Don Nato, el médico del pueblo, les tenía pánico a los microbios. La primera vez que los vio moverse bajo la lente de microscopio, siendo estudiante en la Facultad de Medicina, se quedó aterrorizado y casi sale corriendo. No le parecieron seres insignificantes, bichejos invisibles, sino monstruos gigantes que un día lo devorarían. Soñaba y padecía terribles pesadillas siendo perseguido a la carrera por el vibrión colérico o el estafilococo de la pulmonía. Faltaban unos cuantos años todavía para que se descubriera la penicilina y aún se seguían practicando sangrías con sanguijuelas.
No lo pasaba mejor tampoco ante los trasmisores visibles de gérmenes. Si se topaba con una pulga, un piojo o una garrapata se estremecía. No los veía a su tamaño natural, sino al de un toro o un tigre.
Las moscas y los mosquitos, tan abundantes por aquellos tiempos en que los humanos convivían con el ganado y las caballerías, le empujaban a saltar y protegerse cubriéndose como un beduino.
Abría las puertas empujando el picaporte con el codo y las cerraba con la punta del pie. Había dispuesto sobre la mesa de la consulta una cazuela llena de alcohol donde los pacientes arrojaban las monedas del pago de la iguala, las que él nunca tocaba directamente con la mano. Nunca se la tendía a nadie y, si se la tendían a él, se hacía el longuis: disimulaba mirando para otro lado como si no hubiera visto el gesto. Lo que tuviera que coger lo hacía con guantes.
Sin embargo, él había nacido envuelto en el denso olor de la sirle y de la mugre del ganado. Su padre fue humilde pastor de cabras y ovejas. Cuando un día el maestro lo llamó aparte y le dijo que el crío tenía una memoria e inteligencia extraordinarias, como él no había visto en ningún otro, y que era un crimen colgarle el morral, le dio, primero, por cruzarse de brazos y torcer el morro como diciendo ¿Y qué? Pero luego le brotó una llama de codicia fantástica y se dijo: ¡Si yo pudiera darle estudios al guacho, esta gentuza se iba a enterar! Ejerció de cuatrero para poder pagárselos. Al fin y al cabo, sólo tenía un hijo, una rareza en las familias de aquellos tiempos. Y lo logró. Sus expectativas se vieron colmadas. Porque, una vez acabada la carrera, el afortunado ocupó como médico de iguala la plaza del pueblo y en ella permaneció durante toda su larga vida. El pueblo estaba a sus pies.
Vino crecido, hecho un señor, engolando la voz como un actor de teatro antiguo. Y realmente, lo parecía. Alto y delgado, un Cary Grant de rostro algo más severo y ceñudo. Nadie diría que era un vástago de la Celtiberia de las almortas.
Llegó como un gallo a su gallinero.
– ¡Este va a hacer leña! Decían.
Pero resultó misógino, como consecuencia lógica de sentir repelús a todo contacto físico con personas, animales o cosas… A pesar de eso, se casó con la hija del rico del pueblo, un propietario agrícola, que resarció, a través de él, a todos los miembros de su linaje de no haber tenido nunca los dos metros de tierra necesarios para caerse muertos. Y tuvo hijos. Enviudó pronto, siendo los niños pequeños, y nunca más, que se sepa, volvió a emparejarse. Los niños, cuando llegaban a la edad pertinente, iban siendo empaquetados para un internado. Le faltaba tiempo para volver a verse en la soledad que ansiaba.
Los años fueron pasando y nunca llegó a superar el canguelo ante los patógenos. Venían a verlo hijos y nietos y los recibía a distancia. Jamás les regaló un beso ni una caricia. Siempre pensó que los pequeños eran antihigiénicos y que trasmitían más enfermedades que las ratas.
No llegaban a sentarse cuando ya les instaba a que se marcharan.
– ¡Vamos queridos, vamos! ¡Que tengo muchas cosas que hacer! ¡Venga venga, hasta otro día!
Y en el fondo deseaba que no vinieran mucho para no ser contagiado. Llegó un momento que ya no hacía falta que se les dijera nada. Procuraban venir lo menos posible.
En principio parecía correcto y amable con los desconocidos, pero no tardaba mucho en saltarle un desabrimiento incontenible y podía tratar con brutalidad verbal a cualquiera. Suscitaba temor más que respeto en la mayoría. Y cuando alguien caía enfermo a deshora y no había más remedio que llamarlo, la gente iba temblando y no les salía la voz del cuello de la camisa.
A veces no acudía o lo hacía al día siguiente.
