrero con chulería y lo deja sobre la silla, arrancando una sonrisa general. Todo lo que recita no está en libros ni en papeles impresos, sino en su memoria.

Hoy, sin duda, Pepe está pletórico: hace reír, emociona, revela una parte de sí mismo que quizá su nieta, su sobrina o algunas de las personas presentes ya conocían, pero que ahora se comparte de otra manera. Fueron ellas, precisamente, quienes pensaron en él cuando el Colectivo Masquepalabras contactó con el pueblo para llevar su proyecto, Caravana de Poetas.

Cuando termina el recital y, después de escuchar a sus vecinas, Pepe se acerca a nosotras: “Muchas gracias por venir, ha sido una tarde maravillosa. Espero que volváis muy pronto. Gracias por escucharme, estoy muy feliz. ¿Me podríais sacar una foto con vosotras para que la vea mi mujer? Hoy no ha podido venir…”

Fotografía de David Echeverría Orellana

Escenas como esta no son excepcionales en Caravana de Poetas. De hecho, son el corazón del proyecto y una de las razones por las que el Colectivo Masquepalabras decidió crear, en 2018, esta propuesta itinerante en el medio rural. La idea no era solo generar circuitos poéticos fuera de las grandes ciudades, sino construir un espacio donde las vecinas y vecinos pudieran participar, ser escuchados y formar parte de las decisiones.

Al hilo de esto, podemos afirmar que en estos años Caravana de Poetas nunca ha llevado la poesía a ningún lugar, pues el proyecto parte de una idea distinta: reconocer y celebrar la poesía (en sus formas plurales) que ya existe en los pueblos, y crear un espacio donde compartirla, escucharse y generar conversaciones entre personas de distintos contextos. En definitiva, se trata de poner en común lo que ya está: recuerdos, palabras, maneras de contar, y hacerlas dialogar con otras voces.

Así, la piedra angular del proyecto es su forma de entender la cultura: no como algo que se consume de manera pasiva, sino como algo que se hace en común. Aquí nadie ocupa solo el lugar de público, sino que quien viene escucha, pero también puede hablar, proponer, decidir. Se cruzan experiencias, edades y trayectorias, y la cultura aparece como un derecho y como un vínculo.

Fotografía de David Echeverría Orellana

La manera de trabajar en Caravana de Poetas es sencilla, pero profundamente situada y responde también al concepto tan utilizado en los últimos años (por suerte) de democracia cultural. Cada edición comienza escuchando a aquellos que conocen el territorio, conversando con asociaciones, ayuntamientos y agentes locales forman parte de las comunidades a las que llegamos. Son ellos quienes señalan preocupaciones, temas o necesidades, y quienes proponen a vecinas y vecinos que podrían querer participar. A partir de ahí, se construye una programación específica para cada lugar y reuniendo talleres, recitales y presentaciones.

Sin embargo, el proyecto no estaría completo sin nuestra caravana llena de poetas de diferentes lugares que se embarcan con nosotras en esta aventura y que escogemos tras tener una mejor idea del municipio. Algunas de las propuestas poéticas dialogan de forma directa con el contexto en el que aterrizan; otras, en principio, parecen venir de lugares muy distintos. Sin embargo, esas distancias rara vez se sostienen. En un pueblo de sesenta habitantes pueden convivir voces queer, relatos atravesados por la migración o experiencias alejadas de lo que solemos imaginar como “lo rural”. Pese a lo que muchas otras personas creen (por estereotipos de “lo rural” y sus comunidades), en lugar de generar extrañeza, estos cruces suelen abrir espacios de reconocimiento.

Fotografía de David Echeverría Orellana

De esta forma, en los recitales se generan encuentros en los que participan tanto poetas que viajan con nosotras como poetas locales, publicados o no, sin que unas voces pesen más que otras. Es más, con el tiempo, se ha hecho evidente que muchas vecinas y vecinos acuden principalmente a escuchar a quienes ya conocen, a quienes forman parte de su comunidad. Lejos de ser un problema, eso señala algo importante: el proyecto está funcionando porque consigue situarse sin imponerse, dejando que la comunidad ocupe el centro.

Si hay un momento que condensa todo esto, es el micrófono abierto. Tras el recital, siempre se abre un espacio para que quien quiera pueda tomar la palabra. Antes de cada Caravana, suele aparecer el mismo temor desde las instituciones locales: ¿y si nadie participa?, ¿y si nadie quiere recitar?

