La ciudad violada, una novela sobre la tercera guerra carlista en Cuenca 

La ciudad violada, una novela sobre la tercera guerra carlista en Cuenca 

En una fecha cercana a los hechos, Concepción Arenal ya denunció la crueldad e injusticias de esta guerra carlista, que comenzó en 1872 y terminaría en 1876, cuyas consecuencias las sufría, en mayor medida, la población más pobre. Lo hizo en sus crónicas de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, publicadas en su revista La voz de la Caridad, que luego recopiló en su libro Cuadros de la guerra, de 1880. La guerra carlista ha sido tema recurrente en varias novelas, con enfoques y posicionamientos diferentes. Hay narrativas épicas que ensalzan la guerra y otras, como esta novela de Sebastián Martínez, Tanín, que con la mera descripción de los hechos son un alegato antibelicista. La crudeza con la que se muestra la barbarie y los desastres que ocasionan las guerras, el sufrimiento de la población, las pérdidas económicas y de vidas humanas provoca en el lector un visceral rechazo ante los acontecimientos descritos: la llegada de las tropas carlistas a nuestra ciudad al mando del infante Alfonso, hermano del pretendiente a la corona, acompañado de su esposa María de las Nieves, conocida como doña Blanca, famosa por su comportamiento violento y falta de piedad.  

El título d lea novela, La ciudad violada, y la imagen de la portada, advierte ya de su contenido. No hacen falta opiniones ni digresiones morales por parte del autor, la simple exposición de los hechos, que seguramente no es exagerada, aunque pudiera parecerlo, es suficiente para crear ese clima de rechazo ante la violencia. Rechazo de las guerras y asombro de cómo puede transformar a personas normales en asesinos. Muestra de ello, la abuela que al ver el cadáver de su nieto coge un cuchillo para matar a quien se interponga en su camino. 

La hipocresía religiosa no solo de los curas guerreros, don Senén el más cruel de los líderes carlistas, sino de otros contendientes que “se llevan la mano al cuello para tomar el pequeño crucifijo o la medalla de su virgen favorita” antes de disparar. (Pág. 80)  

Otro rasgo significativo de la novela es el uso que se hace del lenguaje para reforzar el efecto terrorífico de la guerra. Se vale de figuras retóricas como ampliación del contenido descrito. De esa manera, la tormenta se convierte en metáfora de lo que está ocurriendo, porque eso es para la tranquila ciudad de Cuenca la llegada de los carlistas, una tormenta que lo arrasa todo. 

También para el invasor las metáforas crean ese clima: los soldados miran con aprensión “la imagen de la pequeña ciudad, que se muestra amenazante como un enorme monstruo de piedra.” (pág. 80)  

Y más adelante, también es muy significativa la poética reflexión “Realmente, el maligno se ha desbocado. Se encuentra en los dos bandos, disfrutando de su dolor, de su angustia, cogiendo a los muertos de la mano para llevárselos a su lado.” (Pág. 92) 

Pero este intento de imparcialidad, que el lector puede suponer al leer la frase anterior, el no tomar partido por unos y otros porque todos los contendientes están cogidos de la mano del maligno y tendrán el mismo castigo infernal, no convence del todo. La crueldad es mayor en el que invade y la culpa es suya, aunque el horror se dé en ambos bandos. Para muestra valgan las siguientes frases: “Cuerpos desmadejados, vísceras, miembros amputados, cabezas incompletas junto con vociferantes y llorosos heridos cubren el camino desde el arrabal a la puerta del castillo”. (Pág. 92) 

La desigualdad de fuerzas entre invasores e invadidos se refleja en esta otra metáfora, la del cazador que con su arma persigue a la presa inocente: “Lluvia sobre sus cabezas, barro y miedo en sus entrañas; pero la larga columna sigue su avance hacia su presa. (Pág. 81) 

El autor carga más las tintas al describir a los atacantes, aunque entre ellos hay diferencias, y en algunos hasta hay muestras de humanidad: la cercanía de la batalla les hace vomitar. Mientras que los más veteranos solo piensan en el botín y en violar mujeres, los novatos solo piensan en cómo se comunicará su muerte a sus familias. (Pág. 81) También como excepción, aparece un rasgo de nobleza entre los carlistas, el militar de carrera que hace huir a los violadores de su batallón, pero su cadáver aparece al día siguiente en Carretería. ¿Hecho real o ficticio? “Ha recibido la orden de no intervenir en los saqueos, pero es un militar de carrera y la guerra no es contra mujeres y niños…” (Pág. 118) 

Seguramente, no es exagerada la descripción de los hechos, ni la transformación que hace de personas normales en asesinos   

Además de las metáforas señaladas, la repetición y la hipérbole son otros rasgos de estilo en esta obra, que pueden verse al comienzo de la frase, por ejemplo, de sustantivos: Cuerpos heridos…cuerpos mutilados que buscan el miembro amputado…Cuerpos doblados agarrándose el abdomen sujetando las vísceras que se escapan entre los dedos…” (Pág. 95) O de verbos: El aire huele a pólvora, el aire huele a hierro…Domingo dispara sin mirar…dispara por entre los huecos…hasta llega a disparar la cielo, al aire. (Pág. 106) 

Sin embargo, estas desviaciones del curso normal del habla, propio del lenguaje literario no entorpecen la comunicación ni la cercanía con el lector. Para conseguir esta proximidad el autor se vale de otros recursos como la enumeración de los alimentos conocidos por la población, que hubieran sido los que comieran si no hubiera escasez de ellos por la guerra: chorizo seco, pan duro, el salón o carne seca que se curaba en una cueva. Otro recurso es la enumeración de lugares conocidos, nombres y apodos populares: “No disparéis, somos de Cuenca…Soy Agapito, el de Gervasio el Gorratiesa” …(Pág.103) 

En el bando liberal o, mejor dicho, entre los que están defendiendo la ciudad, hay rasgos de humanidad que sobresalen entre tanto horror. Por ejemplo, el médico que terminadas las curas de los defensores pide que le dejen salir a curar a los carlistas. (Pág. 95, 109 y 194) 

En las páginas finales el relato de un sobreviviente hace recopilación de todo el horror vivido, cuerpos lanzados por la ventana en la calle de la Moneda, gritos de auxilio de niñas violadas delante de su madre, la anciana que se vuelve loca por la muerte del nieto y “se convirtió en un ser salvaje sin compasión” (Pág. 194); “hombres que se abalanzan sobre un herido con mazas, picos y azadas hasta que del soldado no queda nada más que un montón de carne destrozada” (Pág. 196) 

Si bien el colmo de la crueldad es el retrato que se hace del coronel Flix, personaje histórico, sacerdote como otros mandos del ejército carlista. Ante la súplica del médico que quiere curar a los heridos, hacinados en la casa del corregidor, que les sirve de prisión, ordena que los saquen a la calle y les dispara uno a uno. Hasta que se queda sin balas y dice: “Ya están curados”. Entonces, pide a sus seguidores que continúen ellos y, antes de marcharse, carga el arma y dispara al médico, provocando la risa de sus subalternos con su contestación al que ya es cadáver: Por si hay que curarlos en el otro mundo (Pág.197) 

No es la primera vez que se trata el tema de las guerras carlistas en las novelas. Lo hicieron Galdós, Unamuno, Baroja, Valle Inclán…En mi opinión, un logro que aporta esta novela es la presentación de la guerra en un escenario local, que conoce muy bien el autor, y el alegato antibelicista que se desprende de su lectura. ¡Tan necesario en estos tiempos! 

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