Por entonces, el pueblo venía a ser más bien dos. Dos pueblos que, a pesar de su cercanía, solían darse mutuamente la espalda. En línea recta no habría del uno al otro ni quinientos metros. Claro, que no llegaban nunca a divisarse. Y es que, entremedias, se elevaba un cerro alargado y prominente. Pero, quisieran o no, estaban íntimamente vinculados. Me da la sensación que el uno le tenía aprensión al otro y que éste, en general, mostraba bastante indiferencia al primero. Sin querer relacionarse mucho, estaban obligados a entenderse. Eran el pueblo del trabajo perpetuo y el pueblo del eterno descanso. En uno vivían los vivos y en el otro vivían los muertos. Porque todos vivían. Nadie creía que los muertos lo estuvieran realmente. ¿Quién podía imaginarse estar muerto sin seguir estando vivo de alguna manera? Sus espíritus se mostraban más ágiles y despiertos que nunca, ahora que se habían liberado de la esclavitud grosera del cuerpo.
Los muertos se aparecían a los vivos a su antojo y los vivos reclamaban a través de un intermediario que los muertos se manifestaran.
Cuando las cuadrillas de hacheros se desplazaban con sus familias a los pinares recónditos de la Serranía durante semanas o meses, no faltaba el médium que les conectara con el mundo, con el otro y con éste. Venía a ser un agente de información bastante fidedigno. A través de él se alcanzaban los asuntos trascendentales, públicos o privados, que afectaran a familiares y paisanos.
–La Faustina acaba de cerrarme las pálpebras de los ojos, trasmitía el tio Santiago Cabrillas, nada más morir, por boca del hechicero.
Y cuando a los quince días volvían al pueblo comprobaban la veracidad del deceso.
Aparte de ser reclamados en los centros espiritistas, los muertos podían aparecérsele a cualquiera en cualquier momento. Normalmente sucedía en sueños, pero también en vigilia, casi siempre de noche, en la penumbra más allá de la luz desplazada por la lumbre o el candil, entre la cortina que cubría la entrada a las alcobas. O trasluciéndose ante la oscuridad en la que se sumían las escaleras que ascendían a la cámara.
Una noche se les aparecía el padre fallecido recientemente:
–No puedo descansar hasta que no saldéis la cuenta que le dejé al herrero.
Otro se le aparecía al que le debía a él y no le había pagado en vida.
–Vas a ir a mi casa y le vas a apoquinar a mi viuda los diez duros que me debes.
Y el deudor, que no le pagó nunca al vivo porque no quiso, ahora ya no va a tener las suficientes agallas para no pagarle al muerto.
El médico no era capaz de diagnosticar qué enfermedad se había apoderado de la Marieta, una joven que se estaba consumiendo con frecuentes crisis nerviosas, alguna autolesión y un amago de suicidio. Los padres, desesperados, no tuvieron más opción que pedir ayuda al médium. A través de éste, una abuela de la chica, fallecida antes de que ella naciera, les dio la solución. Deberían recabar la presencia y admitir el trato de un pretendiente al que los padres habían ahuyentado, por considerarlo demasiado pobre para su única y preciada hija. Cuando el muchacho apareció, los males de la enferma se evaporaron por arte de birlibirloque y ya todo fue alegría y salud, al menos, hasta el día de la boda. Caso posiblemente sencillo de resolver para cualquiera que estuviera al tanto del intríngulis amoroso, pero, con toda seguridad irresoluble, o mal resuelto, sin la intervención de la difunta.
Podemos deducir, pues, que los dos pueblos no estaban tan de espaldas como su localización orográfica indicaba. Los muertos eran poderosos. Trascendían el tiempo y el espacio.
A veces los espíritus enviaban mensajes extraños que el médium anotaba en un papel, con los ojos traspuestos como la sibila del Oráculo de Delfos, y que luego debería interpretar. Mensajes que podían consistir en órdenes, encargos de misas, informaciones de todo tipo, consejos para compraventas o indicaciones para establecer casamientos. Mensajes claros y explícitos unas veces y, otras, mensajes ininteligibles por incoherentes o por estar escritos en una lengua desconocida.
En el pueblo del trabajo perpetuo se faenaba duramente en los campos y en los montes. Trazaban surcos con el arado romano y guardaban ganado; talaban pinos, robles y carrascas con el hacha; cavaban prados y excavaban regueras a pico y pala; levantaban, encendían y velaban carboneras; pisaban polvo, barro, estiércol y se ahumaban. Hombres, mujeres y niños de manos callosas, blanqueados o ennegrecidos, impregnados de estiércol, polvo, barro y humo.
La jornada laboral era marcada por el sol, de tal manera que los labradores y jornaleros se agotaban prematuramente y prematuramente eran trasladados al pueblo del descanso. El pueblo del descanso se abastecía, pues, del pueblo de los que trabajaban sin apenas descansar.
En el pueblo del eterno descanso discurría una tranquilidad casi absoluta. No se conocían las necesidades. Pues la vida de la muerte sólo se nutría del silencio y de la oscuridad del inframundo. Se descansaba normalmente en paz, pero a veces la vida de los muertos se ajetreaba sin saber por qué o cuando los espiritistas se ponían demasiado pesados invocándolos.
