La palabra sobremesa no tiene traducción a ningún otro idioma. Ninguna lengua, que yo sepa, además del español tiene un término para referirse al tiempo que pasa cuando ya no queda nada en el plato, pero nadie se levanta. Dicen que para nombrar algo hay que valorarlo lo suficiente. Nosotros lo nombramos.
Pienso en mesas concretas. La de mis abuelos, donde se escucha la voz de distintas generaciones narrando anécdotas y compartiendo dichos. Donde se brinda por la salud de todos. Ahí se practica la atención cuando la conversación ya no necesita de ningún pretexto para seguir. Pero definir o resumir este acontecimiento como una experiencia concreta resulta imposible, pues cada sobremesa me lleva a emociones diferentes cuando las revisito mentalmente. Ha habido algunas en las que he sentido más la ausencia que la presencia. Una silla vacía puede ser motivo de reunión. En otras tantas, las sillas se han multiplicado hasta hacer que la mesa doble su tamaño.
En una cultura que trata el tiempo como un recurso que debe dar frutos, producir algo o llevarnos a algún sitio, que premia la urgencia, quedarse es un acto político. Durante la sobremesa se deja a un lado el imperativo “hacer” para reivindicar el “estar”. Es precisamente esa elección de no levantarse lo que puede transformar el gesto cotidiano en un ritual.
Entendemos “lo que permanece” como aquello que sobrevive al acto o situación, que perdura o se mantiene a lo largo del tiempo. Puede referirse a la marca que dejamos en otras personas o en el mundo, o a la memoria que conservamos de eventos pasados. Y qué es la sobremesa sino una forma de permanecer en la mesa una vez la función práctica de sentarse en ella ha concluido. El alimento ya no es la razón de estar, pero se permanece en el lugar. Es un tiempo extendido sin utilidad inmediata que rompe con la lógica de la eficiencia. Un espacio para el residuo emocional, para lo que no tiene forma concreta. Permanecer en la mesa es mantener el vínculo, cualquiera que sea, con quien se ha compartido la comida. Es una resistencia a que termine.
Hablar de permanencia en el contexto de la creación artística supone detenerse en aquello que sobrevive a la acción. Está vinculado al tiempo detenido o suspendido, preservado como resistencia al olvido, la desaparición o como forma de análisis de un evento concreto. Desde este punto de vista, el arte deja de ser una representación del mundo para convertirse en un dispositivo que sostiene el recuerdo, el afecto, la experiencia incluso cuando ya no están.
Hay algo en el umbral entre lo que pasó y lo que ya no está que me parece profundamente honesto. Por ello busco comprender el ritual desde su huella. Un registro de las manchas, los restos, los objetos desplazados y el movimiento de los cuerpos ya ausentes. Es una forma de presentar lo sucedido a través de lo que queda.