El pueblito que se alza en la montaña de una región remota de la Suiza italiana tenía, en el último censo, 136 habitantes… Hoy son muchos menos, pero todavía hay tres restaurantes, un almacén de barrio, gente riendo en las esquinas, charlando desde las ventanas. Basta decir que, si suelto un chiste desde mi terraza, se ríe el vecino tres casas más abajo. Y hasta hay una sala de exposiciones, como si el arte fuera vital para aquel pueblo… y lo es.
La actual exposición de la denominada Onsernone Arte contiene obras de tres artistas: Maya Hottarek, Enea Toldo y Jeronim Horvat, los tres del cantón de Basilea, pero con fuertes lazos con el valle de Onsernone. Sus obras reflejan viajes, regresos, recuerdos y vivencias personales. En un andamio —donado para la exposición por un maestro de obra de la zona— yace una caracola de porcelana de Maya, creada durante una residencia artística en China para una exposición que tuvo lugar en 2024 en Pekín.
En otra esquina, una caracola de acero inoxidable pulido, que reflexiona sobre el hogar como un espacio móvil, creada para una exposición en Seúl. La arena volcánica negra de Enea, así como la tierra en sus pinturas, proviene en parte de las playas de Nápoles. Estas obras, y otras creadas en lugares diversos, encuentran en este pueblito un nuevo contexto que hace visibles los vínculos con el valle, y entre los propios artistas y el mundo.
El pueblo lleva el nombre de Russo y se halla a poco más de 800 metros sobre el nivel del mar, en una zona casi virgen, salvaje, del Ticino. El valle de Onsernone lo abraza con otros pueblos, pero es en Russo donde se encuentra la casa comunal, que este año ha acogido la iniciativa Onsernone Arte 2025.
Esta es la tercera exposición. ¿Y qué ha pasado? ¿Una exposición… en un pueblo de tan pocos habitantes? ¿Una exposición de arte? ¿De arte abstracto? “Está en el lugar justo”, me diría luego el curador y artista italo-suizo Adriano Bellinato, en el patio interior de su casa, mientras Danila, su esposa, servía café con galletas.
La naturaleza nos rodea: flores, árboles frutales, plantas y montañas. Bajo la mesa: un gato. Sobre ella: folletos de exposiciones pasadas. De proyectos rurales se ha hablado mucho. Se han intentado medios para atraer no solo turistas, sino gente que venga y se quede, que se encariñe no solo con el paisaje, sino también con la comunidad. Una comunidad que tiene una herencia del pasado que hace al valle vivir del recuerdo.
Se recuerda, principalmente, a las personalidades que pasaron por Comologno, como Aline Valangin, escritora y artista, quien desde el Palazzo della Barca, allá por los años 30, convirtió su residencia en un refugio para artistas y destacados antifascistas como Ignazio Silone, Ernesto Rossi, Kurt Tucholsky, Hans Marchwitza, Elias Canetti, entre otros.
También forma parte del pasado —pero de una memoria viva— el paso por el pueblo de Berzona de figuras del mundo de la cultura, como el autor Alfred Andersch, el historiador Golo Mann y el arquitecto-escritor Max Frisch, este último quedándose más tiempo y dedicando su tinta al valle.
Sin embargo, a lo largo del siglo XIX y gran parte del XX, la población total onsernonesa cayó de aproximadamente 1.280 habitantes en 1870 a tan solo 322 personas en el año 2000, evidenciando un descenso sostenido y estructural.
Este proceso se explica, en parte, por la reducción de la agricultura, la ganadería y la artesanía tradicional, que fueron actividades económicas centrales durante siglos y que, al desvanecerse, impulsaron el éxodo. Una historia que, al igual que en tantos otros pueblos europeos (o del mundo), se repite como una peste.
“Siempre se habla del pasado”, afirma Bellinato, “pero hay un presente que se esconde dentro de las casas de piedra.”
Siendo Onsernone nuevamente la cuna de tantos artistas que han elegido el valle como lugar de acogida, Onsernone Arte ha sido como anillo al dedo. La idea no es solo atraer turistas, sino reunir a todos aquellos artistas que ya son vecinos y parte de la comunidad, en una muestra periódica que los integre activamente.
“Es como si la cultura —continúa Bellinato— siempre hubiera buscado asilo, y nosotros se lo estamos ofreciendo: a los artistas de hoy, a quienes todavía buscaban su sitio… y aquí lo han hallado.”
En las pasadas exposiciones han participado artistas de renombre como Gisela Andersch, Annette Korolnik, Alexander Heil, Egbert Moehsnang y Roland Schmid, entre otros, todos ellos con un hilo invisible que los une al terruño.
Onsernone Arte no es solo una exposición: es un proyecto rural de integración y revitalización. A través del arte contemporáneo, busca reconectar a la comunidad con su paisaje, su historia y sus nuevos habitantes. Reúne a artistas que ya viven en el valle, muchos desde hace décadas, otros recién llegados, y les da un espacio público para crear, compartir y dialogar. De esta manera, el proyecto propone una forma de repoblar, no solo con habitantes, sino con sentido, un lugar que durante décadas sufrió el abandono. Es una invitación a quedarse, a involucrarse y a construir comunidad desde la creación artística.
Este es un pueblo para respirar profundamente el aire de montaña, y con él, el arte que asombra, que embellece, que hace pensar, que hace discutir…
El arte que une.