Una noche le dio un penterre a la tia Mamerta. Su marido, que solía ser más bruto que un arado, vino angustiado a avisarle. Se pasó hora y media y el médico sin acudir. No esperó más. Volvió al caserón enarbolando un garrote porrudo y golpeó la puerta contundentemente, mientras con un vozarrón estentóreo le gritaba.
– ¡Oye patarras! ¡Antes de que llegue yo a mi casa te quiero ver allí! ¡Cómo me hagas volver otra vez, esta noche doy fin de ti, so medicucho! ¡Te voy a hacer tragar un saco mierda, mamarracho!
No había llegado a terminar la última frase cuando se abrió la puerta y apareció pálido don Nato, sin decir palabra y con el maletín cogido de su mano. Temblaba imaginándose el excremento acercándose a sus labios.
Con su padre tuvo siempre una relación agria y tormentosa, pues el hijo siempre se avergonzó de él. Había empezado a aborrecerlo ya de niño por el maltrato que le daba a la madre. Éste era un reproche íntimo al que se acogía reiteradamente, como agarradero moral, pues quizás en el fondo había algo también de pretexto para que el viejo pastor, al que siempre vio sucio, no le contaminara. Él, que se bañaba cada día en una tina, no podía soportar el rancio olor cabruno que la pana y el pellejo paterno desprendían. Y el padre ya anciano y viudo, al fin y al cabo, no tenía a nadie más que a su hijo por el que se había dejado la piel, se acercaba a la puerta del caserón y lo llamaba. ¡Hijo mío, hijo mío, mírame, dime algo! Y el hijo, que lo oía gañir como un perro sin amo, no expresaba ni el más mínimo indicio de compasión. El viejo murió pobre, solo y despreciado.
Caminaba habitual y regularmente sin salir de su caserón. Tenía calculados unos tres mil metros, que para él era el recorrido necesario para mantener la salud sin forzarla. Algo más de una hora. Salir era exponerse y le daba terror. Para él los campos de trigo, las riberas, el pinar, el romeral oloroso eran selvas repletas de fieras invisibles que te devoraban a la mínima. Y no digamos la jungla humana de la ciudad, de los bares, cines y reuniones sociales. Iba a misa los domingos y fiestas de guardar situándose sólo en la primera nave lateral, apartado del tránsito de la gente, siempre de pie, sin tomar contacto físico con nada excepto con el suelo a través de las suelas de sus zapatos. Suelas que restregaba obstinadamente contra una estera cuando regresaba a casa.
El único pariente que al final le quedaba en el pueblo era un primo hermano, al que, para demostrarle su afecto, ya bastante mayores los dos, le regalaba esporádicamente un diario pasado de fecha. El allegado solía estar ocioso sobre el murete de la plaza, por donde él pasaba en su viejo automóvil. Iba disminuyendo la velocidad hasta llegar a su altura y, sin detenerse, se lo arrojaba por la ventanilla. Si hacía viento el periódico solía descomponerse y salir desperdigado, con lo que ya estás viendo al anciano arrastrarse para recoger las hojas sueltas.
No sabemos si fue su naturaleza prodigiosa o su esmerada y cuidada vida lo que hizo posible que nunca cayera enfermo hasta dos días antes de morir de muerte natural, cuando ya iba aproximándose al siglo. Cosa rara, después de haber vivido tan aislado bajo el peso de una aprensión obsesiva, quizás ya había sido inmunizado lo suficiente en su infancia de corrales de ganado, cuadras y gallineros.
De cualquier modo, yo le tenía aprecio. Gracias a él viví con mi hermano un momento mágico y fugaz. Tuvo la deferencia con nosotros de hacer algo increíble. Él, que no había invitado absolutamente a nadie a entrar en su casa, nos invitó a nosotros, que, por muy vecinos que fuéramos, íbamos plagados de impedines y sabañones. Él nos reveló el misterio de la televisión. La suya fue la primera y, por entonces, la única en el pueblo. El acontecimiento, pues, habría de ser histórico…bueno…dejémoslo en intrahistórico. Pienso que la idea de invitarnos se le ocurrió para comprobar qué efecto producía en nuestros rostros infantiles y primarios, en nuestra mirada primitiva, el descubrimiento de un ingenio mayúsculo. Pues mientras nosotros estábamos alucinando sin dar crédito a lo que veíamos en un cajón, él nos miraba y nos miraba, asombrado de nuestro asombro.
Bien es verdad que no habían trascurrido ni dos minutos cuando apagó el aparato y nos animó calurosamente a salir zumbando:
– ¡Hala, queridos, hala! ¡Ya os podéis ir!