Dos bandos, dos salones de baile, dos médicos. Uno de derechas, el otro de izquierdas. Podría pensarse que los ricos eran de derechas y los trabajadores de izquierdas. Pues no. Porque en el pueblo no había ricos. Si hubo alguna vez alguien con mediana fortuna se fue a Madrid. La inmensa mayoría eran trabajadores y jornaleros. Eso sí, no faltaban pequeños propietarios agrícolas y ganaderos que tenían que trabajar duramente, y unos pocos, contados con los dedos de una mano, que, poseyendo alguna tierra más, se permitían el lujo de vivir ociosos, vegetando, porque un pastor o un gañán de sol a sol no les costaba más que medio pan. Quizás tampoco estos afortunados llevaran una vida muy envidiable, pues se morían de aburrimiento. Además del estar mano sobre mano cuando no practicaban el juego de cartas o la caza, la superioridad de clase la demostraban por el hecho de ser nombrados “el amo” y cuando, a veces, alguno abusaba de la sirvienta, que solía ser la hija o esposa del pastor o del mozo de mulas.
Los de derechas no eran muy bien recibidos en el baile de los de izquierdas y viceversa, por lo que cuando surgía un noviazgo mixto había que ir con mucho tiento, y andar de puntillas. El médico de izquierdas era tan de derechas o más que el otro, pero tenía que ganarse el corrusco.
–Muchos habían recibido la república con ilusión. La democracia traería pan y justicia. Los jornales subirían. La vida iría a mejor. Terminaría la corrupción y los abusos. Si la república había traído ilusiones, el triunfo del Frente Popular renovó y recreció el entusiasmo. Desde el primer momento, las fuerzas vivas, los ricos, la iglesia, el ejército, se echaron a temblar pensando que sus privilegios corrían peligro. Y eso que durante la república gobernó casi todo el tiempo la derecha. La victoria del Frente Popular abrió la esperanza de una república de verdad, una república para el pueblo. Y ahí reventó todo. Los militares y los falangistas armaron la de Dios es Cristo. Y ante eso, el pueblo obrero de algunos lugares como Madrid y Barcelona, escribieron una de las páginas más emocionantes de nuestra historia.
Esto nos decía, entre otras cosas, muchos años después, el maestro republicano. Lo conocimos de milagro, porque estuvo en un tris de ser fusilado. Fue condenado a muerte por “auxilio a la rebelión”, delito de traición gravísimo que, según los insurrectos, habían cometido los leales al régimen democrático por no sublevarse. Y luego, conmutada la pena, pasó largos años de presidio. Tuvo que ganarse la vida, una vez libre, dando clases particulares. Eso sí, muchos hijos de los vencedores aprendieron matemáticas en su casa.
Cuando el golpe de Estado contra el gobierno de la República fracasa aquí, sus partidarios se asustan y, mordiéndose la lengua, enmudecen, mientras unos cuantos contrarios a la sublevación, enfurecidos, irrumpen en la iglesia parroquial y abaten con tres pares de mulas el retablo del siglo XVIII.
-¡Más tontos no pudimos ser! -decía años después uno de los iconoclastas- porque pensábamos que le hacíamos daño a la Iglesia que apoyaba el golpe fascista y el daño nos lo hicimos a nosotros mismos, al pueblo, porque, por bien o por mal, era parte de nuestro patrimonio. Y si mandaban tallar un nuevo retablo lo pagaríamos dos veces.
Durante los tres años de guerra el ayuntamiento estuvo regido por sindicatos y partidos de izquierda. No hubo violencia. La guerra en este pueblo de retaguardia republicana trascurría en paz. La guerra la padeció en primer lugar su juventud movilizada, que, sin madurar, fue llevada a las trincheras. Teruel estaba cerca y ardía a finales del 37. Veinte chavales fueron reclutados. Subieron a un camión y, como si se fueran de fiesta, marchaban ufanos ante el llanto y los lamentos de sus madres.
Todo el pueblo recordaba el momento en que partieron. De pie, con el puño cerrado levantado al viento, y con la sonrisa abierta, haciendo de tripas corazón, se despedían dando ánimos:
–No se preocupe, usted madre. Volveremos alegres para celebrar la victoria. ¡¡A este pecho no lo parte una bala!!
Y a los pocos días de llegar al frente de Teruel cayó el muchacho junto con otros siete de ellos.
Quedaron las familias rotas y mudas tras la guerra. No es más dolorosa la muerte que el olvido de los custodios de la sangre derramada.
El tio Zancajo era cabrero de toda la vida. Conocía como la palma de su mano rentos y aldeas, cuevas y quebradas, sendas y fuentes, desde el pueblo hasta Teruel y lo aprovechaba para pasar por dinero a aquellos que se sentían incómodos o amenazados en la zona republicana. Una noche, unos incontrolados vinieron a por él a su casa. Sabía lo que le esperaba. Les rogó que le dejaran entrar un momento para calzarse adecuadamente. En un santiamén se coló por un ventanillo que daba al corral y desde allí se les escabulló por las eras. Lo persiguieron y no fueron capaces de alcanzarlo. Su sombra pequeña, ágil y astuta como la de una comadreja, se diluyó en las tinieblas de la noche.