El pueblo del trabajo construía casas de barro contra la luz y al viento. Casas de yeso, piedra sin labrar, madera y teja árabe, irregular y parda. El burro entraba a la cuadra por el zaguán, por el mismo sitio por el que entraban los seres humanos al fuego del hogar, casi siempre encendido, y a las oscuras alcobas sin puertas, con vanos cubiertos por cortinas.
Los del pueblo del descanso vivían en madrigueras, bajo tierra. Habían regresado de algún modo al seno materno. No amaban la luz. En el aire dormido de la profunda oscuridad encontraban el sosiego. ¡Tantos pesares les habían estado infligiendo el viento solano de julio y el matacabras de enero! Descansaban bajo unos lomos de tierra desnuda, que se iban aplanando con el tiempo, a cuya cabecera se erigía una cruz tosca de madera o de hierro pintada de negro sobre la que se habían grabado a mano y con pintura blanca las iniciales del yacente. Vivían en silencio. Con los ojos cerrados, o vacíos, miraban al cielo sin verlo, en medio de las semillas y las raíces.
Sin embargo, había algo en común entre ambos pueblos: La miseria. La indigencia del cementerio era la prolongación del paupérrimo caserío que habitaban los labradores y jornaleros. Las sepulturas de los muertos eran hermanas de las casas terrosas de los vivos. Casas endebles de barro y piedra con goteras, tumbas inconsistentes de tierra sobre las que se filtraba la lluvia. Cruces de palo o de hierro de la fragua tan humildes como las chimeneas informes y los tejados rotos.
El pueblo del descanso estaba cercado por muros difíciles de escalar. Se podía interpretar que lo que se escondía tras ellos era de altísimo valor. Pero en el fondo no se habían levantado para proteger a lo de dentro sino a los de fuera. A todos aquellos transeúntes temerosos, que al pasar miraban de reojo. Extraña muralla, por tanto, levantada más para que no salgan que para que no entren.
La cerca sólo tenía una puerta. Y si se franqueaba era por causas muy justificadas. Fundamentalmente para acompañar a un nuevo inquilino tras haberle acondicionado su morada. Así pues, se solía acceder en comunidad y mediante un ritual dirigido por el hierofante. Los residentes no mostraban mucho entusiasmo con las visitas y nunca salían a recibirlas. Seguían ocultos, pero los presentíamos próximos, expectantes, como si nos estuvieran observando deambular entre las tumbas y traspasaran nuestros pensamientos.
El pueblo del trabajo fue mejorando de vida tras la Gran Migración, que, como una riada, arrastró a más de la mitad de sus gentes. De los que ahuecaron el ala, la mayoría eran jóvenes y familias con niños. Muchos no volvieron jamás, desconectándose definitivamente de sus antepasados y de la tierra que los vio nacer. Un día, las cuadrillas de hacheros reacias al éxodo llegaron eufóricas al pueblo medio deshabitado: Les habían triplicado el jornal. Podían comprar motosierras a plazos. Se iba a instalar una fábrica de madera. Las tabernas no tardarían en animarse y transformarse en bares por los que habían de correr arroyos de cerveza y ginebra con limón. Los jóvenes se jugarían las consumiciones a los chinos y al cubilete. Pronto los jornaleros podrían adquirir motocicletas, incluso el primer seat 600.
A medida que las casas de los vivos iban transformándose, reconstruyéndose con nuevos materiales, adquiriendo más altura, más luz, más comodidad y amplitud, en sintonía con todo ello, sobre los montículos de tierra de las viejas sepulturas se iban erigiendo monumentos de mármol con cruces, cristos, hermosas vírgenes y ángeles de bronce. Flores artificiales daban colorido de falsa primavera durante todo el año. Ahora el cementerio ostentaba ya la prosperidad y el lujo de los nuevos tiempos. Las tumbas habían apostatado de su austeridad islámica y se habían levantado hacía los cielos con demasiada presunción, revestidas de pompa pagana e idólatra. Los muertos, como los vivos, habían salido de la pobreza secular y habían entrado con dispendio en la sociedad del bienestar y del consumo, triste consuelo para los que tantas calamidades y estrecheces habían soportado en vida.
Los muertos debieron encontrarse mucho más a gusto, porque a partir de entonces empezaron a salir poco y, una vez que los del otro lado del cerro dejaron de invocarlos, terminaron por no salir nada. Así que, en poco tiempo, desaparecieron las apariciones y se esfumaron los espiritistas. A la última de éstos le preguntaron:
-¡Abuela! ¿Dónde están los espíritus de los muertos que ya no se aparecen?
Y ella, torciendo el gesto, y sin dudarlo, respondió:
-¿Cómo que no se aparecen? Lo que pasa es que se han metido todos en el cajón de la televisión. Ahí están…¡ahií! Pero ahora no hay quien los aguante. ¡Estos espíritus no tienen ni fuste, ni muste! ¡Si es que ya no dicen, ni hacen, más que tonterías!
La abuela espiritista renegaba de los modernos espíritus. Siempre se colocaba de espaldas al aparato y se quejaba de que le molestaba el runrún, porque para ella no expresaban palabras con sentido, sino sólo ruido y rabia.