La estación de la plenitud

La estación de la plenitud

   Si la primavera nos llegó remontando el Júcar desde el Mediterráneo hasta alcanzar su nacimiento y las cumbres de la Serranía, el otoño se fragua precisamente en éstas y hace el camino contrario: se descuelga desde la Mogorrita y el cerro San Felipe hasta despedirse en la orilla del mar. El otoño viene a ser la imagen invertida de la primavera en un espejo desgastado. Perfiles similares mirando a direcciones contrarias, más desvaído y mustio, eso sí, el del otoño. 

  Esplendor en las hoces y en las umbrías boscosas. El dulzor de un sol apaciguado nos anima a transitar por los campos y montes, abriéndonos a la atmósfera viva y a la naturaleza reverdecida. El cielo poblado y generoso de octubre deja caer, como un regalo inestimable, la llovizna que auspicia el renacimiento de la vegetación agostada. La hierba tierna cubre de nuevo el campo y los árboles se tintan de colores.

  En las riberas se impone el dorado luminoso de los chopos sobre el amarillo ensombrecido de las sargas y fresnos, sobre la sangre oscura de los cornejos. En las dehesas serranas se entretejen  el verde claro de enebros  y de pinos, el verde gris de las carrascas,  el verde de bronce antiguo de las  sabinas, con el ocre de los robles y el rojo vivo de los arces.

  Los viñedos de los llanos manchegos colorean sus pámpanas verdes de granate y canela. Y en las vegas alcarreñas, entre  cerros derruidos por los yesares, el sol arranca a las mimbreras un escarlata deslumbrante.

  El azafrán ha estado esperando los días cortos y las frescas y húmedas mañanas para aparecer  como una alucinación. Florecen por primera vez la ajedrea, el hisopo, la hiedra y el brezo.  Y por segunda, las cerrajas, las brionias, las rabanizas y el pepinillo del diablo. Rebrotan las malvas. Alguna mata seca de achicoria silvestre nos sorprende con una   solitaria flor azul celeste.

   La dura piel de los peñascos se cubre con el tapiz mullido de los musgos y con el encaje policromado de los líquenes.

  Otoño frutal. Despensa invernal de la aves. Frutos de los espinos y semillas de los cardos resecos. Las majuelas encarnadas y las endrinas azules flotan entre el intrincado ramaje ya casi desnudo. A dulce harina nos saben las majuelas. Las endrinas, tan ácidas, nos dejan la lengua como lija, esperando ser atemperadas por las primeras escarchas.  Si aprietas una esfera negra del jazmín silvestre o una esfera roja de la retama loca se te deshace la pulpa entre los dedos y saltan las simientes, ansiosas por enterrarse. 

  Las bellotas, encasquetadas en su cascabillo, ya empiezan a soltarse. Con sólo rozarlas, se les quedan al arrendajo en el pico y a la ardilla entre sus manitas de criatura. Y el jabalí hociquea alrededor de la carrasca viéndolas con la jeta antes que con los ojos.

  A octubre se le representaba desde antiguo como un sembrador de cereal que, con su talega al hombro, va esparciendo  las simientes sobre la tierra recién arada. Hoy actualizaríamos esta figura con la de un buscador de setas con cesta de mimbre y navaja en ristre desojándose en busca del níscalo.

   Giuseppe Arcimboldo, el ingenioso pintor italiano de siglo XVII, hacía magia en sus cuadros. Crees tener delante un rostro humano y, al acercarte, te percatas de que no hay tal, sino un montón de frutas y hortalizas.  Representó al otoño como un señor maduro, con una cara de pocos amigos  hecha de  peras y manzanas, nabos, zanahorias, nueces, castañas, racimos y hojas de vid….

  La primavera es una moza guapa compuesta de flores; el verano, una mujer madura, de frutos tempranos: cerezas, albaricoques, trigo, ajos, una berenjena…..Y con un tronco rugoso y roto, medio putrefacto, trazó, como un viejo decrépito, al invierno.  Aunque pretendía ser simbólicamente objetivo, era evidente a dónde encaminaba el pintor sus simpatías.

   Vivaldi, en Las Cuatro Estaciones, no muestra predilección por ninguna. Todas ellas son fascinantes. Los cuatro conciertos son vivos y placenteros, rebosantes de fuerza y delicadeza. El violín invernal rasga con escalofríos y acaricia con el calor del hogar. Florece, trina, relampaguea y truena el de la primavera. Fructifica, se incendia y apedrea el violín del verano. Y el del otoño se embriaga, canta, baila y sale de caza. Así nos lo ilustran, al menos, los sonetos que acompañan la música.

   Hay quien se entristece en el otoño y añora los largos días de verano. Y aquellos alérgicos al polen y a la insolación que disfrutan del recogimiento  invernal junto a la lumbre.

  Muchos pintores tuvieron predilección por el otoño. Los contrastes luminosos y cromáticos de octubre los alentaban a salir al campo y a los jardines para captar el destello de un color fugaz que nadie hubiera sorprendido antes.

  El otoño fue la estación de Baco, divinidad romana del vino y del éxtasis. El vino, como la poesía mística,  trasciende la humanidad y se sacraliza. El dios fue representado por Caravaggio como un adolescente achispado de ojos soñolientos y mofletes sonrosados.  Coronado por racimos de uva y pámpanas otoñales, sostiene  un gran cáliz de cristal colmado de vino tinto. Parece un muchacho tranquilón y sedentario, casi incongruente con su habitual carácter orgiástico.

   Otoño festivo de bailes y cantares, de celebración de vendimias y demás recolecciones frutales.

   El vino alegre se les volvió vino amargo a los poetas mustios, que buscaban fuera de sí mismos la causa de su abatimiento y su nostalgia. El poeta alicaído, desde el romanticismo hasta ahora, culpa  al  otoño de su estado anímico, para encubrir su caducidad interior, para expresar la soledad y desamparo de su persona. La lluvia se le hace llanto y la caída de la hoja presagia la desolación y la muerte. 

 Pero el agua de lluvia engendra la vida y la caída de la hoja entraña su renovación. El árbol no fenece por desecharlas, se rejuvenece. En la raiz de la hoja, casi invisible, persiste la yema, compendio de lo que será el árbol en primavera. En cada yema quedan apretadas, condensadas  en miniatura, todas las hojas y flores que se desplegarán sin tardanza. Sólo hay que saber mirarlas para verlas.

   El otoño  acoge a los más variados talantes líricos. Hay otoño para todos los gustos, días y poetas. Pues no falta tampoco aquel que encuentra ahora una fuente de hermosura, paz y trascendencia espiritual. El poeta contemplativo se traslada al infinito inspirado por la  belleza decadente y la riqueza visual del paisaje.

    Aún nos queda, en algún rincón rural y en el recuerdo, el otoño sensorial y milenario que compartimos con Catón el Viejo y con Columela. Cuando el barro se mezclaba con el estiércol en las calles del pueblo y los arados romanos   abrían surcos en las tierras pardas. En el refrior  del atardecer  las chimeneas humeantes exhalaban los aromas a leña quemada de pino y carrasca, mientras los ganados regresaban al corral. Entonces se elevaba un coro armonioso entre las llamadas profundas, maternales, de las ovejas y las respuestas penetrantes, infantiles, de los corderos. Y sonaban  recios  los rebuznos, como si los asnos de los leñadores soplaran en las trompetas de Jericó.

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