Con la paz llegó al pueblo la violencia de los vencedores. Los cargos municipales republicanos fueron encarcelados y maltratados. Uno de ellos se quejaba cincuenta años después:
-¡A nosotros que le salvamos la vida al cura, amenazada por una patrulla itinerante, y le ayudamos a huir hacia la zona nacional! ¡Que fuimos a Cuenca y dimos la cara por un dirigente falangista del pueblo que había sido arrestado y al que querían procesar! ¡Y logramos su libertad asegurando y jurando que era una bellísima persona! ¡Y nos lo trajimos sano y salvo a su casa! ¡Así nos lo pagaron!
El silencio fue el techo bajo el que se refugiaron en soledad los perdedores.
Marcial encarnaba para nosotros la guerra civil que no habíamos vivido. Marcial hacía trizas el silencio y el terror generalizado de los vencidos. A su alrededor el aire hervía. Nadie lo acalló nunca. Fue un soldado superviviente sólo a medias. Se trajo del frente una pierna muerta, rígida, una osamenta descarnada, medio tocón seco que arrastró toda su vida como si fuera una cadena. La cadena de un galeote fundida con su propio cuerpo.
Con su invalidez tuvo que sobrevivir al campo de castigo y luego ganarse la vida trabajando con mucho esfuerzo, en una lucha a brazo partido con la vida. Descargaba camiones de cualquier mercancía, ladrillos y sacos de yeso, costales de trigo, toneles de vino y bidones de aceite, segaba como el primero, vendimiaba cada año en Utiel…. Siempre arrastrando su pierna muerta. Fue el único soldado vencido, el único preso orgulloso, al que le quedó valor suficiente para seguir luchando a su manera.
Hablaba mordiendo las palabras con rabia, con odio, desafiante desde su presencia feroz, sus dientes trituraban los escombros y la sangre reseca, recordando cada instante de aquella guerra injusta, criminal, que les destrozó la vida. Recordaba a sus dos hermanos muertos en el frente, a los amigos y compañeros que tuvo que abandonar moribundos en los avances y en la trinchera, las crueldades de moros y legionarios…
Marcial nos contaba a los muchachos cómo algunos curas fueron sus carceleros y maltratadores. Llevaban cartucheras sobre la sotana y en la mano un vergajo amenazante. Recordaba los muros ennegrecidos del monasterio tenebroso. Les obligaban a confesarse. Y si un preso flojeaba y se sinceraba hasta el punto de declarar algún atropello contra la iglesia o el bando contrario, era fusilado al día siguiente. En los sermones las palabras se convertían en látigos sin compasión. Palabras látigo contra los cánceres que había que extirpar, contra los agentes del demonio a los que había que exorcizar a base de castigos y de dolor. Frecuentemente fueron diezmados. Para ello, a la madrugada los hacían formar en el claustro y contaban: uno, dos, tres, cuatro… ¡diez! ¡fuera! Y no tardaban en sonar las descargas en los muros del cementerio. La fosa común de la Tahona engordaba. Nos revelaba quiénes habían sido sus compañeros y cuánto le dolía que éstos le dieran la espalda. Que permanecieran mudos, lo entendía. Hay quien gracias al silencio puede seguir respirando. A él no le pasaba eso. Si él callara se asfixiaría.
Veía, y se lo llevaban los demonios, cómo en el bando vencedor soldados con heridas menos graves que las suyas recibían pensiones que les libraba de la necesidad de trabajar y eran tratados como héroes. Y él se tenía que arrastrar para ganarse un pedazo de pan. Cada día de su vida se le hacía revivir el peso de la humillación y la derrota. Supo siempre que no sería vencido del todo si era capaz de sentir sólo desprecio, nunca miedo, ante el vencedor. El día que les tuviera miedo ese día sería humillado de verdad y definitivamente aniquilado. Hasta entonces no.
Habían trascurrido los años suficientes para que la nueva generación no supiera gran cosa del desastre. Las hijas de un compañero silencioso de Marcial, maltratado y superviviente como él, invitaron a comer al nuevo sacerdote del pueblo, joven y agradable. Eran los primeros años 70.
Las chicas venían alegres rodeando al sacerdote y halagándolo. Eran aves del paraíso con sus vestidos veraniegos de colores volando alrededor de una ave negra. Cuando abrieron la puerta de su casa aquel domingo luminoso tras la misa, el padre vio una sotana. No vio a un chico desconocido, vio a un verdugo. Y se le revolvieron las tripas.
Se levantó con tranquilidad y con decisión y, para sorpresa de todos, lo abordó antes de que el cura hubiera dado el segundo paso:
–Mire usted joven. Yo a usted no lo conozco de nada. Seguramente es una buena persona. Pero tengo mis motivos para decirle que en mi casa no entra una sotana. Quiero que sepa una cosa: yo creo en Dios, por eso no creo en la Iglesia católica a la que usted representa. Adios, buenos dias.
Las hijas querían ser tragadas por la tierra. Su padre jamás les había contado absolutamente nada de su pasado calamitoso como víctima de la guerra.