La realidad es completamente diferente; más bien, el micrófono nunca se queda vacío. Lo que suele ocurrir es que no hay tiempo suficiente para que todas las personas que quieren leer puedan hacerlo. Niñas, jóvenes, personas adultas o mayores se acercan, comparten textos propios o poemas que han marcado sus vidas y se exponen ante sus vecinas desde un lugar poco habitual. Este es, probablemente, el momento más revelador del proyecto. Porque ahí no solo se escucha poesía: se activan otras formas de relación dentro de la comunidad.

Fotografía de David Echeverría Orellana

En uno de estos micrófonos abiertos ocurrió una escena que nunca olvidaremos, una mujer leyó un poema que había escrito tras la muerte de su perro, una pérdida que le había afectado profundamente. Al terminar, su vecina se acercó a ella. Como ocurre en los pueblos donde la interdependencia es algo que todos tenemos muy presente, parecían conocerse bien. Sin embargo, en ese momento le dijo que no sabía lo mucho que había sufrido esa pérdida y al escucharla había dudado si había estado a su lado como hubiera debido. Ese gesto, aparentemente pequeño, habla de algo fundamental: de la posibilidad de generar espacios donde escucharse de otra manera, donde lo cotidiano se resignifica, donde la palabra permite abrir nuevas posibilidades en relaciones vecinales ya existentes.

Caravana de Poetas, como muchos otros proyectos culturales en el medio rural, también se enfrenta a dificultades: la sostenibilidad en el tiempo, los recursos limitados o la necesidad de adaptarse a contextos muy diversos. Aun así, en los últimos años el proyecto se ha ido consolidando. Se ha empezado, por ejemplo, a regresar a pueblos en los que ya se había trabajado, ampliando la programación y reencontrando cada vez más caras conocidas. Esto no solo facilita el desarrollo de las actividades, sino que refuerza los vínculos generados en visitas anteriores con vecinos y agentes culturales.

Fotografía de David Echeverría Orellana

En ese proceso, la Caravana ha ido encontrando también su ritmo. Muchas de sus paradas recientes han tenido lugar en municipios en riesgo de despoblación, donde generar espacios de encuentro no es solo una propuesta cultural, sino una necesidad compartida. Allí, la poesía funciona como una excusa (o quizá como una herramienta) para algo más amplio: propiciar conversaciones entre quienes viven en el territorio y quienes llegan desde otros contextos.

En esos encuentros, la pluralidad es constante. Personas de entre 8 y 90 años comparten talleres, recitales y micrófonos abiertos. No como una consigna, sino como algo que simplemente ocurre cuando se abre el espacio: distintas generaciones coinciden, se escuchan y encuentran formas de estar juntas que no siempre se dan en lo cotidiano. También se han ido tejiendo redes, y poetas, editoriales independientes, colectivos y agentes culturales locales empiezan a reconocerse y a colaborar, generando vínculos que van más allá del paso puntual de la Caravana y que, en algunos casos, continúan después.

En 2026, la Caravana seguirá en movimiento. Llegará a nuevos municipios, como Bustarviejo o Aguilar de Campoo, y regresará a otros, como Santa Eulalia de Oscos, donde el trabajo previo nos ha permitido ampliar la propuesta y profundizar en los vínculos ya creados. Ademas, esperamos que el proyecto siga abriendo nuevos caminos y encuentro nuevos municipios que todavía no conocemos. Además, el último tramo del año volverá a poner el foco en territorios en riesgo de despoblación. No como una línea estratégica abstracta, sino como una manera de insistir en algo que el propio proyecto ha ido confirmando: que hay lugares donde generar espacios para escucharse no es solo importante, sino urgente.

Fotografía de David Echeverría Orellana

En el fondo, de eso trata Caravana de Poetas, de crear las condiciones para que algo suceda. Para que alguien como Pepe, a sus 93 años, se levante, recite de memoria, haga reír a sus vecinas y, al terminar, pueda decir que ha pasado una tarde maravillosa. Para que quienes le escuchan descubran algo nuevo en alguien que creían conocer. Para que la poesía deje de ser un objeto distante y se convierta en una práctica compartida.

Quizá, también, para recordar que la cultura no es algo que se lleva de un lugar a otro, sino algo que nos rodea, que forma parte de nosotras y que se vuelve más visible cuando hay escucha

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